RetrocesoA&ONº 207/6-IV-2000SumarioAqui y ahoraContinuar
El perdón
Todos, aquí y allí, hablan de perdón. Y no de un perdón cualquiera sino del que la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana ha pedido así, con todos sus títulos, por los muchos pecados que haya podido cometer en el pasado y en el presente. Ya en febrero, había pedido perdón por el auto de fe que quemó a Giordano Bruno, hace cuatro siglos, el cardenal Pouppard que preside el Consejo Pontificio de la Cultura. La base para el arrepentimiento general la habían explicado, en seguida, los cardenales Ratzinger y Etchegaray en un gran documento sin pelos en la lengua titulado Memoria y reconciliación: la Iglesia y los errores del pasado. Don Robert Blair Kaiser es un investigador que lleva casi 40 años, desde 1962, estudiando la historia de la Iglesia y su futuro: y que escribe desde Roma una carta al director (International Herald Tribune, 29-III-2000) para asegurar que el Papa pidió ese perdón desde la basílica de San Pedro el día 12 de marzo, Jornada Universal del Perdón, de una manera global y sin establecer diferencias entre la Iglesia misma y sus hijos e hijas. El estudioso añade, por su cuenta, que los teólogos de la Curia vaticana habían recomendado que quedara clara esta distinción entre la Iglesia y quienes la sirven; pero que Juan Pablo II no quiso hacerla. Después, Su Santidad ha visitado Tierra Santa en un viaje que ha emocionado profundamente a las gentes de buena voluntad, sean cuales sean sus creencias; y también allí ha manifestado su profundo dolor por las persecuciones que los judíos han padecido a lo largo de la Historia, a veces por obra de cristianos. Pero, como corresponde al increíble espíritu juvenil de nuestro Papa, todo lo que ha dicho, todos sus gestos, miran al futuro: es preciso que quienes comparten la feliz aventura de la fe en el Dios único se vean entre sí como hermanos, no como enemigos.
También aquí ha llegado la hora de la reconciliación. A fines del año pasado la Conferencia Episcopal Española dio a conocer un documento sobre la perdurable fidelidad de Dios que es, sobre todo, una mirada al siglo XX y un intento de escrutar los signos de los tiempos; es decir, de meditar sobre el futuro. Es un texto admirable que naturalmente ha disgustado a los periodistas poco partidarios de la Iglesia y a ciertos teólogos aficionados porque no lo consideran suficientemente rotundo; quizá no quieren darse cuenta de que no es lo mismo hablar de la Inquisición, que está muy lejos, que juzgar nuestra guerra civil, que está muy cerca. Sobre todo cuando esa guerra motivó que se escribiera un libro tremendo sobre la persecución religiosa en España durante ella y cuando no hay ninguna noticia de que los autores de aquella bárbara persecución hayan dicho ni siquiera un simple usted dispense a los perseguidos o a sus muchos hermanos en la fe. Fue una persecución de la que es preferible no acordarse mucho para no reabrir las viejas heridas; pero que sin duda explica algunas tomas de posición de los católicos españoles durante la sangrienta lucha fratricida. Seguramente estaban en un profundo error; pero ningún católico creyó entonces que había que respetar igual al que iba detrás de las imágenes con una vela que al que las perseguía con una tea. Por lo cual no cabe sino alabar la prudencia y la serenidad con la que nuestros pastores piden el perdón de Dios para todos aquellos que lo necesiten por lo que entonces hicieron contra el Evangelio, estuviesen en uno u otro lado de los frentes trazados por la guerra.

El mundo, esta aldea global de los móviles y de Internet, sigue dando bárbaros testimonios de fanatismo. Admirable es que nuestra Madre la Iglesia se distancie de ellos y nos llame al perdón; quizá algún día otros quieran sumarse a este testimonio de humildad.

Carlos Robles Piquer