|
|
Yo estuve allí. Nos levantaron a la 1 de la madrugada. Montamos en un autobús con más de 20 años de servicio. Queríamos cantar salmos, pero sabíamos que era importante estar descansados. El día que nos esperaba era largo y las emociones muchas. ¿Qué tendrá el Señor reservado para este día? Llegamos al aparcamiento. Las 3 h. Empiezan los cantos, los bailes, poco a poco el resto de Israel entraba en comunión. Los salmos van tomando fuerza. En nuestro corro ya no somos sólo los que compartíamos transporte, sino que se habían sumado colombianos, brasileños, argentinos, alemanes, italianos, y un sinfín de lenguas. Cada uno en su idioma y Cristo sobre todos. Me dicen que a esto se le llama comunión. Siguen llegando autocares, hasta casi mil. Comienza la ascensión al Monte de las Bienaventuranzas. |
| Jóvenes y no tan jóvenes, de los más de 100 países allí reunidos por Su Santidad, formábamos una gran columna, vertebrada en la fe que nos une. A mi lado, jóvenes alemanes cantando Id a anunciar a mis hermanos que vayan a Galilea... A su lado, cameruneses, pobremente vestidos pero con un brillo en sus ojos que sólo acontece en los momentos de máxima alegría y esperanza. Vamos a ver a un anciano, enfermo, que prácticamente se arrastra para llegar hasta Tierra Santa. Aquel sobre el que todo el mundo opina, critica, re-interpreta... Nosotros con el corazón rebosante de amor y él siendo el crisol donde ese amor se funde.
Llegamos a la explanada. Al fondo el altar. Aquí ya no se nos puede callar. Cantos, bailes, abrazos, saludos, besos, y todos mirando al cielo. Al fin el sonido del helicóptero que transporta a Su Santidad. Por el gran pasillo abierto al efecto, llega el papa-móvil. Juan Pablo II rebosante de alegría, con fuerza, entero. Ya no era ese anciano que me habían contado, era el fuego que funde el crisol, era el sentido al sueño, al hambre, a los ahorros gastados, a dejar a los niños en Madrid, ¡¡¡era Pedro!!! Allí para nosotros, para una pequeñísima parte del resto de Israel. Y el mundo a sus pies. Más cantos y bailes. Se siente que el Papa está a gusto. Luego la Eucaristía. Con qué fuerza habló, con cuánto amor y sobre todo valentía. No tengáis miedo, id a anunciar el Evangelio. Eso fue lo que dijo en castellano. Y lo decía el mil veces juzgado, el reinterpretado, el que ha sufrido dos atentados, el enfermo, el anciano, el que cae y se levanta... No tengáis miedo. En pocos segundos, a medida que la Palabra calaba hasta mis huesos, mi vida cambia de sentido; ni trabajo, ni prestigio, ni casa, ni nada tiene sentido si un cristiano tiene miedo de anunciar el Evangelio. Mi vida cobró sentido con este anuncio, y ahora es el mismo Papa quien me invita a no tener miedo. ¿Quién me dio la vida? ¿Quién, el trabajo? ¿Quién, mi mujer y mis hijos? ¿Quién me ha traído hasta aquí? Ante todas estas preguntas sólo tengo una respuesta: Jesucristo con su muerte y resurreción. Y en su infinita misericordia se ha fijado en mí, se ha empeñado en mí, a pesar de mis engaños continuos, de venderlo por nada, de no escuchar su voz, de avergonzarme de su llamada... Siempre me he sentido respetado por Él. Esta mañana hablaba con mi hijo mayor, 8 años, y me preguntaba si Dios quiere las guerras. Yo le digo que no, pero que, en su infinito amor, el Señor nos respeta en nuestra libertad hasta estos límites. Mi hijo me ha dicho que él no quiere ser libre... Por lo que mi corazón sintió, por lo que allí se predicó, y sobre todo porque éste es el auténtico sentido que para mí tiene ser cristiano, hay que anunciar el Evangelio. Jerónimo García |