RetrocesoA&ONº 207/6-IV-2000SumarioAqui y ahoraContinuar
Al encuentro con Jesús, el
Cristo
Karol Wojtyla, Juan Pablo II para la Iglesia en el mundo, ha vivido desde siempre la fe en el Verbo de Dios hecho hombre, y le ha servido lo mejor que ha sabido. De ahí el hondo significado de esta peregrinación al encuentro con Jesús el Cristo, Verbo de Dios encarnado, Jesús el judío, hijo de María y descendiente de David.

Este viaje es, sin duda, la culminación de una vida y de 22 años de pontificado, entregados a Cristo; vida que es una larga y admirable travesía, desde la fe católica en una Polonia de tiempos de guerra y contradicción, hasta este testimonio viviente de un cristianismo universal, que reafirmado en su fe solicita el perdón para perdonar siempre a su vez.

¡Cuánto ha vibrado el Papa, que lleva al Resucitado en él, siguiendo los pasos de Jesús de Nazaret; y cómo su joven corazón, en un cuerpo heroicamente envejecido, se ha conmovido y nos ha conmovido a todos los que hemos compartido, en un momento u otro, el dolor y el consuelo de la Tierra Santa! Viaje tan rico en gracias: paz, diálogo, perdón, esperanza (esos jóvenes en el Monte de las Bienaventuranzas, portadores del Evangelio en el siglo XXI), no puede ser obra de varón, sino del Espíritu. La Iglesia, que somos todos, ha vuelto con Karol Wojtyla a su tierra de origen, precisamente en el fin de un milenio, para preparar otro para Cristo, Señor del tiempo y de la Historia.

Aunque segundo en importancia, hay que destacar la precisión diplomática en la preparación y ejecución del viaje, el difícil equilibrio político conseguido, la satisfacción de todas las partes implicadas en el conflicto de Tierra Santa, el balón de oxígeno y ánimo a los cristianos del Próximo Oriente. El Papa ha dado, pues, a cada uno lo suyo y a Dios lo que es de Dios; otro fruto del Espíritu.

Por último, nuestra Iglesia no será la misma después de esta peregrinación: lo que perdurará de este viaje es la confirmación de que es posible el diálogo entre monoteismos, el apremio a los cristianos para que seamos uno en la diversidad, la prueba de que el Resucitado vive entre nosotros y por ello su sepulcro está vacío, por mucho que el ateísmo y agnoticismo reinantes en Occidente se empeñen en lo contrario. Así pues, nunca se darán bastantes gracias por el don de la peregrinación de Juan Pablo II.

Ramón Armengod