RetrocesoA&ONº 207/6-IV-2000SumarioContraportadaContinuar
El juglar de Nuestra Señora
En El juglar de Nuestra Señora. Cuentos cristianos de la Edad Media (ed. Sígueme), Michel Zink
hace una recopilación de pequeñas historias medievales que tienen en común su fundamentación
cristiana. Sin embargo hay diferencias con los originales. Su autor los ha modificado ligeramente
para acercarlos más a nuestra situación. Él mismo dice: He escuchado, he dejado resonar en mí lo
que estos cuentos nos dicen sobre la muerte y la vida, el sufrimiento y la esperanza de los
hombres, sobre los caminos de la salvación y del amor de Dios. He aquí una preciosa muestra:
Érase una vez un juglar. Siempre en camino, de ciudad en ciudad, de castillo en castillo. A veces lo acogían. Exhibía sus habilidades y ganaba unas monedas. Con más frecuencia, lo rechazaban. Continuaba su camino bajo la lluvia o el sol. Un camino interminable que nunca le llevaría a su casa, porque no tenía casa. Recordaba haber oído un día un sermón elocuente. El predicador hablaba del camino de la vida y decía que el caminante, que es el hombre, no ha de tomar el camino por patria ni la posada por casa. A él, esa tentación le afectaba más bien poco. Sabía de sobra que él no tenía ni patria ni casa. Sin embargo, sabía también que no por eso habría encontrado gracia a los ojos de aquel predicador. Los juglares eran tenidos por criaturas del diablo, que incitaban al libertinaje y al vicio, que se burlaban de todo y de todos. Ni en vida ni en muerte, tenían sitio en la comunidad de los cristianos. Sólo podían salvarse, se decía, los que narraban la vida de los príncipes y de los santos, porque así eran útiles y hacían méritos. Pero el juglar del que os estoy hablando no tenía ese notable talento. Era un acróbata. Andaba con las manos, andaba sobre una maroma, daba volteretas y saltos peligrosos.

Pero desde que la oyera, la frase del predicador no dejaba de rondarle. Reflexionaba sobre ella. Pero era difícil. No estaba muy acostumbrado a reflexionar. No tomar el camino por patria, la posada por casa. El camino era la vida. Pero él consideraba que su propia vida era el camino. La posada, la instalación en este mundo, provisional, pero que tranquiliza mucho creerla definitiva; por ejemplo, la familia o la casa de los que tienen una familia y una casa. Él no tenía ni lo uno ni lo otro. ¿Por qué el largo camino que seguía no podía llevarle directamente a su verdadera patria y a su verdadera casa, la casa del Padre? Ahí estaba su verdadera, su única familia, Cristo que acoge a los pequeños y a los pobres, la Virgen, madre de todos los hombres y que intercede por ellos. Lo sabía, lo creía.

El camino del juglar era el de las peregrinaciones. Iba de monasterio en monasterio, donde se acogía a los peregrinos, con frecuencia dispuestos a encontrar en los juglares un entretenimiento para su santo viaje. Y el juglar entró en un monasterio. Una abadía de monjes blancos lo acogió como hermano lego, de mala gana. ¡Un juglar! ¿Era sincera su conversión?; ¿no buscaría un refugio para cuando fuese viejo? Pero lo acogió. Le encargaron los trabajos más humildes: restregar sartenes y fregar platos en la cocina, arrancar las hierbas del jardín, barrer el refectorio. Se entregó a ello con celo y alegría.

Un día, estaba solo en la iglesia, y en el relente de la mañana limpiaba las balsosas con mucha agua. Arrastrando cubo y bayeta, llegó ante la imagen de Nuestra Señora y se detuvo para una breve oración. Quería ofrecer a la Virgen..., ¿ofrecer qué? ¡Los monjes de la abadía eran tan sabios, tan instruidos en la Palabra de Dios! La estudiaban, la meditaban, la daban a conocer. Todos esos hermosos trabajos podían ofrecerlos a Dios y a su madre. ¿Pero él, que no era nada, que no sabía nada? Su mirada se posó en el niño que la Virgen, un poco arqueada, tenía en la cadera y al que sonreía. A los niños —lo recordaba bien— les encantaba verle dar sus volteretas. Quizá el niño divino disfrutaría también. Quizá su madre se sentiría feliz. Sus acrobacias era todo lo que sabía hacer, cuando menos esto sabía hacerlo. Apartó el cubo, se arremangó el hábito y volvió a encontrar los gestos de antes. Pasaba el tiempo sin que se diera cuenta.

Entró un monje sin hacer ruido. Oculto tras una columna, vio cómo el antiguo juglar daba volteretas en medio de la iglesia, a dos pasos del altar. Se indignó ante tamaño sacrilegio. Corrió en busca del abad para que lo viera. Disimulados en un rincón oscuro, asistieron al espectáculo. El abad, sin embargo, no se precipitaba. No es que no considerara culpable al juglar. Pero recordaba lo que había escrito su padre, san Bernardo, cuando comparaba a los monjes con los juglares: ¿Quién me concederá ser humillado ante los hombres? Porque en realidad, ¿qué impresión damos a los que pertenecen al mundo sino la de comediantes, cuando nos ven huir de lo que ellos buscan en este mundo y buscar aquello de lo que huyen, como los juglares y los acróbatas que, con la cabeza boca abajo y los pies en el aire, hacen lo contrario de lo que es habitual entre los hombres y atraen así hacia ellos la atención de todos? Se serenó. Ciertamente, san Bernardo no quería que sus monjes fuesen juglares de verdad, cuando añadía: No es un juego pueril, no es un número de teatro, que representa actos innobles, sino un número agradable, serio, notable, cuya visión puede alegrar a los espectadores celestes. Un número pueril, una representación, un número indecente, como esa exhibición de ese indigno hermano. Estaba decidido ya a poner fin a todo aquello y castigarle.

En ese mismo instante, el hermano lego, agotado, se detuvo. Se sentó sobre las baldosas, con los ojos cerrados.Temblaba de fatiga y su rostro brillaba de sudor. Entonces la Virgen de piedra se inclinó, deslizó de su cabeza su velo tan leve y suave como la ropa más fina y, con gesto maternal, secó el rostro del juglar.