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Después de varios meses de tener en casa a una nueva hija, procedente de un país extranjero y con una grave herida psicológica, que provocaba constantes problemas, cada día mayores, y hacía sufrir a toda la familia, los hermanos dicen a sus padres: ¿No os bastamos nosotros, que tenéis que adoptar a otra hija? Así de pronto, no supieron qué responder. Tras un momento de sorpresa y de silencio, la madre les dijo: Por supuesto que no nos bastáis ni a vuestro padre ni a mí; como tampoco nosotros os bastamos a vosotros; ni me basta a mí vuestro padre, ni yo a él; si el Señor ha querido que acojamos a esta nueva hija, es para que aprendamos y vivamos cada día mejor la verdad más indispensable de la vida: que ¡sólo Dios basta! Todo entonces tiene pleno sentido: nuestro amor y nuestra unidad, nuestra casa abierta al mundo entero, y hasta todas y cada una de las grandes y de las pequeñas cosas de la vida; podremos pasar malos momentos, pero sabremos que Dios nos ama, y que todo lo quiere para nuestro bien.
¿No es acaso más humana la vida familiar de esta madre que buscar un hijo a la medida, cuando a uno le apetece, o provocar el aborto de otro cuando no es deseado? ¿Qué clase de Humanidad es la que promueve hasta el paroxismo una ingeniería genética que trata de fabricar niños incluso con la insolencia de pretender hacerlo a gusto del consumidor, a la vez que multiplica la destrucción de embriones, que son ya verdaderos seres humanos, y multiplica los abortos de todos los modos y maneras posibles, también hasta el paroxismo? |
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El problema de las adopciones hoy, sus dificultades, y en especial el sufrimiento de tantos niños sin padres no podemos olvidar a los que sólo los tienen nominalmente, con una orfandad quizás mayor que la de los hospicios, habla por sí solo de una sociedad gravemente enferma, que no sabe qué hacer con lo mejor que tiene: sus hijos.
El caso, triste y doloroso, del niño balsero cubano pone en evidencia la inhumana opresión del régimen cubano, pero no menos la de Miami, y la del mundo de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, donde la familia está terriblemente herida, y en muchísimos casos ni siquiera se puede decir que exista. Las leyes se muestran incapaces de resolver el caso de Elián, y de tantos otros Elianes. Hay cosas que no puede resolver ley alguna humana. Si el niño no es lo primero, y si no se reconoce el valor sagrado de su vida, si antes que él está el chalet y el nuevo coche, o si la vida del niño sólo tiene valor con el chalet y con el coche, ¿qué clase de solución podría alcanzarse? Como le dijo Jesús a Nicodemo, hace falta nacer de nuevo. Muchos niños adoptados están encontrando hoy lo que no resuelven las leyes, incluso a pesar de las dificultades que éstas tantas veces suponen, porque la misericordia lo más plenamente humano, precisamente por ser lo más plenamente divino sigue viva en medio de nosotros. El antiguo Catecismo cifraba en catorce las obras de misericordia siete corporales y siete espirituales; cabría añadir la decimoquinta: Adoptar al huérfano, también al que tiene padres sin tenerlos, o al que tiene hijos sin tenerlos, o esposa o esposo o hermanos sin tenerlos. La misericordia hay que ejercitarla no sólo con el de Bosnia, o con el de Chechenia, sino con el de nuestra propia ciudad y nuestro mismo barrio. Es un hecho que los lazos pueden ser tan fuertes, o más, en los hijos adoptados que en los de sangre, pero, en realidad, sin el Lazo verdadero, el que nos hace hijos auténticos, y da sentido a todos los demás lazos y leyes, rescatándonos de toda orfandad, no somos libres, sino esclavos de nuestra propia soledad y egoísmo, que, además, naturalmente, pasan una inevitable factura. |