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Detrás de la súplica de los griegos queremos ver a Jesús se trasluce el deseo del mundo pagano por recibir la fe en Cristo. Quieren ver los que desean creer. En realidad, lo que los griegos piden es que Jesús revele su gloria. Comparada esta escena con las bodas de Caná, los griegos piden lo que allí pedía María: que llegue de una vez la hora de Cristo; que la salvación dirigida a los judíos alcance también al mundo pagano; que el vino de la gracia corra a raudales.La respuesta de Jesús es enigmática. Podría haberse acercado a los griegos, hablar con ellos, y compartir sus inquietudes. No es así. Jesús responde a Felipe y Andrés con un discurso que parece no tener en cuenta lo que le piden. Sus palabras, sin embargo, no son una evasiva. Más aún, Jesús, al contrario de lo que dice en Caná, anuncia que ha llegado su hora. Aquella hora que quiso precipitar María, está a punto de cumplirse. Todos los hombres podrán ver al Cristo, contemplarlo, cuando sea elevado sobre la tierra, puesto en cruz. Más aún, serán atraídos hacía Él, porque la cruz de Cristo tiene, a pesar de los rechazos, una irresistible fascinación. Nadie queda, ante ella, indiferente. No es sólo el madero donde están fijos los miembros del hombre que muere dice san Agustín sino la cátedra del maestro que enseña. En ella Jesucristo nos da la máxima lección de amor. Y el amor atrae siempre. He ahí la respuesta de Jesús a quienes desean verlo: lo verán elevado sobre la tierra atrayendo a todos hacia Él. Para disponernos a mirarlo en la cruz, Jesús nos ofrece un retrato de sí mismo crucificado: es el grano de trigo que muere para ser fecundo; es el que se aborrece a sí mismo con el fin de guardarse para la vida eterna. En la cruz gloriosa, paradoja del cristianismo, acontece la lección suprema de quien muere para dar vida. Los que se escandalizan de la cruz es porque sólo ven el suplicio, frío y atroz, inventado por los persas. Los que idealizan la cruz, tienden a separarla de la entrega generosa que la fundamenta. Los que aman y abrazan la cruz son los que se sienten atraídos hacia Cristo y lo miran con la certeza de que sólo el amor justifica su sacrificio. Quienes hoy desean ver a Jesús, necesitan encontrar a los cristianos mirando fijamente al Crucificado, alimentando nuestra vida de su entrega, atraídos por Él. O mejor, subiendo libremente a la cruz... como algunos de sus raros testigos (Henri de Lubac). Entonces el Crucificado, para ser acogido y creído por los hombres, no necesitará discursos. Bastará, de nuevo, su visión. + César Franco |