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Ha florecido el jardín. Cuando Manoli leyó la nota que su marido le había dejado escrita, para que se la encontrase al llegar del trabajo, no entendió en absoluto lo que éste le quería decir.La leía y la releía, pero por más vueltas que le daba no lograba entenderlo explica Manoli divertida. ¡Pero si no tenemos jardín, ni siquiera tenemos terraza! ¿Qué dice este hombre? A lo que se refería su marido, y así se lo explicó cuando llegó a casa, era a que por fín habían recibido la llamada que tanto tiempo habían estado esperando. A pesar de sus esfuerzos, el matrimonio no había podido tener hijos. Deseaban con todas sus fuerzas canalizar su amor a través de un pequeño, y animados por unos amigos que habían adoptado a un niño, se decidieron a dar el paso. Tardaron tan sólo nueve meses en conseguir a un niño que llegó a sus brazos con unos días de vida. El proceso para adoptar a su hijo no fue especialmente duro. Es una de las posibilidades que pueden suceder cuando comienzan estos trámites, porque cada cual cuenta la feria como le fue en ella. Una vez tomada la decisión, recibieron visitas de un asistente social y un psicopedagogo. La llegada del niño resultó una extraña mezcla de dolor y alegría. La madre de Manoli se encontraba muy grave, y los médicos no aseguraban que viviese más de unos días. Pero la joven vida del bebé debió de impregnar el espíritu de aquella familia, y su nueva abuela experimentó una mejoría espectacular. Pudo ver crecer a su nieto durante ocho años más. Puede caerse en el error de pensar que los hijos no biológicos van a resultar poco menos que un extraño en la familia, que nunca van a poder sentirse los vínculos indescriptibles que surgen hacia un hijo de sangre, que son niños problemáticos, que las relaciones se deterioran en el momento en que los hijos adoptados intentan encontrar a sus padres biológicos... Nada más alejado de la realidad. El amor que se siente hacia un hijo viene dado, más que por vínculos de sangre, por la constante protección que los padres dan a los pequeños indefensos, por la presencia permanente de ambos que enriquece tanto a los hijos como a los padres. El cariño constante, la necesidad de tener y dar seguridad son los motivos que hacen que, poco a poco, los niños recibidos de entrañas ajenas sean acogidos en los corazones de aquellos que anhelaban poder entregar todo un pozo sin fondo de amor acumulado. |
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Como explican Pilar Cernuda y Margarita Sáenz-Díez en su libro Los hijos más deseados (Ed. El País Aguilar), existe el mito de que las madres biológicas reconocerían a su hijo entre cualquier niño. Afirmación falsa. No hay ningún tipo de atracción especial, y cuando se han dado casos de confusiones de niños en los hospitales, los padres suelen mostrarse reacios a devolver al pequeño que han criado durante meses, o quizás años, porque se ha convertido en su hijo, al que han considerado como tal durante tanto tiempo, junto al que han estado en momentos difíciles, a pesar de saber que pueden cambiarlo por su hijo biológico verdadero.
No es cierto tampoco que los hijos adoptados sean problemáticos. Como todos los niños, necesitan crecer en ambientes sanos donde se les asegure cariño y protección. Existen casos de padres que han abandonado a los niños porque no han sabido hacerse con ellos. En Los hijos más deseados se relatan varios ejemplos donde uno puede darse cuenta de que la frontera entre hijo y objeto o mercancía no se distingue a veces con claridad. Los padres suelen alegar la situación insostenible por la que pasan en el hogar. Suele tratarse de chavales mayores, con un pasado generalmente problemático, o extranjeros. Si bien es cierto que no se puede juzgar alegremente, ya que las circunstancias son siempre dispares, por las razones que sea, al niño se le niega un cariño que tiempo antes se le había prometido. Suele intentarse todo tipo de medios para arreglar esos conflictos, pero muchas veces fracasan. Es difícil hacerse con una vida marcada por el desencanto y el desamor; enfermedades curables únicamente con una sobreatención que no todos los padres del mundo están capacitados para entregar. Así son las cosas. Pero, dejando a un lado las situaciones extremas, donde ni hijos ni padres tienen la responsabilidad de que su convivencia no haya llegado a buen fin, también se dan casos de absoluta necedad por parte de los padres. Sin perder la compostura, han llegado al despacho de la asistente social y con un gesto de alivio han informado de que los niños que habían adoptado les daban demasiados problemas (casos, por ejemplo, en los que las diferencias raciales evidencian la adopción). ¿Qué tipo de padres abandonan a sus hijos a la menor dificultad? Es más, ¿qué tipo de padres abandonan a sus hijos ante dificultades enormes, inmensas, tan grandes como que se enfrentan al significado de su propia existencia? Justamente lo que necesitan los pequeños en esos momentos es la prueba definitiva de que sus padres van a seguir a su lado, a pesar de todo. En muchas ocasiones este tipo de actos revelan la poca consistencia de los padres en su decisión de adoptar a un hijo. Por eso los controles y las investigaciones a las que se someten los futuros padres adoptivos son tan estrictos. Debe quedar claro que la primera necesidad que hay que cubrir es la del menor. Nunca un pequeño viene a suplir carencias afectivas. Nunca un niño debe tapar huecos en una vida. Un niño adoptado exige tanto amor y dedicación como uno biológico, quizá más. Y más aún, un hijo adoptivo debe ser aceptado tal y como se acepta a un hijo de sangre; con sus diferencias y similitudes que irán adquiriendo a lo largo de su vida. Es tan necesario estar seguros de lo que conlleva la adopción como que un error significaría un daño tremendo a una vida por edificar. La decisión no es fácil. Adoptar a un niño no es un dilema que se plantea y soluciona de un día para otro. Puede haber multitud de motivos por los cuales un matrimonio o unidad familiar decida comenzar un proceso de adopción: la imposibilidad de tener hijos propios, razones morales, religiosas... Las mil circunstancia de la vida pueden ser siempre ocasión para dar la bienvenida a un pequeño sin hogar. LAS CIFRAS HABLAN POR SI MISMAS
El caso es que las cifras aumentan espectacularmente en el campo de la adopción internacional. Según Antonio Ferrandis, jefe del departamento de adopciones de la Comunidad de Madrid, pocos fenómenos sociales se multiplican tan rápidamente. ¿Las causas? Según Ferrandis, en España casi no hay niños para adoptar. De hecho, al año suelen darse unas cincuenta adopciones. Los padres que solicitan a un niño español pueden llegar a esperar hasta siete años para conseguir a un pequeño abandonado susceptible de adopción. Este panorama, que podríamos calificar de desolador (desde el punto de vista de los padres deseosos de un hijo a corto plazo), cambia en el plano de la adopción internacional. El promedio de espera oscila entre los nueve meses y los dos años. Los problemas que pueden surgir vienen del país donde se va a realizar la adopción, o también de la familia adoptiva. El señor Ferrandis explica que hay países extranjeros donde las personas mayores y los solteros tienen menos posibilidades de adoptar a un niño que un matrimonio joven, porque en el país de origen del niño estos últimos suelen estar mejor considerados. Además, también hay países que hacen hincapié en el trabajo de los futuros progenitores, porque algunas profesiones que en nuestro país merecen todo respeto, allí son sinónimo de pobreza y están mal consideradas. Hay que convencerles entonces afirma de que en España esa profesión tiene unos ingresos muy respetables y que se trata de un trabajo realizado con toda normalidad. Todos estos factores llevan a los padres a mirar, cada vez con más frecuencia, más allá de nuestras fronteras para adoptar a un pequeño. Tanto es así que durante 1999 ha habido 850 familias en Madrid que han solicitado la adopción de un hijo. También durante el año pasado fueron 567 los niños adoptados que llegaron al aeropuerto de Barajas procedentes de diversas partes del mundo; representan el uno por ciento aproximadamente de los 45.000 ó 50.000 niños que nacen anualmente en la capital de España. Si comparamos su evolución con años anteriores, podremos darnos cuenta de que el crecimiento de las adopciones internacionales merece una reflexión. Hace tan sólo dos años, en 1998, fueron 359 las adopciones internacionales que se realizaron en Madrid. Pero es que en el año 1992 únicamente 18 niños procedentes del extranjero encontraron una nueva familia en dicha Comunidad. ADOPCION NACIONAL E INTERNACIONAL
Las personas que se estén planteando seriamente el adoptar a un niño pueden encontrar, en libros como Adoptar un hijo hoy, de Martine Audusseau-Pouchard (Ed. Planeta), todos los pasos y requisitos necesarios que deberán llevar a cabo, en caso de que se decidieran a dar el paso. La autora explica cómo la ley española ha marcado unos requisitos de aplicación obligatoria en todas las Comunidades Autónomas de nuestro país, aunque luego cada una de ellas puede establecer, dentro de la ley estatal, las peculiaridades que crea convenientes. El adoptante debe ser mayor de 25 años. Este es el requisito más rígido para llevar a cabo una adopción. Don Antonio Ferrandis explica que suelen llegar padres de todas las edades. Es necesario hacerles saber que la adopción es un proceso más complejo que la paternidad biológica, y que deben tener claro y madurado su proyecto de adopción. La edad de los adoptantes tiene que ser proporcional a la de unos padres biológicos. No podría adoptar a un niño una persona que no tuviese ya edad para tener descendencia. En este sentido, la adopción intenta ir a la par que la naturaleza, al igual que en el sexo del futuro niño. Si unos padres biológicos no pueden elegir el sexo de su hijo, a los padres adoptantes tampoco les está permitido. Un caso aparte es la salud del niño. Un hijo con deficiencias psíquicas o físicas tiene unas necesidades especiales. A los padres se les da la oportunidad de elegir; éste es un motivo por el cual el plazo de espera para la adopción de niños deficientes, en uno u otro sentido, es mucho menor. LA RAZA Y LA EDAD DEL PEQUEÑO TAMBIEN ESTAN SOMETIDOS AL CRITERIO DE LOS FUTUROS PADRES
De los 567 niños adoptados el año pasado en la Comunidad de Madrid, el 85% procedía de siete países: Rusia, Rumanía, Bulgaria, India, China, Colombia y Perú. Se trata de países en los que hay una gran cantidad de niños en situación de ser adoptados, y que tienen unas infraestructuras que facilitan las adopciones internacionales. Es necesario saber que una adopción internacional implica factores importantes como una raza y una cultura diferentes. En ocasiones, los padres acuden a la adopción internacional buscando un proceso más rápido para tener a un hijo y, una vez conseguido su objetivo, se dan cuenta de que la falta de meditación les presenta problemas de los que no les va a ser fácil salir. También está el terreno pantanoso de las adopciones ilegales. No se hablará de ello, pero no hay mejor frase que la que aparece en el libro de Martine Audusseau-Pouchard... empieza una búsqueda del niño a toda costa, y entre tanto se olvidan de los principios morales, las leyes del país donde se acude y los convenios internacionales. Todo es válido para conseguir el niño deseado, y gente normalmente tímida, confiada y honesta puede hundirse en las ciénagas de la ilegalidad. Lo recomendable en estos casos es seguir siempre las indicaciones que marca la ley. A grandes rasgos, los pasos que se van dando consisten en recoger información acerca de las adopciones del país deseado, petición del informe de idoneidad de la familia adoptante y presentar la documentación legalizada siempre de acuerdo a las normativas del país elegido. Una vez que el niño ha sido asignado, los padres deberán viajar al país de origen de su hijo adoptivo para recogerlo y, ya en España, inscribirlo en el Registro Civil. UN CASO COMO TANTO
En esta ocasión las cosas no sucedieron tan rápidamente como con Pablito, el niño de Manoli: Arturo Merayo, un profesor de Universidad, había intentado, junto con su mujer, Aranza, tener hijos durante ocho años. Sin resultado. Las posibilidades que se le ofrecían no eran muy alentadoras: la fertilización in vitro fue rechazada de antemano, en principio por razones morales, además de otros motivos, como el gran desembolso que tendrían que realizar y la operación traumática a la que debería someterse su mujer. Entonces comenzaron a pensar en la adopción. Los primeros pasos que dieron no fueron esperanzadores: les aconsejaron pensar en una adopción internacional, porque si esperaban por un niño español, sus deseos se verían satisfechos a largo plazo: hasta ocho años. Otros ocho años más sin niño, alternativa poco atractiva para unos padres anhelantes de un pequeño. Los motivos que les dieron en la Junta de su Comunidad Autónoma, en este caso la de Castilla-León, fueron que en España no había casi niños para dar en adopción. Sin embargo, el proceso es diferente si solicitas un niño con problemas como malformaciones o con el virus del SIDA. En ese caso los niños suelen llegar muy pronto a su nuevo hogar. Generalmente adoptar a un niño en España, como comenta Arturo Merayo, no es especialmente difícil, si no se tiene en cuenta el desorbitado período de espera. La información es abundante, y no es costoso. Además se mantiene el anonimato de los padres biológicos. El matrimonio Merayo decidió dar el paso de la adopción internacional. Eligieron un país como Guatemala, principalmente porque él tenía allí familia y eso siempre facilitaría las cosas. Existía además la ventaja del idioma. Pero en la Junta le dijeron que eso no podría ser, ya que no contaban con ningún tipo de información para llevar a cabo el proceso. Sin embargo lo solicitaron. Por fin llegó una llamada al cabo de un año interminable, y a partir de entonces comenzaron los trámites burocráticos. Recibieron la visita de una psicopedagoga y de una asistente social. Pasaron por entrevistas, cuestionarios, vieron su casa, indagaron acerca de sus ingresos... Todo ello destinado a probar que reunían los requisitos necesarios para que un niño llegara a un hogar donde le estaba asegurado protección y seguridad. El paso siguiente sería la elaboración, por parte de la Junta, de un certificado de idoneidad, donde el asistente social y el psicopedagogo explicasen que tanto Arturo como Aranza cumplían todas las normas exigidas para adoptar a un pequeño. Esperaron por este certificado cinco meses. De nuevo una espera de desgaste, de desánimo, al comprobar que, cuando preguntaban por este documento, les respondían que tardaba tanto porque no había nadie para pasarlo a máquina. Cuando por fin recibieron el certificado de idoneidad, la Junta de Castilla-León envió el documento al país de origen del futuro niño adoptado, en este caso Guatemala. Hasta entonces sólo había sido el principio. Comenzó de nuevo la andadura de papeleos y burocracia. Les exigían varias cartas de recomendación, copias de las Declaraciones de la Renta, certificados médicos, pasaportes y demás. Todos estos documentos debían ser legalizados, es decir, sellados por tres o cuatro organismos distintos. Mientras tanto, la Junta de su Comunidad Autónoma no había sido capaz de informarles de ninguno de los pasos que debían dar, pues desconocían los requisitos que debían cumplir para llevar a cabo una adopción en Guatemala. Los funcionarios que allí trabajaban no tenían sólo a su cargo el área de las adopciones, con lo cual no estaban especializados exclusivamente en ese tema. El matrimonio tuvo que ir dando tumbos de organismo en organismo, de oficina en oficina, en una ciudad que no era la suya: Madrid. Cuando lograron tener todos los papeles necesarios en regla, los futuros padres pensaron que podrían dejar explicados por escrito todos los pasos que dieron, para que las parejas que llegasen en un futuro y quisieran recorrer un camino como el suyo lo tuviesen más fácil. Así lo hicieron y entregaron en la Junta toda la información necesaria que el Organismo no pudo administrarles en su día. Pero esos datos nunca llegaban a manos de las parejas que querían adoptar a un niño, como ellos. Muy al contrario, recibían llamadas de funcionarios de esta institución pidiéndoles si podían servir de guías a parejas que querían adoptar niños fuera de España. Esta experiencia sirvió al matrimonio para darse cuenta de que, en ocasiones, los padres no buscan favorecer a un niño, dándole amor y un hogar, sino favorecerse a ellos mismos, rellenando con los pequeños los espacios vacíos que hay en sus vidas. El paso que siguió, al final de los papeleos en España, tuvo ya lugar en Guatemala. Allí llegaron con todos sus documentos a Bienestar Social. Les explicaron que regularmente los trámites para la adopción tardarían siete años, pero que, si se hacían con un abogado, sólo esperarían tres meses. Evidentemente, la solución ni se cuestionó: pagaron 12.000 dólares por un letrado. Cuando la pequeña Lucía, hija adoptiva de Arturo y su mujer, llegó a España, después de casi dos años de espera por parte de sus padres, se encontró nuevamente con problemas: nadie sabía decirles cómo inscribirla en el Registro Civil. De Guatemala los niños llegan con el pasaporte de su país, y es tarea de los padres hacer que obtengan la nacionalidad española. Fue un largo proceso de siete meses. Pero, para entonces, la pequeña Lucía, que hoy tiene dos años, ya se encontraba en su nuevo hogar. Los lazos que la unen a sus padres son tanto o más fuertes que los formados por la sangre. Fue una niña tan deseada que su padre afirma que, a pesar de los problemas y sinsabores por los que hubo que pasar para conseguir adoptarla, mereció la pena por completo. Hoy en día, si Arturo y Aranza tuvieran que hacer una denuncia, sería sin duda la falta de información con la que se encontraron en la Administración, que supuso un alargamiento desmesurado del proceso. Además echan de menos el seguimiento post-adopción por parte de esos psicopedagogos y asistentes sociales con los que trataron al principio. No es sencillo conocer cuál es la manera más adecuada de hacer saber a un hijo que tiene otros padres, de hacerles entender que no son diferentes a los demás niños, y que la adopción es un ejemplo más de su amor por ellos, porque demuestra lo mucho que los deseaban como hijos. Anabel Llamas Palacios |