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León XIII, en un momento de graves peligros para la Iglesia a finales del siglo XIX, ordenó que todo sacerdote, al final de todas las Eucaristías, rezara tres Avemarías, puesto de rodillas ante el altar; y que las rezara en lengua vernácula aunque toda la Misa se celebraba en latín. La comisión preconciliar de Liturgia, a la que perteneció monseñor Hervás, acordó un día, en reunión en la que se hizo presente Juan XXIII, suprimir las susodichas tres Avemarías por considerarlas un hueso dislocado, introducido en un momento de profundo bache litúrgico. El Papa siguió en silencio el debate; y dijo al despedirse: Decidan ustedes lo que quieran. Yo seguiré rezando esas Avemarías con mucha devoción, al final de cada Misa.
EL BUEN HUMOR DE MONSEÑOR FELICI
Toda Congregación se abría con la Eucaristía, tras la entronización del Evangelio, El 24 de octubre de 1963, día de san Antonio Mª Claret, presidió dichos ritos el claretiano monseñor Tabera, obispo entonces de Albacete. Monseñor Felici subrayó el detalle diciendo, no sin fina íronía: San Antonio Mª Claret fue Padre del Concilio Vaticano I. Es el único de ellos que ha sido canonizado. Seguro estoy de que, cuando se reúna el Vaticano III, muchos de los Padres presentes habrán sido ya canonizados, mientras el pobre Secretario que les habla estará todavía en el purgatorio por sus muchas faltas: por las que ha cometido..., y por las que no ha cometido, pero de las que le acusan algunos Padres Conciliares aquí presentes. |
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¿FRANCO A FAVOR DEL COMUNISMO?
No quedamos sino dos testigos de esta curiosa historia: don Marcelo González, obispo entonces de Astorga, y un servidor. Han fallecido otros dos: monseñor Cantero, arzobispo de Zaragoza, y monseñor Jubany, obispo de Gerona y luego cardenal arzobispo de Barcelona. Los cuatro nos reuníamos los viernes después de cenar, durante la cuarta etapa del Concilio, para intercambiar las informaciones sobre la marcha de los debates. Se debatía en el aula la Gaudium et spes. Numerosos Padres, entre ellos muchos españoles, habían formado un grupo denominado Coctus Patrum, muy conservador. Pedían insistentemente que se condenara explícitamente el comunismo, a la vez que el ateísmo y el materialismo. Monseñor Cantero tuvo que marchar un día a Madrid, porque Franco le había concedido una audiencia para tratar no sé qué tema relacionado con la sede de Zaragoza. Era viernes. En cuanto llegó, nos citó para contarnos que Franco le había dicho: Sigo con mucho interés los debates conciliares sobre las relaciones de la Iglesia con el mundo. Veo que algunos Padres reclaman la condena del comunismo. Ni puedo ni quiero interferir en la labor del Concilio. Pero si le vale a Vuestra Excelencia un consejo del único militar que ha derrotado con las armas al comunismo, no condenen ustedes el comunismo, condenen el ateísmo y el materialismo. El comunismo es una idea política, en la que no debe entrar la Iglesia, de la que quedarán secuelas sociales para siempre, incluso cuando el comunismo deje de dominar en Rusia o en otras partes del mundo. Nos sorprendió que Franco hiciera la distinción, que decidió al Concilio claro es que con total independencia a condenar explícitamente el ateísmo y el materialismo, sin aludir para nada al comunismo. EL EJEMPLO DE MONSEÑOR PILDAIN
No fueron pocos los obispos que sufrieron mucho a lo largo del Concilio. Pero todos, con excepción de monseñor Lefebvre, mantuvieron la comunión eclesial con fe ejemplar. Contaré un solo caso. Corría el día 7 de diciembre del 65. La víspera había merecido la aprobación de los Padres la Gaudium et spes, varios decretos y declaraciones. Destacaba entre éstas la más discutida en el Vaticano II: la Dignitatis humanae sobre la libertad religiosa, que entró en el aula hasta seis veces en distintas redacciones. Faltaba sólo la aprobación final en congregación general presidida por el Papa Pablo VI. Los obispos españoles íbamos al Vaticano en un autobús, en el que tomé asiento junto a don Antonio Pildáin. Era un hombre de Dios, admirable por muchas virtudes. Y en lo doctrinal, muy abierto en temas sociales, pero inflexible en lo referente a la libertad religiosa. Había publicado en Las Palmas varias pastorales contradiciendo incluso los tímidos planes aperturistas del ministro Castiella. A poco de arrancar me dijo: Don José María, si se aprueba la Declaración sobre la libertad religiosa, cuando vuelva a Las Palmas, me revestiré de pontifical y subiré al púlpito con mitra y báculo y diré a mis diocesanos: . No dirá eso, don Antonio, le razoné. Dirá, más bien, que usted hablaba en sus pastorales de los derechos de la verdad, y el Concilio proclama los derechos de toda persona humana aunque esté en el error. No, me replicó con fuerza. La Declaración dice sí a lo que yo decía que no. Y si se aprueba... ¿Por qué dice usted si se aprueba?, le corté. Ayer tuvo sólo algo más de 100 votos contrarios entre más de 2.000 Padres votantes. ¡Claro que va a ser aprobada hoy y no llegarán al centenar los votos contrarios ...! Dios dirá, me dijo. Todavía faltan unas horas para la votación. Y yo he presentado un voto a la mesa presidencial que dice: Como yo era un obispo joven y él tenía muchos años, temió que sus palabras pudieran turbarme, y añadió : Don José María, no quisiera escandalizarle. Amo a la Iglesia extendiendo a ella mi amor a Cristo. Y esté usted seguro de que, si esta Declaración se aprueba, subiré al púlpito de mi catedral y con la mayor solemnidad posible diré a mis diocesanos: . Y así lo hizo con sencillez sublime en un acto de fe en Dios, de amor fervoroso a la Iglesia y con humildad encantadora de hombre de Dios. José Mª Cirarda Lachiondo |