RetrocesoA&ONº 207/6-IV-2000SumarioEspañaContinuar
LXXIV Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española
Acción de gracias y
misericordia
Dice el refrán popular que no hay más sordo que el que no quiere oír, y no hay más ciego que el que no quiere ver: La primera Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española del Año Jubilar nos ha traído un discurso inaugural de su Presidente, el cardenal arzobispo de Madrid, en el que contra lo que algunos dicen, ha insistido en quehemos pedido y pedimos perdón a Dios por todas las acciones contrarias al Evangelio de la paz y de la misericordia cometidas por los españoles de un lado y otro de los frentes bélicos.

El discurso inaugural del cardenal Antonio María Rouco, arzobispo de Madrid y Presidente de la Conferencia Episcopal Española, tuvo dos centros neurálgicos de atención: una breve reflexión sobre la Iglesia y la Conferencia Episcopal en España, y un asunto importante para el examen de conciencia: la familia y la vida. Después de insisitir en el significado del Año Jubilar, sus palabras se centraron en el documento La fidelidad de Dios dura siempre. Mirada de fe al siglo XX.

Recordó que la acción de gracias, en él incluida, no se refiere sólo a los grandes beneficios que Dios ha hecho a su Iglesia en este siglo: la fe de sus mártires y de tantos y tantos hermanos y hermanas fieles a Jesucristo en medio de dificultades no pequeñas; el Concilio Vaticano II y su impulso renovador de vuelta a las fuentes evangélicas; la presencia social y caritativa de los católicos en la vida pública de acuerdo con la doctrina social de la Iglesia; los grandes Papas que Dios nos ha dado en el tan difícil y dramático siglo XX, que se acaba. Además de estos motivos de gratitud específicamente eclesiales, hablamos también de logros importantes de la sociedad en este siglo, como son: la concordia y el reconocimeinto de los derechos de las personas, en particular de la mujer; la Constitución de 1979 y la integración de España en un proyecto europeo basado en el consenso democrático; el desarrollo social y económico que, por lo general, hace la vida de nuestros pueblos y ciudades mucho más holgada que la de nuestros antepasados de hace cien años.

Sin embargo, también hay que tener presente que existe un capítulo de culpas, del que hay que recoger las palabras del cardenal Rouco respecto al pasado inmediato de España. No podía faltar, señaló el arzobispo de Madrid, en este marco una referencia, aunque breve, a la tragedia de la guerra civil que costó la vida a tantos españoles a mediados del siglo que termina. Naturalmente, un acontecimeinto de tales características no puede ser más que lamentado. Algunos hubieran querido escuchar de nosotros una justificación, si no una autoinculpación de la Iglesia como causante de la ruptura de la paz y como sostenedora del régimen político implantado por los vencedores. No hemos querido hacer ni lo uno ni lo otro. Nos parece que no hubiera sido justo ni oportuno entrar en juicios históricos de esa naturaleza. Hemos pedido y pedimos perdón a Dios por todas las acciones contrarias al Evangelio de la paz y de la misericordia cometidas por los españoles de un lado y de otro de los frentes bélicos, por tanto, también de los católicos de cualquier estado y condición; y hemos pedido y pedimos a Dios la fuerza y la clarividencia necesarias para que no se vuelva más en España a la guerra y a la violencia como medio de resolución de los problemas sociales y políticos. ¡Nunca más la guerra entre los españoles!

El futuro no se construye sobre falsificaciones de la Historia. Las causas de aquella guerra civil y de sus consecuencias son complejas. Simplificar los hechos para obtener de ellos determinados rendimientos políticos o ideológicos no contribuye a restañar las heridas ni a cimentar la paz sobre las únicas bases verdaderamente sólidas, que son la verdad, la justicia, la mutua comprensión y el perdón. Nuestra mirada al pasado no pretende en modo alguno hacernos prisonero de él, sino liberarnos de su peso objetivo de culpa y de pecado para abrirnos a un futuro mejor con la ayuda de Dios. ¡La Iglesia y los católicos españoles no quieren ser otra cosa que instrumentos de reconciliación y de paz!

Uno de los puntos de la agenda de esta Asamblea Plenaria es la organización —unificación y agilización— de los procesos de canonización de los mártires de la fe durante la guerra civil española. Según el cardenal Rouco, todos ellos perdonaron a sus perseguidores y no fueron actores de violencia, sino víctimas inocentes de ella. El recuerdo y la honra que les tributamos no debe inducir a nadie a reabrir viejas heridas ni a justificar la violencia como arma política. Al contrario, el testimonio de los mártires de Cristo ha de ayudarnos a todos a abrigar sentimientos de caridad y de perdón, de verdadera tolerancia y de fe inquebrantable en el Dios del Amor. Éstos son cimientos seguros para una convivencia capaz de resistir los impulsos disgregadores y las tentaciones de la violencia.

FAMILIA Y DEFENSA DE LA VIDA


El otro gran capítulo del discurso programático de la Asamblea episcopal fue el dedicado a la familia y a la vida. El Presidente de la Conferencia Episcopal Española insistió en que los problemas que tiene que afrontar la familia y los que se suscitan en el ámbito del debido respeto a la vida son hoy un gran desafío para nuestra fe cristiana, que ha de mostrar su vigor en el acierto y la decisión con que sepamos abordarlos. Son problemas de primera importancia para el presente y para el futuro de la Iglesia y de la Humanidad.

Otros asuntos relevantes que se han propuesto en la mesa de la comunión episcopal son el borrador del documento sobre Principios y normas para la inspección del área de Religión católica; la aprobación de la declaración de identidad de la Universidad Pontificia de Salamanca, fundada a finales de los años cuarenta; las orientaciones de la Conferencia Episcopal sobre los Institutos Superiores de Ciencias Religiosas; y las responsabilidades de la Conferencia Episcopal en lo que atañe al Tribunal de la Rota de la Nunciatura Apostólica.

Por primera vez ha participado en una Asamblea Plenaria de los obispos el Nuncio de Su Santidad en España, monseñor Manuel Monteiro de Castro. En sus breves palabras de saludo, recordó la función pastoral de los Legados pontificios. La misión de los Nuncios tiene un marcado carácter pastoral, apuntó monseñor Monteiro de Castro. Son una señal vida de la colegialidad, de la unidad de expresiones de la fe. Procuraré conocer en vivo la vida de la Iglesia, sentir sus alegrías y sus tristezas, entender sus dificultades y alegrarme con sus éxitos. Seguiré la vida de la Iglesia no como un extraño, un extranjero, ni como un observador frío o crítico, sino como alguien que la siente como algo propio.

José Francisco Serrano