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El recuerdo de Jerusalén queda indeleble en mi espíritu. El misterio de esta ciudad, en la que la plenitud del tiempo se hizo, por así decir, plenitud del espacio, es grande. Jerusalén ha acogido el acontecimiento central y culminante de la Historia de la salvación: el misterio pascual de Cristo. Allí se reveló y se realizó el objetivo por el que se hizo carne el Verbo: en su muerte en la cruz y en su resurrección todo se ha cumplido. En el Calvario, la Encarnación se ha manifestado como Redención, según el designio eterno de Dios. Las piedras de Jerusalén son testigos mudos y elocuentes de este misterio. Comenzando por el Cenáculo, donde celebré la santa Eucaristía, en el lugar mismo en el que Jesús la instituyó. Allí, donde nació el sacerdocio cristiano, recordé a todos los sacerdotes y firmé la Carta que les he dirigido con motivo del próximo Jueves Santo. Los olivos y la roca de Getsemaní testimonian aquel misterio, cuando Cristo, movido por la angustia mortal, rezó al Padre antes de la Pasión. De manera particular, testimonian aquellas horas dramáticas el Calvario y la tumba vacía, el Santo Sepulcro. El domingo 26 de marzo pasado, Día del Señor, renové precisamente desde allí el anuncio de la salvación que atraviesa los siglos y los milenios: ¡Cristo ha resucitado! En aquel momento, mi peregrinación llegó a su culmen. Por este motivo sentí la necesidad de detenerme todavía en oración ante el Calvario durante la tarde, donde Cristo derramó su sangre por la Humanidad. (29-III-2000) |