RetrocesoA&ONº 207/6-IV-2000SumarioTestimonioContinuar
Mi gran familia
A veces sucede, cuando alguien me pregunta los hijos que tengo, y le contesto 14, el que me pregunta y los que están presentes me miran como un bicho raro, se miran, se ríen y al final comentan: ¡De éstos ya no quedan!

En realidad fueron 15 los hijos; el cuarto, desgraciadamente, murió a los seis meses de vida. Por entonces (los años 50), aparte de que nuestras posibilidades económicas eran exiguas, pues me encontraba en el paro, la medicina infantil en España no ofrecía demasiadas garantías. Fue el primer revés, el primer dolor familiar, pero con ayuda de Dios, y aunque con penurias laborales, estrecheces económicas y apreturas en un hogar humilde, incapaz de dar cabida a una familia que ya empezaba a crecer, salíamos adelante, éramos una familia feliz.

Afortunadamente, gracias al Todopoderoso, siempre presente en nuestro diario vivir, a partir del quinto hijo, inesperadamente, conseguí un puesto de trabajo, tal vez mejor del que yo merecía, pues aunque estaba preparado para él, eran muchos los aspirantes igual o mejor preparados que yo, y lo más importante por aquellas fechas, mejor recomendados, y la mayoría sin hijos. Desde aquel día las cosas empezaron a mejorar, pudimos ir a vivir a un sitio más espacioso y al cabo de unos meses, por fin, pudimos disfrutar de un pisito nuevo y amplio custodiado siempre por nuestra Patrona, la Santísima Virgen del Valle.

Pero fueron llegando hijos, unos tras otros, sin interrupción y todos bien recibidos, hasta llegar al número doce, once vivos, y la convivencia entre la familia era cada día más entrañable, más unida y más confortable. Nadie podía creer que, con tanta carga familiar, reinara siempre en mi casa la alegría, el optimismo y el entendimiento mutuo entre todos los miembros de la familia. Y es que allí, entre nosotros, siempre estaba presente Dios y el amor a nuestra Virgen del Valle. Jamás salió una palabra malsonante de la boca de nuestros hijos, ni una protesta o un desmayo de la madre, abnegada, creyente y amante de su gran familia.

Años después y por razones profesionales, trasladamos la casa a Sevilla. Nuevos horizontes y nuevos hijos. Los tres últimos nacieron en Sevilla. Ya éramos 14 (vivos) por cierto que mi mujer escribió hasta un poema y lo tituló La Quiniela. Fueron estudiando, trabajando, casándose uno tras otro, y procreando, no al ritmo de sus padres, pero ya son 26 los nietos recibidos. Doce casados; y nuestra mayor alegría y nuestro agradecimiento al Cielo: trabajan todos, y sin separaciones ni divorcios, sin rencillas ni drogas, todos unidos. ¿Se puede pedir más?

Desgraciadamente, hace poco más de un año, el mayor de todos se marchó al Cielo. Seguramente fue un descuido de su Jesús del Gran Poder, al que tanto adoraba, o un deseo de tener a su lado para siempre a tan ejemplar hijo. Dejó viuda y tres hijos, inconsolables, dejó a unos padres con el alma herida y a 13 hermanos turbados, confusos, llenos de un dolor imposible de olvidar.

Viendo cómo cada día familias más o menos numerosas aparecen en los distintos medios de comunicación quejándose constantemente de su suerte, o recién casados que se resisten a tener hijos por miedo a no poder mantenerlos ni educarlos, yo les aseguro que Dios jamás abandona a las familias por muy numerosas que sean, y que tanto mi mujer —ejemplo de madre— como yo, hemos sido los más felices del mundo, y que fueron, innumerables veces, mayores las alegrías que nuestros hijos nos dieron que los disgustos, que habrán sido tan pocos que, la verdad, yo ni me acuerdo.

Existen muchos títulos, nobiliarios, académicos, los otorgados por cualquier acción destacada y otros muchos honoríficos, pero el que yo he lucido durante tanto tiempo fue el más bonito y el que me llenó de orgullo. El Título de Familia Numerosa en su categoría de Honor.

José López Farfán