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Hágase mi voluntad. ¡Aquella vez sí que se hizo mi voluntad!
Noche, te veo todavía. Subían tres grandes cruces. Y mi hijo en el medio. Una colina, un valle. Salieron de la ciudad que yo había dado a mi pueblo. Subieron. Mi hijo entre aquellos dos ladrones. Con una herida en el costado. Con dos heridas en las manos. Con dos heridas en los pies. Con heridas en la frente. Unas mujeres que lloraban en pie. Y esa cabeza inclinada que se caía sobre el pecho. Y esa pobre barba sucia, toda manchada de polvo y de sangre. Esa barba rojiza de dos puntas. Y esos cabellos manchados ¡y en qué desorden! que yo hubiera besado tanto. Esos hermosos cabellos rojizos, aún ensangrentados por la corona de espinas. Completamente manchados, pegados por los coágulos. |
| Todo se había cumplido.
Él ya había soportado demasiado. Esa cabeza que se inclinaba, que yo hubiera apoyado contra mi regazo. Ese hombro que yo hubiera apoyado contra mi hombro. Y ese corazón ya no latía, con todo lo que había latido por amor. Tres o cuatro mujeres que lloraban en pie. Hombres, no me acuerdo; creo que ya no quedaban. Quizás pensaron que aquello ya era demasiado. Todo había acabado. Todo estaba consumado. Se había acabado. Yo conozco bien al hombre. Soy yo quién lo ha hecho. Es un ser extraño; pues en él actúa esa libertad que es el misterio de los misterios. Tiene mucha fe y mucha caridad. Pero lo que no se le puede pedir, vaya por Dios, es un poco de esperanza; un poco de confianza, vaya; un poco de entrega, un poco de abandono en mis manos. Estos pecados que tanto pesar te producen, hijo mío, pues mira, era bien sencillo. Amigo mío, no haberlos cometido. Ahora ya está hecho, venga, duerme, mañana no lo volverás a hacer. Yo nunca he negado el pan del día siguiente. El que se abandona, me gusta. El que no se abandona, no me gusta, es así de sencillo. El que se abandona no se abandona y es el único que se abandona. Pero si lo que queréis es machacar y dar vueltas por la noche a todas las ingratitudes del día, a todas las fiebres y a todas las amarguras del día. Y si lo que queréis es rumiar por la noche todos vuestros agrios pecados del día, vuestras fiebres agrias y vuestros pesares y vuestros arrepentimientos y vuestros remordimientos aún más agrios. Y si lo que queréis es llevar un archivo perfecto de vuestros pecados, de todas esas tonterías y de todas esas idioteces, no; entonces dejad que lleve yo mismo el Libro del Juicio. Y puede que aún salgáis ganando. Y si lo que queréis es contar, calcular, computar como un notario y como un recaudador de impuestos, dejadme cumplir con mi obligación y no os metáis en trabajos que no debéis hacer. ¿Acaso son vuestros pecados tan preciosos que hay que catalogarlos y clasificarlos, y grabarlos y contarlos y calcularlos, y volverlos a ver y repasarlos e imputároslos eternamente, y conmemorarlos con no sé qué clase de piedad? No hagáis esas cuentas. Eso es mucho orgullo. No se está siempre hablando del barro. No es limpio. Transportar dentro del templo la memoria incluso, y la inquietud por el barro, y la preocupación y la idea del barro es una forma de transportar barro dentro del templo. En el umbral de mi templo, limpiaos los pies y no hablemos más de ello. No hay que estar limpiándose todo el tiempo. Haz el signo de la cruz. Después entra en la iglesia; y no estés todo el tiempo cogiendo agua bendita. La iglesia no se compone sólo de pilas de agua bendita. Está lo que hay antes del umbral. Está lo que hay en el umbral. Y, si por encima de todo, queréis ofrecerme algo, por la noche, al acostaros, que sea, en primer lugar, una acción de gracias. Dadme gracias primero, que es lo que corre más prisa y es también lo más justo. Para el ayer, ya es demasiado tarde. Preferís ofrecerme grandes sacrificios, con tal de que no sean los que yo os pido, antes que ofrecerme otros pequeños que yo os pediría. Sois así, os conozco. Lo haríais todo por mí, excepto ese pequeño abandono. No me gusta el hombre que especula sobre el mañana; no me gusta el que sabe mejor que yo lo que voy a hacer. No me gusta el que sabe lo que haré mañana. No me gusta el que se las da de listo. El hombre fuerte no es mi debilidad. Pensar en el mañana: ¿Sabéis siquiera cómo haré el mañana?; ¿qué mañana os haré? No me gusta el que desconfía de mí. ¿Creéis que me voy a divertir jugándoos malas pasadas, como un rey bárbaro? Yo soy un hombre honrado, dice Dios, y actúo siempre con rectitud. Toda la malicia que tengo, es la malicia de mi gracia. Yo soy un buen cristiano... |