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La noche de la cenacon el alma del hombre henchida hasta la muerte de tristeza, se retiró Jesús como a oratorio del olivar al monte, y allí puesto de hinojos y en él el Hombre y Dios en recia lucha pidió a su Padre le apartara el vaso de la amargura, hasta que al fin sumiso vencedor del combate soberano manso cordero, dijo: ¡Mi voluntad no se haga, mas la tuya! Bajó entonces del cielo a confortarle un ángel y en las angustias del dolor supremo sudó gotas de sangre gotas que descendían a la tierra, a la tierra, su madre, las entrañas bañándola en tristeza y en zumo de pesares... allí en Cabrera al caer la tarde. Miguel de Unamuno |