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Yoyes tiene la doble dimensión de ser un producto cinematográfico y un testimonio histórico
arriesgado y novedoso. Desde el primer punto de vista, el film es una correcta historia de elementos dramáticos atravesada por una interesante trama amorosa. Sin duda, el personaje de Yoyes y sus avatares le parecieron a Helena Taberna muy cinematográficos, con todos los ingredientes de una tragedia clásica. En este sentido, el valor principal de esta película está en las interpretaciones, y por encima de todas ellas, la de Ana Torrent, formada bajo la sombra de Cristina Rota, y cuyo trabajo es de una fuerza y madurez incontestables. En el plano de producción, Yoyes es un proyecto inteligente. Francia e Italia se han incorporado al proyecto, internacionalizando la historia, a la que también han contribuido económicamente las instituciones vascas. Y es que, para embarcarse en este asunto, hay que tener las espaldas muy bien cubiertas. |
| Pero es en el nivel testimonial e histórico donde esta película inaugura un subgénero del que España es deficitario desde hace mucho tiempo. No estamos acostumbrados a que el cine indague críticamente en las heridas más recientes de nuestra historia. Y mucho menos que se interne en la complicada selva del mal llamado problema vasco. En este sentido Helena Taberna ha aprendido de los británicos, capaces de afrontar en su cine las más diversas perspectivas en torno al conflicto norirlandés, y que han dado algunas obras casi maestras, como The Boxer, de J. Sheridan. Es precisamente esa obra la que muestra más paralelismo con Yoyes. Una película de estas características no puede caer en la trampa de un mani- queísmo fácil. Por ello es casi imposible sustraerse a la distinción entre el terrorista bueno y el terrorista malo, como recurso dramático necesario para que funcione el guión. Al igual que en The Boxer, el terrorista bueno es el que aboga por una salida política y negociada. En Yoyes este personaje se llama Koldo, y está interpretado por un fantástico Ramón Langa. Frente a él, está el sector duro que sólo cree en la vía de la presión sanguinaria y que será quien al final imponga su criterio. En el otro lado también tenemos matices. Por una parte están las víctimas, incluido un General de División al que Helena Taberna ha tenido la inteligencia de mostrar en primer plano para personalizarlo y desideologizarlo. Por otra aparece el Gobierno socialista, su gestión del GAL y sus tentáculos periodísticos, tres elementos fuertemente caricaturizados en la película. Y, en la bisagra entre esos dos mundos, en los que el fin justifica los medios, está Dolores González, Yoyes, con un deseo imparable de libertad, y con un gran anhelo de cambio personal. Yoyes sólo quiere rectificar, volver a su casa, vivir con su gente y ganarse la vida honradamente. Eso es lo único que pide. Demasiado. La intolerancia de ETA no acepta las aventuras personales. El individuo está supeditado al grupo. Yoyes lo ha olvidado y por ello debe morir. Y lo hará delante de su hija, con un tiro en la nuca. Ése será el último plano de la película. ¿Para qué decir más? Sin embargo, la muerte no es la última palabra de este film, marcado en su intención por una esperanza contenida. Esperanza alimentada por una tregua declarada durante el rodaje del film, y malograda de la misma forma en que se malogró la vida de Yoyes. Bastaría con que los pistoleros abrieran los ojos y descubrieran la realidad. Como hizo Yoyes. Juan Orellana |