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La dictadura del temario público pasa, en nuestro tiempo, por imponer la última palabra del discurso social. El mediador, el mensajero, se ha subido al carro de la creación de sentido alterando, incluso significativamente, el mensaje de los protagonistas institucionales. Si de interpretaciones hablamos, vivimos en la época de las exégesis nefastas. Como diría, metafóricamente hablando, un maestro de la verdad: Gadamer ha muerto. Y, así, los periodistas bueno, algo más que periodistas mostramos todas muestras cartas, marcadas por las precomprensiones. ¡Qué osadía! Cuando se cambian los tipos de letras por argumentos del más burdo ajusticiamiento de cuentas, desde la nueva jurisprudencia que se hace en las tribunas públicas, abdicamos de la función originaria de ser portadores del decir y del hacer ajeno. El colmo de la desfachatez pasa por imponer las condiciones de la petición de perdón y colgar el sambenito de la insuficiencia, que no cardíaca. Ya en las nefastas técnicas comunicativas de psicología de quiosko, se enseña a las nuevas generaciones de hombres y mujeres de la prensa cómo hacer que el entrevistado diga lo que el entrevistador quiera. La Iglesia ha pedido perdón por los pecados de sus hijos. ¿Alguién da más?
José Francisco Serrano |