|
|
|
Puede parecer hasta lógico, porque cada cual da lo que tiene y nada más, que quienes no saben salir del pequeño círculo de lo político, económico, o del todavía más reducido de sus propios prejuicios ideológicos, no sean capaces de descubrir el profundo horizonte y aliento fundamentalmente religioso del discurso del cardenal Rouco Varela en la apertura de la última Plenaria de la Conferencia Episcopal. Eso puede parecer que explica también que se hayan quedado en la primera parte del discurso, referida al presente y al pasado, sin asomarse siquiera a la segunda parte, referida al presente y al futuro de la Iglesia en España.
A despecho del propio texto del discurso, que manipulan y retuercen a su gusto e interés, todo un curioso mariachi de sedicentes informadores y de columnistas pertenecientes al equipo anti-eclesial habitual se obstinan, con sospechosa tozudez y coordinación, en decir que el cardenal dijo lo que no dijo, y no dijo lo que dijo. Naturalmente, ninguno de ellos ha publicado el texto íntegro del discurso, como hace Alfa y Omega en este número, para que los lectores, que no son muñecos de guiñol, juzguen por sí mismos. La verdad tiene la curiosa característica de que, además de hacer libre a la gente, se impone por sí misma y es más fuerte que todas las programadas campañas de tergiversación. A alguno de los componentes del citado y, a decir poco, pintoresco mariachi que quiere hacerse notar a cuenta de los demás le sorprende que el cardenal afirme que la Iglesia sólo se examina ante Dios. Dice que eso le suena raro, y trata de argumentar dudando de que la Iglesia sea una interlocutora fiable en el orden civil. ¿Acaso pretende que la Iglesia se examine ante el orden civil? ¿No le parece suficientemente fiable el juicio de Dios? ¿Qué orden civil le parece más fiable: el suyo personal, el del Gobierno, el de la Oposición, el del centro, el de la derecha, el de la izquierda, el de algún otro miembro del mariachi que hasta hace unos años consideraba, con sorprendente clarividencia, la Revolución soviética una gran esperanza? Hay quien incluso, como Vázquez Montalbán, aprovecha para ironizar miserablemente sobre la religiosidad del espectáculo del Papa polaco: ¡cuánto les molesta que los cristianos lo seamos de verdad, qué pupa les hace!; o quien se permite señalar una lista de los pecados por los que la Iglesia debe pedir ese perdón que a todos y cada uno de ellos dicho sea de paso ni siquiera se les pasa por la cabeza la idea de pedirlo. Sólo faltaba que los periódicos nos dijeran a los católicos qué perdón tenemos que pedir, a quién, cuándo, cómo, y hasta cuáles son los pecados que tenemos que hacernos perdonar y cuáles no. Si el proyecto de Moneo en los Jerónimos de Madrid es bonito o feo, admirable o penoso, es algo en lo que yo no voy a entrar ahora. Lo que Alfa y Omega piensa al respecto lo ha dicho ya con meridiana claridad y ahí está la colección del semanario para quien guste comprobarlo; pero en lo que yo sí voy a entrar, en este momento, es en el hecho intolerable de que algún periódico eche al fuego de la legítima polémica la leña podrida de la mentira, y titule en su portada: Para más inri, la cuarta parte del cubo de Moneo es un bloque de apartamentos para curas. Lo más curioso y paradójico es que luego lee uno la información en sus páginas interiores, y lee textualmente: Según el acuerdo del Arzobispado de Madrid con el Museo del Prado de julio de 1998, la Iglesia cedía el uso del claustro a condición de la que la obra, además de respetuosa con el entorno eclesiástico, supusiera levantar un nuevo edificio parroquial en el mismo lugar donde se encuentra el actual, en la parte trasera del claustro el edificio actual es de una construcción de muy poca calidad y grandes defectos constructivos (por ejemplo, está pegado a la propia iglesia). Pues muy bien: si el periódico sabe que eso es lo que dice el acuerdo, ¿por qué titula mendazmente otra cosa en su portada? ¿Le interesa la verdad de los hechos, o lo que le interesan son otras cosas, enseguida coreadas por la incompetente de turno, que en otro medio airea la basura de la mentira bajo el título El cubo de los curas? No conviene ni a la verdad de los hechos ni al propio decoro profesional estar tanto en las maravillosas nubes, porque entonces se ve todo nublado. Gonzalo de Berceo |