RetrocesoA&ONº 208/13-IV-2000SumarioEl Día del SeñorContinuar
Domingo de Ramos
El grito de Jesús
El grito de Jesús al morir no dejará de sonar en el transcurso de la Historia, como ese insólito, agónico y escalofriante grito que se atrevió a pintar el expresionista noruego Munch. Un grito de soledad, dirigido a quienes miran su cuadro. Con el grito de Jesús, Marcos termina el relato de su muerte, en el que Cristo grita dos veces: una para declarar su soledad —Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?—, y otra antes de expirar. Cristo aparece en la más oscura noche del abandono y del escarnio. Su oración al Padre es objeto de burla por quienes le escuchan. Crucificado entre malhechores que se mofan de él, injuriado por los curiosos y por los sumos sacerdotes, Jesús soporta la suprema tentación: bajar de la cruz. Es el milagro que le piden para ver y creer.

Ortega y Gasset ha dicho que en esta soledad de Cristo, gritando el abandono del Padre, tenemos la expresión que más profundamente declara la voluntad de Dios de hacerse hombre, de aceptar lo más radicalmente humano que es su radical soledad. Aún podemos añadir algo más: En esta soledad, Cristo acoge, con el máximo respeto y solidaridad, todo sufrimiento humano, toda angustia y temor de morir, toda noche y silencio ante Dios, y toda la infinita soledad que el hombre añade, cuando peca, a la que ya posee por ser hombre. La pregunta de Cristo —¿Por qué me has abandonado?— no tiene respuesta, ahora, en la cruz (la tendrá más tarde). Porque en la cruz, Cristo es el dolor puro, la noche sin término, el vértigo ante el abismo del pecado; es —digámoslo de una vez— el Justo sufriente, cargado con culpas ajenas, que confiesa su fe en Dios sin ningún apoyo humano. Su tentación es bajar de la cruz y dar gusto a los que sólo creen con milagros.

Si hubiera bajado de la cruz, Cristo no habría compadecido hasta el límite con el hombre. Siempre habría algún dolor inexplicable superior al suyo. Si se hubiera refugiado en su poder divino, la encarnación tendría algo de farsa. Pero no; Cristo con poderoso clamor y lágrimas suplicó verse libre de la muerte. Y tuvo que gustarla; y muerte de cruz. Sin paliativos. Y así, verdaderamente hombre hasta la muerte, sin renunciar a la condición de Siervo que trocó por la condición de Dios, abrió los brazos en cruz, y gritó antes de morir para indicarnos que Dios acoge la soledad y el sufrimiento, el escarnio y la burla, en el grito poderoso de Cristo que rasga de arriba abajo el velo del templo —signo del Dios inaccesible— y que arranca al centurión y verdugo la primera confesión de fe: Realmente este hombre era Hijo de Dios.

+ César Franco
Obispo auxiliar de Madrid