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Quien dijera que ancha es Castilla se quedó corto. Castilla ha sido siempre dilatada, por no decir desmesurada. Como un mar interior dentro de la geografía peninsular. Con anchísimo margen de diversidad para las gentes y las tierras acogidas a su variable denominación administrativa. Hoy, Castilla, uncida a León, abarca desde Ágreda hasta los Arribes del Duero o Villafranca del Bierzo, y desde Espinosa de los Monteros hasta Arenas de San Pedro. Y eso sin contar la otra Castilla, la que hoy atiende por Castilla-La Mancha. ¿Es posible pretender la uniformidad de sus tradiciones sin caer en la simplificación de los prejuicios o de los tópicos? ¿Se puede generalizar sobre la identidad de la Semana Santa castellana?Habrá que hablar al menos de acentos y peculiaridades para esa semana grande de la religiosidad que es la Semana Santa, cuando la fe y el sentimiento desfilan por las calles en ritos y tradiciones de vieja y acendrada solera. Las procesiones de Valladolid son el esplendor dramático de las imágenes. Las de Zamora, el silencio severo y ascético. En Burgos, en Palencia o en León brilla la esencial unción de una fe secular. Soria, Ávila y Segovia hacen desfiles y procesiones con vibración poética y mística. Salamanca reparte señorío en sus celebraciones. ¡Castilla es decididamente ancha! Y en materia de Semana Santa, más bien escueta e intimista dentro de un barroquismo inevitable. Allá, por los lejanos años cuarenta tuve esa percepción, casi infantil. Desfilaba la procesión del Santo Entierro por el centro de Burgos. En una calle larga y estrecha rasgó de pronto el silencio un dolorido y agudo cantar. Lo ahogó de inmediato la petición popular de silencio. Luego se supo que el cantor era un preso recién liberado y que lo que cantaba era una saeta. Allí, se prefirió el silencio. Después he tenido tiempo y ocasión de escuchar saetas en las procesiones de Sevilla o de Ronda. Siempre con la emoción a flor de piel. En unas latitudes se vocea el sentimiento. En otras se aquilata la interioridad. No sólo en Castilla, también en Andalucía hay anchura y largueza abundantes. |
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Y puede que en ambas latitudes y sensibilidades o en todas la Semana Santa presente hoy idénticos problemas. ¿Tiene vigor actual o es ya una reliquia del pasado? ¿Navega a velas desplegadas o hace agua por alguna de sus junturas? Una meditación concisa que sobrevuele pasado, presente y futuro la Semana Santa podría no estar fuera de lugar.
UN PASADO HARTO GLORIOSO Hubo un tiempo, de siglos quizá y hasta nuestros días, en que, llegado el momento, la Semana Santa lo llenaba todo. ¿Podía ser de otra manera? ¿Era todo oro fino, o entraba también la ganga de la rutina, de la mera emulación o de la persistente presión social? En cualquier caso, la Semana Santa gozaba de amplísimia coralidad humana. Era la apoteosis de la religiosidad popular y de los sentimientos manifestados en la calle. Con el amplificador o la sordina recomendados por las diferentes latitudes. Era la gloria de las sagradas imágenes paseando entre el pueblo. Y la del pueblo, convertido en protagonista, ataviado a la usanza de las imágenes, en representaciones tradicionales de la Pasión. Los Vía Crucis rurales, las lamentaciones romanzadas, los cantos de dolor o de expiación, los versos y los relatos de siempre. Pero el universo de la Semana Santa desbordaba ampliamente el recinto de lo sagrado, más allá de los Oficios y de los pasos. La vida entera rimaba con la severidad o la amargura de la Pasión. Recomendaba o suavemente imponía usos y costumbres. Cada día o cada procesión requerían su música y su atuendo. Para el Domingo de Ramos, traje nuevo. Para las tinieblas, la carraca o la matraca. Para la procesión de la borriquilla, el ramo de olivo, de romero o de laurel. Y para la mañanita de Resurrección, la mantilla y la peineta. La impregnación de lo sagrado venía dictando secularmente hasta una gastronomía pertinente: el potaje de garbanzos, las torrijas con bien de canela, el cordero para el Jueves y el besugo al horno, a ser posible, para el Viernes Santo. Los fogones preparaban colaciones y postres ad hoc mientras que los armarios proporcionaban vestimentas y complementos adecuados. La Semana Santa lo llenaba todo. No podría negarse, aunque cupieran reservas y reparos, que la fe se manifestaba como metida en la encarnadura social y popular, creando y sosteniendo una auténtica cultura de honda y vasta vibración religiosa. La cima, naturalmente, estaba en los Oficios litúrgicos. Allí, las Siete Palabras largamente predicadas, la lectura dramatizada y emotiva de la Pasión y Muerte, los ritos tan expresivos y diversos en colores, sones y silencios para las distintas evocaciones del Triduo Sacro. Un sugerente itinerario por la historia, la geografía y la mística de la Pasión y Muerte del Señor. Y de su Resurrección gloriosa. Eran tiempos gloriosos, de predominio relevante de lo religioso. Si bien hay que advertir que, concretamente en Castilla, lo doloroso tuvo siempre la hegemonía. Más cruz, llagas, tormentos y muerte que resurrección. Ya en la primera exposición de las Edades del Hombre (Valladolid, 1988) costó mucho dar con iconografía de la Resurrección mientras que era espléndida y abundantísima la del Varón de dolores o la del Crucificado. UN PRESENTE TODAVIA GOZOSO La salud de la Semana Santa como expresión coral de las vivencias religiosas sigue siendo buena. Si bien acusa síntomas de parciales achaques que no dejan de ser preocupantes. Es de justicia señalar que el paso del Vaticano II por el complejo mundo de la Semana Santa ha dejado huella honda y tonificante. Por una parte ha supuesto una purificación de todo lo litúrgico con inmediatas repercusiones pastorales. Cabría señalar la acentuación del valor celebrativo del culto sobre el más bien evocador de las procesiones y de otras actividades piadosas. Ha crecido también el sentido pascual de la Semana Santa. Antes, y en muchos lugares, parecía más un apéndice que esa plenitud que remata y da sentido a todo lo anterior. Al hilo de estas nuevas claves han surgido modalidades de celebración, tanto de la vigilia pascual como de la Resurrección, de nuevo cuño y de sabrosa enjundia cristiana. Por otra parte, el mundo de las Cofradías y Hermandades, de vital importancia, ha evolucionado en el posconcilio hacia mayor conciencia eclesial y hacia nuevos modelos de formación y de actividad cristianas. Hoy tienden a encajar cada vez más en la pastoral diocesana, dentro de sus peculiaridades, y en proyecciones de carácter social mantenidas durante todo el año. Pero a la vez que estas inyecciones tonificantes, la Semana Santa experimenta ahora escollos y riesgos que modifican y cuestionan su travesía secular. ¿Cabría esperar otra cosa en tiempos de tales y tamañas mudanzas tanto sociales como ideológicas y culturales? Los nuevos tiempos, definidos por la secularización de la vida, no podían dejar el universo religioso tal como estaba. Aun prescindiendo de ataques u hostilidades específicos, la libertad, el pluralismo de opciones, la crisis de valores, los nuevos estilos de vida, están repercutiendo notablemente en la vivencia tradicional de la Semana Santa. Algunas pinceladas. Crece la tendencia a considerar estas fechas, antes fuertemente centradas en lo religioso, como meros días de vacación. La Semana Santa es el otro nombre de las vacaciones de primavera. Ello resta atención y público a las manifestaciones religiosas. El auge del turismo modifica también el panorama. En muchos lugares la salida de vecinos y nativos queda compensada con la llegada, intensa muchas veces, de turistas y curiosos. Pero la calidad de esta aportación no se corresponde con su cantidad. El turista picotea, mira y fotografía o graba pero no participa. Es un mero y distante observador. Por añadidura la creciente desertización de las zonas rurales, tan pródigas en manifestaciones religiosas, cierra ahora público y escenarios mientras que en las grandes urbes, alimentadas por esta emigración, lo religioso no encuentra fácilmente donde enraizar o carece de tradición. UN FUTURO QUIZAS DOLOROSO ¿Hay que ser necesariamente pesimistas? Hay que presumir que lo ya incubado en el presente tendrá su eclosión en el futuro. A menos que los factores disolventes se neutralicen con otros tonificantes. Aun así no cabe minimizar que hoy la Semana Santa se desenvuelve sobre el escenario de la secularización y que la secularización en los países de fuerte tradición cristiana se traduce primordialmente en descristianización. ¿Cómo no alarmarse ante la subida imparable de la ignorancia religiosa? No se trata de que quede arrinconado el tenebrario o la capa parda para las procesiones. Son las esencias las que están en peligro. El sentido de las cosas sagradas y su sentimiento, que es imposible cuando la ignorancia anda de por medio. ¿Qué se sentirá en los cultos y procesiones cuando, con los símbolos, se desconocen los valores, cuando ni se saben los relatos ni se identifica a los personajes que encarnan los misterios? ¿Qué pensará cuando pasa el Nazareno de la túnica morada quien no sepa ni quién es el Nazareno? En algunos lugares apunta ya una línea de futuro. La Semana Santa, como otras fiestas religiosas, pervivirá como un valor cultural. Quedará la carcasa sin la linfa trascendente que la sostenía. La Semana Santa en versión laica. Es una experiencia que va a más. El puro folclore post-religioso. Puede que haya que replegarse y reservar la gran tradición religiosa para la minoría más concienciada, para esa pequeña grey que conserva y valora la esencia, el tuétano, de lo celebrado. Así lo creen algunos. Pero, aun en tal hipótesis, habría que preguntarse si la fe de hoy será capaz de alumbrar nuevos modos y maneras de expresión religiosa o si se limitará a vivir de lo creado en otros tiempos y por otras generaciones. Si habrá savia y vigor nuevos o vamos a seguir tirando del arcón o del desván del patrimonio religioso y artístico secularmente atesorado. Todavía una previsión. El permanente trasiego humano y la global intercomunicación van a ir amortiguando diferencias y ahormando similitudes. La Semana Santa, como tantas cosas, reducirá distancias entre lo andaluz y lo castellano o entre lo canario y lo balear. Caminamos hacia la convergencia de guisos y de especias. A la postre de este conciso rosario entre los dolores y gozos, entre el pasado y el futuro de la Semana Santa, queda en pie, dinámico, rutilante, definitivamente prometedor, el aviso del ángel a los discípulos junto al sepulcro vacío: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado.
Cinco llagas, cinco besos A las llagas de Cristo resucitado Para tus cinco llagas, cinco rosas.
En tus manos cobijado A la soledad de María Déjame, Soledad, que te acompañe, Joaquín L. Ortega |