|
|
Vaya por delante que no hay Semana Santa andaluza, hay Semana Santa de cada pueblo y de cada capital de Andalucía. Los periodistas que pateamos el planeta sabemos que cada tierra, cada grupo humano, debe ser comprendido desde dentro, con arreglo a parámetros suyos. Aquí abajo la Semana Santa puede verse, aplaudirse; o criticarla desde fuera. Error y cansancio inútil. Un día, el profesor de Religión, venido aquellos años de arriba de Despeñaperros, buen teólogo él y excelente biblista, examinó a un muchacho sevillano, ya grandote, a punto de comenzar su carrera universitaria:
¿El Padre es Dios? Sí señor, el Padre es Dios. Entonces, como Dios, es inmortal. Sí señor, es inmortal. ¿Y el Hijo es Dios? Sí, señor. El Hijo es Dios. Entonces, ¿cómo explicas que Jesús, siendo Hijo de Dios inmortal, muriese en la cruz? El joven rápido, sonriente: ¡Pá que usted vea! Todavía mis amigos alemanes me insisten: Es absurdo que no coloquéis a cada paso de la Semana Santa su motor, y ruedas de goma. Armado de paciencia intento transmitirles que si alguien osara en Sevilla colocar el motorcito, le sacamos los ojos; que los costaleros dotan a las imágenes caminantes de aire humano, dan al Señor Nazareno la cercanía de quien sufre con nosotros, y nosotros con Él; que así la Virgen nos viene deslizándose divina sobre el mar de la muchedumbre; que una corriente de ternura sube desde la imagen, bellísima, hasta el portador fatigado, sudoroso él bajo las trabajaderas; que un escalofrío nos estremece cuando a ésta es el golpe del martillo hace saltar el paso al aire con temblor de cirios, flecos y varales, porque los costaleros, alzando la imagen, nos alzan a cada uno y a todos nosotros, alzan Sevilla, alzan Andalucía que camina con su cruz a cuestas, con sus aciertos y sus errores, con su gozo y su pena; que no se trata de una carga material para arrastrarla mecánicamente: con Él y con Ella va sobre los costaleros nuestra vida y nuestra muerte, la apuesta absoluta de nuestro ser |
| Preguntan y no paran, quieren saber cuánto pagamos a cada costalero; les explico, en nuestra jerga cofrade:
Pagan "ellos" por "igualarse" de costaleros, de "fiadores", y si pudieran un día, de "pateros" Estáis locos, a la entrada del siglo XXI seguís metiendo vuestros costaleros bajo el paso; sería ideal un motor diesel. Vuestro motor daría "más fuerza" a los pasos; el costalero les da "gracia". ¿Gracia?, ¿y qué es la gracia? Inútil, ninguno de vuestros cerebrales filósofos lo sabe: Gracia es un duende que nació en Sevilla Ninguna ciudad del planeta ha cosechado a lo largo de siglos semejante letanía de laudes y denuncias, de alabanzas y desaires. La Semana Santa de Sevilla no es sólo un espectáculo, es una experiencia. Hay que entrarle, hay que ir con ella, lo cual no es fácil por una razón que yo me sé: los andaluces no tienen puesta su región en un escaparate que aguarde el asombro y el piropo de los visitantes, los andaluces son y viven, lloran y ríen a su gusto, guardando el compás de las emociones tradicionales con arreglo a un calendario secular. Les importa, pues, bastante poco lo que piensen y escriban viajeros venidos de fuera a ver qué ocurre en la Semana Santa. Sevilla y su gente viven hacia adentro, están dentro , quizá demasiado: porque su actitud hermética les aleja de los circuitos financieros europeos, hoy que la economía condiciona el bienestar. Eugenio Noel, como tantos, tiempo atrás observó nuestra Semana Santa. Miren que fue sutil escritor, aunque algo altivo: Pues no se enteró. Noel recoge una acusación mil veces repetida. Echa por delante los elogios, nada es aquí prosaico ni vulgar; nos ve abrumadoramente originales, le parece delicioso, impetuoso, el ardor popular; y mete la estocada: Mas, ¿y la fe? ¿Dónde ? Lo que hay es derroche, generosidad, orgullo y paganismo. La pregunta clave, ¿venenosa?: si las Hermandades y sus imágenes llevan en sí auténticos contenidos religiosos. Aquí abajo conocemos perfectamente las dos docenas de defectos propios de nuestra Semana Santa, suficientes para elaborar una denuncia sociológica. Y teológica. Cada forastero puede ver lo que le apetezca, probablemente le sobra razón. Sevilla no pregunta a nadie por su vida personal profunda, respeta los horizontes misteriosos de la fe. Tan lejos estoy de disimular nuestras lacras que yo mismo he apartado de la ruta del sur a algunos extranjeros que pasaban por Madrid con las alforjas llenas de topicazos andaluces. Traté de que conocieran primero la Semana Santa castellana, seria, comprensible: Otro año bajará usted a la gran parada de Sevilla. Vivía aún el cardenal Segura, objeto permanente de desconcierto en las redacciones de los diarios parisinos. Mi amigo no estaba dispuesto a desaprovechar los clichés que traía preparados: No; me voy a Sevilla, quiero la Semana Santa con castañuelas y cardenal Segura. Uno de mis amigos abandonó Sevilla el miércoles, temprano: le resultaba imposible soportarnos hasta el sábado: No os entiendo, y menos a ti como sacerdote del Concilio Vaticano II: ¿Apruebas estos modos de religiosidad? Me mosqueó, él quería pelea: No te han gustado nuestras Cofradías. Entró a matar: Estos tipos de piedad son restos medievales, con una carga supersticiosa intolerable para la sensibilidad espiritual de la época presente; y dan una cara arcaica de la fe cristiana. Comprendo lo difícil que ha de resultar para un forastero descubrir los estratos de la Semana Santa; espectáculo a ojos de quien la contempla, pero vivencia sagrada para el creyente que camina seis horas tapada la cara bajo un antifaz a solas en medio del bullicio. Yo que lo conozco puedo certificar el influjo callado de un Cristo y de una Virgen a lo largo del año en el ámbito familiar. Quienes sólo contemplan la fiesta externa del pueblo sevillano, ni adivinan ni pueden siquiera sospechar la corriente sanguínea que durante todo el año circula por el sistema arterial de las Hermandades. He aquí uno de los misterios que sólo se perciben a fuerza de habitar largamente en esta tierra. El viajero puede creer que los entusiasmos de un barrio por un cristo o por una virgen están elaborados con dosis pasajeras de exaltación colectiva. Nosotros mismos nos planteamos la pregunta, como un arpón: Si cincuenta mil, ochenta mil amigos de Cristo redentor acompañan como nazarenos al Señor que nos libera y nos salva, en Sevilla han de notarse las huellas de tantos pies ajustados a la horma del Evangelio: ¿Cuándo seremos una ciudad del todo justa, pacífica y bondadosa, cristiana de verdad? COMO UNA INUNDACION IMPARABLE Tampoco estimo un pecado europeo que apliquemos a la Semana Santa el aire festivo macareno. España entera sabe que los armaos, legionarios romanos, cuya obligación histórica sería ejercer de guardia pretoriana para su gobernador Pilatos, han decidido cambiar de bando: Escoltan con los debidos honores al Jesús de la Sentencia y a su madre Macarena. Pintureros ellos con su uniforme romano, la coraza, plumas airosas del casco, lanza, trompetería y sus tambores, siembran de salero y de zumba el amanecer de la noche dramática de Sevilla cuando se adivina la resurrección. Vaya usted a descubrir si es cierto el piropo de aquella mujer despidiendo a su marido que, vestido de armao, salía de su casa hacia San Gil: Adiós, Julio César. O si es auténtica la demanda del capitán de los armaos que, a favor de uno de sus mílites acusado de falta, resolvió el conflicto ante la policía municipal con esta frase: Apelo a Roma. Sevilla tiene colgada su mirada de la cara de madre joven, linda, peregrina, bellísima, de su virgen Macarena, Esperanza llorosa y sonriente. Sonreir y llorar son dos actos humanos específicos, expresión externa de sentimientos profundos. A lo largo de siglos, pintores y escultores han adornado con sonrisas el rostro de la mujer hermosa. La Virgen medieval sonriente apoyada en la columna de la catedral de Bamberg, y la Gioconda de Leonardo, tienen ganado el aplauso universal para dos artistas, escultor uno, pintor otro, que supieron dejar prendida en los labios de sus damas una sonrisa enigmática, indescifrable, al mismo tiempo arcana y sugerente. La carita maternal de la Macarena nos fascina porque al llanto junta una sonrisa, tal cual ocurre a todas horas en nuestra biografía personal; pues amasados estamos de alegrías y lágrimas. Nada extraño que al amanecer del Viernes Santo el río de la devoción popular sevillana se desborde hinchándose como una inundación imparable Mi amigo forastero: Pero estáis celebrando la Pasión de Cristo, he visto los Cristos de la Buena Muerte, de Pasión, del Gran Poder, del Silencio: ¿cómo es que mezcláis el misterio de la sangre con la alegría resucitada? Yo, desde aquí: ¡Pá que usted vea! José María Javierre |