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En este Año Jubilar, no siempre se quiere resaltar lo que se celebra realmente. Llamativa es, justamente en este dos mil aniversariodel nacimiento de Jesús, una exposición en la National Gallery de Londres, que intenta revisar la imagen artística de Cristo y explorar cómo ha sido representado a lo largo de la Historia. Seeing Salvation. The Image of Christ (Viendo la Salvación. La imagen de Cristo) está compuesta por cerca de 80 piezas desde cuadros y grabados a medallas o esculturas, la gran mayoría pertenecientes a esta pinacoteca. Esta exposición vuelve a señalar la incapacidad de comprender la imagen de Cristo si se parte de una idea, porque, al final, queda reducido a un mero símbolo universal y abstracto. La primera de las siete salas en las que está dividida esta exposición se titula Signo y símbolo, y aborda cómo, desde las catacumbas, los primeros cristianos no representaron tanto la persona de Cristo como signos visuales: el pez, la cruz, el buen pastor o el monograma de Cristo: las dos primeras letras de su nombre en griego. Destaca en esta sala el Agnus Dei, de Zurbarán (traído de El Prado). Bajo el nombre La doble naturaleza, la siguiente sala estudia el reto de todo artista que quiere representar la doble naturaleza de Cristo, noción teológica ésta que Murillo ilustra de forma magistral en Las Trinidades celestial y terrenal. |
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La verdadera apariencia es el nombre de la tercera sala, dedicada a la búsqueda del auténtico aspecto físico de Cristo. Se recogen representaciones del velo de la Verónica, entre las que destacan La procesión al Calvario, de Ghirlandaio, o la de Zurbarán (ver página 27 de este mismo número). Aunque las últimas investigaciones reconocen que el Sudario de Turín es de la misma época en la que vivió Jesús, y todas las conclusiones de los científicos apuntan a su autenticidad, sea así realmente, o sea un signo ante el cual hacer memoria, lo que es sorprendente es que esta exposición dedique una sala a la apariencia de Cristo, y se limite a reproducir esta pieza única a un tamaño muy reducido.
En la cuarta sala se muestran obras sobre la Pasión del Señor, y la compasión de los hombres hacia el Salvador sufriente, que ayudan a profundizar en el sacrificio de Cristo por toda la Humanidad. De aquí, me quedo con dos cosas: un detalle de una obra en marfil en la que, tras el canto del gallo y el llanto de Pedro, aparece Cristo tomando su Cruz, y sale al encuentro de Pedro para darle la mano; el otro, El Descendimiento, de Ugolino di Nerio, en el que los suyos abrazan a Cristo por última vez, esperando su Presencia todos los días hasta el fin del mundo, como se lee en grandes letras en la última sala. La siguiente sala estudia imágenes de la Pasión que ayudaban al fiel a orar y recordar el sacrificio del Salvador por cada uno. En El cuerpo salvador, título de la sexta sala, se observa cómo el artista, al representar al Resucitado, tenía que tener en cuenta su apariencia física, así como la naturaleza de su cuerpo. Un hombre de este siglo puede reconocer a Cristo a través de su humanidad; sin embargo, esta exposición realiza la trayectoria contraria del hombre moderno. Mientras al principio vemos todavía algún símbolo de la humanidad de Cristo, cada vez más este aspecto en la exposición va disminuyendo, hasta quedar el cristianismo como algo abstracto y oscuro. Su título debería haber sido más bien La Pasión, ya que paulatinamente se va centrando sólo en los aspectos del sufrimiento, la compasión, el dolor, la flagelación, etc. De la sencillez de las primeras salas llegaremos a la última en la que, no sólo ya no vemos un Cristo divino, sino que apenas es humano, no suscita atracción, quedando difuminada así la realidad cristiana, tal y como se ha presentado en la Historia, como muestran el frío y la abstracción de la séptima sala. En ésta prima el Cristo, de Dalí, que, exigencias estéticas aparte, es una opción clara de los organizadores. Un Cristo, cuya cruz no está clavada ya en tierra firme, suspendido de un abismo oscuro, sin relación con nada. La salvación en cuanto experiencia humana desaparece. Aunque una exposición hable de Cristo, el modo en el que está hecha, el uso del pasado en algunas frases o las conferencias organizadas, algunas con un tono apocalíptico y oscuro, dicen mucho del cristianismo que se quiere presentar: un sentimiento opcional más, de compasión, que algunos pueden tener, pero que para nada es trascendente. Hay que tener cuidado en no caer en lecturas ideológicas y ser fiel al hecho en su historicidad. Al final, Cristo se ve reducido a una inspiración artística más, como lo puede ser la diosa Venus, en el que se plasman unos arquetipos humanos; como si la imagen de Jesús quisiera reducirse a mera expresión de valores morales y universales. Es decir, Cristo utilizado, porque con Él se puede tratar el problema del sufrimiento del hombre moderno y, por lo tanto, se trata de una temática que no ha perdido vigencia. Es curioso cómo en esta pinacoteca hay indiscutibles obras de arte, que al contemplarlas uno capta enseguida que es el Seeing Salvation, y, sin embargo, han sido excluidas de esta exposición. Me refiero, por ejemplo, a La Cena de Emmaus, de Caravaggio; La Adoración de los Magos; o La adúltera, de Rembrandt. Menos mal que, pese a cualquier tentativa de reducción, la humanidad de Cristo siempre aparece y se impone con discreción, ternura y poder, de una forma imprevista, como ocurre al cruzar la mirada con la intensa y cálida del San José, de Murillo. Benjamín R. Manzanares |