RetrocesoA&ONº 202/2-III-2000SumarioAqui y ahoraContinuar
La personalidad de Juan Pablo II
Creo que la personalidad de Juan Pablo II reúne tres condiciones sin las cuales nada se entiende. La primera, la de ser un centroeuropeo, esto es un polaco con una fuerte formación intelectual germánica. En el mundo occidental, el retroceso evidente de la cultura latina, en su proyección filosófica, tiene mucho que ver con el predominio de la cultura germánica y anglosajona que, en el terreno de las ciencias sociales y en el de la política económica, del neoclasicismo inglés y de la Escuela Austriaca que posee un costado germanizado que ha acabado influyendo de modo decisivo en el mundo actual a través del mensaje de Eucken en la Universidad católica de Friburgo. No se entiende, sin este gran economista, al que acompañan otras figuras señeras —sin ir más lejos, la de von Stackelberg—, la política económica iniciada en 1948 por Erhard, que no sólo produjo el milagro económico alemán, sino que sustituyó en el Centro de Europa todo recuerdo del mensaje económico keynesiano —recordemos el prólogo del propio Keynes a la traducción alemana de la Teoría General de la ocupación, el interés y el dinero, fechado en diciembre de 1936—, así como del mensaje económico del nacionalsocialismo, tan vinculado al
neohistoricismo: por ejemplo, basta citar a Werner Sombart…

Sustituyó asimismo al mensaje socialdemócrata que venía del revisionismo marxista de Bernstein, y que le llegaba a Erhard de la mano de su maestro Oppenheimer, por otro que enraizaba con una serie de pensadores muy relacionados con las posturas de la Iglesia católica. El enlace Friburgo-Munich parece bastante evidente, y más de un artículo de Müller-Armarck, o de alguna realidad derivada de la economía social de mercado germana se encaja muy bien con las raíces del pensamiento de Juan Pablo II.

La culminación de todo esto se encuentra en su encíclica Centesimus annus. Por supuesto, no sólo en sus reticencias ante los planteamientos marxistas, porque éstos pueden haberse derivado de la contemplación de la penosa situación de su patria, sino ante los de la teología de la liberación. El evidente impacto en ésta, tanto del marxismo como del estructuralismo económico latinoamericano, a su vez influido con fuerza por el neohistoricismo, el marxismo y en alguna medida por el keynesianismo —basado a su vez en la ética de Moore—, crea, en lo económico, un conjunto colosal de incongruencias que, una y otra vez, rechazará Juan Pablo II. Este mensaje parece reposar sobre aquello que Karl Popper señalaba en su The poverty of historicism. Nos encontramos a menudo con que el historicismo se alía precisamente con aquellas ideas que son típicas de la ingeniería social holística o utópica, como la idea de modelos para un Nuevo Orden o la de la planificación centralizada.

En resumidas cuentas, Juan Pablo II escapó de las tentaciones heterodoxas en lo económico que tantas veces se deslizaron en documentos eclesiásticos, y encajará, de modo grandioso, la doctrina social de la Iglesia, con la ortodoxia económica más depurada. Toda una serie de cuestiones, además de la crítica al historicismo, quedan así superadas. Sin ir más lejos, las críticas de Friedman a Keynes o el recuerdo del combate entre hayekianos y keynesianos, engarzan de modo perfecto con esta encíclica de 1991. El problema que agobiaba al gran economista francés, Paul Leroy-Beaulieu, de ligar al neoclasicismo con la doctrina social de la Iglesia, se ha esfumado. Pío XII ya había liquidado corporativismos peligrosos, a pesar de las áncoras de salvación arrojadas a los mismos por el gran Schumpeter, siempre respetuoso con las posturas de la Iglesia católica. Desde Juan Pablo II se entiende perfectamente que los miembros, la mayor parte no católicos, de la famosa Mont Pelerin Society, acudiesen al convento salmantino de San Esteban a poner una corona de flores en la tumba de Domingo de Soto, porque la Escuela de Economía de Salamanca, expuesta sobre todo por discípulos, en el terreno de la teología moral, de Francisco de Vitoria, vuelve a tener un puesto importante en el pensamiento social de la Iglesia. A Juan Pablo II esa cómoda situación intelectual se debe.

Esta vinculación con el pensamiento centroeuropeo se ve palpitar en la que podríamos denominar segunda acción definitoria del Papa Juan Pablo II; el eliminar esa fuente de caos religioso, cultural, político y económico que para toda la Europa central y oriental constituía la Unión Soviética. He ahí algo vinculado con la ideología y la praxis. Era fundamental el hundimiento de tan siniestra realidad, en la que, desde Lenin a Chernenko, se jugó con los seres humanos como si de cobayas se tratase, al experimentar con ellos la creación de una nueva realidad socioeconómica de signo colectivista. Por supuesto que mucho tiene que ver con ese final la guerra de las galaxias de Reagan y, derivado de ello, el informe de Basov a Chernenko de la imposibilidad material de seguir la galopada de ciencias y tecnología de los Estados Unidos, pero mucho también el alzamiento de los pueblos y naciones sojuzgados por la Unión Soviética movidos por el talante de Juan Pablo II frente al mensaje comunista.

Claras ideas sobre economía y la destrucción de una quimera abominable se unen a la llegada de un Papa no italiano, del mundo eslavogermánico europeo, al Vaticano. Desde la caída del Muro de Berlín, en torno a esta realidad se construye la Unión Europea. Disminuye en ella el peso de Francia; el británico es secundario, y se alza el germano. Eso es lo que significa el Tratado de Maastrich. Desde ahí es desde donde se construye la nueva Europa. El combinar la ortodoxia económica del Tratado de Amsterdam y sus complementos, con el planteamiento de la necesidad de los PECO (Países de Europa Central y Oriental) en el seno de la Unión Europa, es algo que coincide con la culminación del pontificado de Juan Pablo II, un Papa polaco. Es evidente que la política económica de Blair, como la de Aznar o como la de Guterres, recogen claramente este reto. Europa se está construyendo, política, monetaria y económicamente en torno a estas ideas. Juan Pablo II las ha respaldado más de una vez y las negociaciones para la incoporación de su patria en este ámbito de la unión de Europa terminan por dar un sentido nuevo a esta realidad comunitaria

¿Y nada más que recta ideología en lo económico, capacidad fortísima para destruir el modelo comunista y perfecto encaje respecto a la poderosa marcha de Europa hacia su unidad son los rasgos de este pontificado? Creo que quedaría todo cojo si no le añadiésemos dos adiciones: el nítido misticismo de Juan Pablo II —no en balde trabajó a san Juan de la Cruz— y su no menos evidente popularidad, que consolida sus mensajes. Por eso, sin su coherente espiritualidad y sin su apertura intelectual, resulta ininteligible este final del siglo XX que ahora se vive.

Juan Velarde Fuertes