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Estaba
Estaba la Dolorosa junto al leño de la Cruz. ¡Qué alta palabra de luz! ¡Qué manera tan graciosa de enseñarnos la preciosa lección del callar doliente! Tronaba el cielo rugiente. La tierra se estremecía. Bramaba el agua María estaba, sencillamente. José María Pemán de La Pasión según Pemán (Ed. Edibesa) |
| HABLAN MARIA Y JESUS
María: ¿Ocurre algo, hijo? Jesús: Ocurre que he sentido un ala negra golpeando mi rostro, un látigo de hielo, una caliente bofetada amarga de ceniza. Era cual si, de pronto, faltara un escalón en la escalera y te quedaras colgando sin acabar de caer ni sostenerte, mientras un buitre negro te picotea el alma. ¿Estaba en la antesala de la muerte? María: Hace ya muchos años, hijo, que yo conozco ese desierto. Ser hombre es presentirlo y ser mujer sentirlo doblemente. Cuando engendras a un hijo te crees, por un momento, fabricante de vida, pero los mismos alaridos del parto te dicen que es muerte lo que engendras, que das a luz algo fugitivo y que salen del vientre trozos de vida y muerte barajados. Todas las madres saben que dan a luz aprendices de muerto. Mas yo creí que, al menos tú, serías distinto. Si nace un Dios, ¿por qué ha de ser mortal? Jesús: No se hace uno hombre a trozos: anonadarse no es bajar del caballo de Dios y seguir siendo un Dios invulnerable. Es hacerse miseria, agachar la cabeza y pasar por los yugos y las grietas en los que el hombre deja su sangre encadenada. Si me gusta ser hombre, no es que ignore que su entraña es la muerte. Lo sabía estando ya en tu seno. María: Yo no, hijo. Esperaba que el hombre entendería y que habría un atajo para salvar sin muerte. Jesús: Eso no es posible, madre. El mal es duro. Y sólo a golpes de auténtico dolor puede resquebrajarse. No basta simular un combate y decirte: Mañana resucitaré, como quien traga un vaso de ricino. No. Morir es morirse, sin trampa ni cartón, sin tramoyas teatrales o pensando: Bebámoslo, mañana vendrá el sol. Hay que entrar en el túnel a contracorazón, creyendo (pero sin saberlo) que hay luz al otro lado. María: Entonces, ¿la fe también es necesaria para ti? Jesús: También. Sé que entraré en la muerte como un hombre desnudo, que gritaré en la cruz sin saber Quién está en el otro lado, o sin saber siquiera si hay alguien. Yo no puedo ser un Dios camuflado que engatusa con simulada fe de pacotilla. María: ¿Por eso tienes miedo? Jesús: Ser hombre es solamente tener unas pocas certezas, tres o cuatro. O tal vez una sola: la de saberse amado. Saber que, aunque la muerte fuera inútil, alguien nos amará, alguien del cielo o de la tierra. María: Yo te amaré siempre, hijo. Jesús: Lo sé, y eso me bastaría para subir tranquilo hasta la cruz. Y sé que Él también me ama, pero ¡qué difícil este Padre que no sabe abrazarte si llegas hasta Él solo! José Luis Martín Descalzo |