RetrocesoA&ONº 203/9-III-2000SumarioCriteriosContinuar
La apasionada impaciente
También el vía crucis de la Magdalena es un vía crucis de silencio. Y aquí, en terreno ya más humano, el silencio de la Magdalena adquiere proporciones de martirios. Lo que en María se nos representa como dignidad necesaria de su persona excepcional, en la Magdalena se nos antoja estudiada y dolorosa contención de sus afectos. Siguió a Jesús durante toda la vía de su amargura, con su corazón de fuego embridado de serenidad y de resignación. Porque toda su historia anterior es una historia de arrebatos, de arranques, de vasos quebrados, de despilfarros de ungüentos. Sólo durante la Pasión calla y modera su ímpetu. ¡Cómo debió dolerle el silencio a ella, que era toda, en su interior, griterío apasionado! Y ésta, la apasionada impaciente, es la que por amor se hizo serenidad y paciencia, tras el Justo, por las calles de Jerusalén. Nadie ha calado mejor toda la hondura de dolor de este vía crucis callado y paciente de la arrepentida, que nuestra santa Teresa de Jesús, que cree que si María Magdalena no recibió el martirio fue porque el recuerdo de aquella jornada de la Pasión fue para ella martirio mayor y más cotidiana muerte. Esto dice en la Séptima morada el amor interpretando al amor.

La Pasión es una pausa de silencio en el arrebatado amor de la Magdalena. Se hace como espectadora de su propio dolor, pasmada de su magnitud. Luego, en seguida, renace su magnífica impaciencia. Compra de nuevo aromas y perfumes; espera todavía el día del sábado —último acatamiento a la ley que se supera—, y al día siguiente, cuando todavía es de noche, sale para el sepulcro. Al amanecer del primer día de la semana, vino María Magdalena con la otra María a visitar el sepulcro. Ya va otra vez delante, como un vendaval de impaciencia, la arrepentida. Es ella la primera que llega al sepulcro y la que habla con el ángel. Y ella la que, para ir a dar la nueva de la Resurrección a los discípulos, echó a correr hacia Jerusalén.

Es a la impaciente a quien Jesús reserva la dicha de su primera aparición gloriosa.

José María Pemán
de La Pasión según Pemán (Ed.Edibesa)