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La película Magnolia, de Paul Thomas Anderson, ha sido injustamente olvidada por los Oscars de Hollywood. En el fondo, trata las mismas cuestiones que American Beauty, pero lo hace desde una perspectiva global más verdadera, más rica e innovadora. Merecía sin duda los mejores Oscars que se ha llevado la segunda.
Craso error el de los Oscars de este año. Han ignorado Una historia verdadera y han premiado la tramposa Las normas de la casa de la sidra. Pero lo más curioso es que, si a los académicos les ha interesado el asunto de American beauty, no hayan centrado su atención en Magnolia, cuyo tratamiento supera a la anterior. Se trata de una película de corte casi bíblico, que muestra un caleidoscopio de historias humanas unidas por el sentimiento de culpa y la necesidad del perdón. Todos los personajes que desfilan por el film (los unos son magnates, los otros drogadictos, algunos infelices, otros ambiciosos...) buscan un amor que les redima de su injusto pasado y de su dramático presente. Magnolia nos plantea dos alternativas frente al antedicho problema de la culpa moral. La ley veterotestamentaria del castigo (Ley del Talión) y la solución cristiana del perdón y del abrazo incondicional. La primera salida que intentan casi todos los personajes conduce a una vía muerta de rencor y autodestrucción, y culmina en el film con una impresionante tormenta de ranas que alude claramente a las plagas de Egipto. La segunda opción, que inaugura un canto coral sobre el amor que entonan todos los protagonistas, es la que les permite reencontrar la esperanza y recuperar el verdadero amor propio. |
| El film es un vertiginoso y delicioso rompecabezas que mezcla realismo e imaginación al servicio de una épica de la existencia humana. El guión me tiró de espaldas a causa de su honestidad sobre la condición humana, afirma el actor protagonista Jason Robards, en torno al cual moribundo que se arrepiente de los grandes desamores de su vida giran todas las historias. Magnolia destila a la vez pasión y ternura por lo humano. Todos los personajes muestran tanta debilidad que es imposible no perdonarles sus excesos: el espectador mismo se ve obligado a entrar en esa dinámica de compasión.
La galería de actores es extraordinaria. Destacamos a la inconmesurable Julianne Moore, que encarna a una mujer egoista que descubre el amor cuando ya es demasiado tarde; a un solvente Tom Cruise, cuyo personaje es toda una gran mascarada para ocultar el dolor pretérito de un abandono paterno; a un Philip Baker sobrio, que representa a un hombre devorado por el cáncer y que confiesa a su mujer sus graves pecados del pasado, pecados que su mujer no va a saber perdonar; a John C. Reilly, que acepta a su novia incondicionalmente, a pesar de estar destruida por la droga; en fin, y siete personajes más, cuya conciencia de su propia fragilidad conmueve irremediablamente al espectador que comparta esa necesidad de un amor que lo salve todo. En definitiva, si American beauty era interesante, pero dura y difícil de captar para muchos, Magnolia es como un bálsamo de ternura cuya última palabra es misericordiosa. ¡Qué Oscar puede valer más que ése! Juan Orellana |
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Santo Tomás Moro Soy un joven católico practicante aficionado al cine, me ha sorprendido mucho vuestra propuesta de encontrar un Patrono para el cine, y ayer pensando sobre el tema se me ha ocurrido lo siguiente. Propongo como Patrono del cine a santo Tomás Moro por las siguientes razones: 1. Por ser un santo que ha sido llevado al cine varias veces, en películas como Un hombre para la eternidad, del director Fred Zinnemann, en el año 1966, o El poder del Triunfo, dirigida en el año 1976 por Charlton Heston. 2. Porque, muchas veces, el cine se basa en hacer dinero o en lograr fama o poder en este mundo; y santo Tomás Moro prefirió la fama y la gloria de la Verdad (Dios), a todo poder terreno. 3. Santo Tomás Moro dio su vida por la Verdad como fiel hijo de la Iglesia, y creo que el cine es un medio privilegiado para mostrar la Verdad por la que Tomás Moro sufrió martirio. Juan Manuel Hernández |