RetrocesoA&ONº 203/9-III-2000SumarioDesde la feContinuar
Punto de vista
Verdaderamente ha resucitado
Moscú, año 1978. Un profesor universitario niega en clase, con toda rotundidad, la existencia de Dios. Un alumno se levanta y dice, con no menor rotundidad: Sin embargo, Cristo ha resucitado, proclamación a la que un grupo de compañeros, alzándose igualmente, añade las palabras de la liturgia de Pascua: Verdaderamente ha resucitado. Estaba aún lejana la caída del Muro de Berlín, eran años en Rusia y en todo el Este europeo de un implacable ateísmo militante, que perseguía con dureza cualquier manifestación de fe. Aquellos jóvenes —provocadores también, como el recién elegido Papa polaco, de ese movimiento tan decisivo en la caída del Muro— no tenían miedo, ciertos de su fe cristiana como los primeros testigos del sepulcro vacío y de las apariciones del Resucitado, y ciertos igualmente de la racionalidad de su certeza.

Muchos suponen que la fe no tiene razones, que eso de creer lo que enseña la Iglesia ¡entrando ya en el siglo XXI! no tiene nada de científico. Como si el hombre de hoy no fuera mucho más propenso a creer mil cosas fantásticas que unos campesinos con los pies en la tierra, familiarizados con la muerte, o que aquellos universitarios de Moscú. ¿Acaso era más científica la actitud de su profesor? Frente a la afirmación ideológica del ateísmo, un grupo de sus alumnos se atienen sencillamente a los hechos, a ese Hecho decisivo de la Resurrección que sella la verdad de la pretensión divina de Cristo y da razón de su presencia en la Iglesia todos los días hasta el fin del mundo, también aquel día en la Universidad moscovita. La blasfemia de proclamarse Dios, que llevó a Jesús a ser ajusticiado en la cruz, no había sido tal.

Podrá aducirse que ninguno de los evangelios describe el hecho mismo de la resurrección. Así es. Se narra únicamente el hallazgo del sepulcro vacío la mañana de Pascua y las apariciones del Resucitado. El acontecimiento como tal cae dentro del misterio de Dios. Mas eso no significa que la ciencia histórica nada tenga que decir. Está el hecho de que unos personajes de la Historia que conocemos también por documentos históricos, los apóstoles, dieron testimonio de que Jesús se les había aparecido después de su muerte, y que unas mujeres encontraron su sepulcro vacío al tercer día. El análisis de estos testimonios, que no inventos —¿cómo podría inventarse como prueba de la resurrección un hecho que de suyo no era prueba suficiente, pues el sepulcro podía estar vacío por otro motivo; y como testigos unas mujeres que, según la ley judía, no tenían capacidad de testificar?—, lleva al historiador a concluir que, sin el hecho de la resurrección, serían muchas las cosas que quedarían sin explicar: la existencia misma de la Iglesia, la celebración del día del Señor, el Domingo..., o la aparición del Resucitado a san Pablo, que no sólo no podía esperar la resurrección ni desearla, sino que incluso perseguía a muerte a los que daban testimonio de ella.

La crítica histórica no podrá desvelar el misterio, pero sí mostrar que la fe de aquellos universitarios del Moscú de 1978 era, como lo es la nuestra, plenamente razonable.

Alfonso Simón

Los apóstoles jubilados

Verdaderamente los cristianos de hoy parecemos apóstoles jubilados. Nos hemos olvidado de nuestra misión y parecemos de tercera categoría. Nos avergonzamos de actuar cristianamente y de dar testimonio de nuestra fe. Los cristianos nos conformamos con ser tibios en nuestro hacer; ni siquiera damos el primer paso. No trabajamos ni a media jornada en nuestra fe.

Me viene a la memoria Pablo de Tarso, primer teólogo de la cristiandad. Si se hubiera jubilado no hubiera existido el cristianismo. Pero no, aquellos apóstoles de los primeros tiempos no conocían la jubilación, luchaban, se esforzaban por dar testimonio, y no se avergonzaban de lo que eran.

A tiempo y a destiempo, como decía Pablo, hay que dar testimonio.

Los cristianos contemporáneos quizá tengamos que experimentar como le ocurrió a Pablo de Tarso camino de Damasco, y no hablar tanto de religión, pues corremos el riesgo de convertirnos en meros charlatanes de ella. Esto ocurre porque pensamos más como religiosos que como cristianos. Los que experimentan el gran gozo de ser cristianos notan que son diferentes. Actúan en la vida, pero no son ellos. De alguna manera son empujados por una fuerza que ni siquiera ellos saben. De esta forma, su esfuerzo nunca es en vano. Quizá lo mejor sería hablar con Dios, no hablar de Dios.

J. Sesma Díez