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No hace aún tantos años que los húngaros recorrían nuestros pueblos acompañados de un oso y un pandero. Cuando alguien soltaba unas monedas, el húngaro obligaba al oso a bailar. Quisiera o no. Y le marcaba el son con el pandero. ¿Una historia que ya no se lleva?
Salvadas categorías y distancias, hay quienes siguen empeñados en que la Iglesia pida perdón por sus culpas en la guerra civil española. Nadie más que la Iglesia. ¿Acaso fue la única implicada en la contienda? Ellos suenan el pandero y que baile el oso. Es de notar que la Iglesia viene reiterando sus perdones al respecto. Resulta extraño que no lo sepan los que tocan el pandero. Y tanto o más que los forzados a bailar al son que les tocan no insistan más en que ya lo han hecho varias veces. Joaquín L. Ortega |