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En la carrera en toda regla de Pedro y Juan hacia el sepulcro hay algo más que una competición por ver quién de los dos llega primero. Es sabido que Pedro y Juan representan dos pilares de la Iglesia: el ministerio y el amor. Pedro es la autoridad en la Iglesia; Juan, la verdad del amor. No se contraponen; ambos corren juntos. Cada uno tiene, no obstante, su función. Y los dos se convierten en los testigos necesarios para acreditar el hecho, pues, según la ley judía, sin la declaración de dos testigos no se daba fe a lo ocurrido. Pedro y Juan corren hacia el sepulcro, en el primer día de la semana primero también de la nuevacreación para verificar el acontecimiento que fundamenta la fe cristiana, la Resurrección. La detallada descripción que nos brinda Juan, carga el relato de emoción y de verdad histórica. Juan llega el primero y se asoma al sepulcro. Cede el paso a Pedro, reconociendo así el privilegio de quien confesó la fe en Cristo en Cesarea de Filipo. Pedro es el que garantiza la fe, el ministerio que confirma a sus hermanos. Entra en el sepulcro y ve que no hay desorden ni caos. Lo que allí ha ocurrido no es producto de un robo; revela el misterio. Después entra Juan, el amor presuroso. Vio y creyó. El amor sólo necesita indicios para creer. Y lo que ve Juan es suficiente. Vio y creyó. Ambos, Pedro y Juan, no habían comprendido que Cristo, según las Escrituras, debía resucitar de entre los muertos. Ahora se convierten así los dos en testigos cualificados del hallazgo del sepulcro vacío que es la prueba en negativo de la Resurrección. La fe de la Iglesia nos llega, a través de los siglos, en esta carrera de los dos testigos. Ellos corren para ver y creer. María Magdalena habla de robo del cuerpo de Jesús. Pedro y Juan creyeron en la Escritura. Son los primeros testigos de la fe pascual. El sepulcro vacío no lo es todo. Vendrán las apariciones, los encuentros con el Señor resucitado en el Cenáculo, en el lago, en Jerusalén y en Galilea. Jesús confirmará que vive, sentándose de nuevo a la mesa y partiendo el pan. Se dejará tocar por Tomás y comerá delante de los suyos para llevarles a la fe. Pero si, en el domingo de Pascua, la Iglesia proclama este evangelio tan sobrio donde sólo se sugiere el misterio, es para que entremos también nosotros en el sepulcro, con Pedro y Juan, y descubramos, llenos de su mismo asombro, que no se puede buscar entre los muertos al que vive. Lo atestiguan Pedro y Juan: el ministerio y el amor. + César Franco |