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Curando a los enfermos y moribundos desamparados, acogiendo y reuniendo a los niños de la calle, visitando a los mendigos, teniendo atenciones con ellos y con sus familias, dándoles casa, refugio y hospitalidad a los que no tienen techo, amando a los que están abandonados, solos, amando a Jesús en la Eucaristía, demostramos nuestro amor hacia Él, a quien hallamos bajo la forma del pan y de los pobres entre los más pobres. Cristo se trocó en pan de vida, para satisfacer nuestra hambre de Dios, de amor de Dios. Y, luego, para satisfacer su propia hambre de nuestro amor, se hizo pordiosero, desnudo y sin hogar y dijo: Lo que hicisteis al más pequeño de mis hermanos, a Mí me lo hicisteis. Todo lo que hacemos lo hacemos por Él. Somos, por encima de todo, religiosas. Es a Jesús a quien cuidamos, visitamos, vestimos, alimentamos y confortamos cuando atendemos a los pobres. Nuestra vida no tiene otra razón de ser que Él. Y Él nos da la fuerza necesaria para hacerlo. Sin Cristo, sin la Eucaristía, no podríamos hacer lo que hacemos, y menos, a lo largo de toda una vida. Sin Jesús, nuestra vida sería incomprensible. No tendría sentido. Sólo Él puede explicarla. La Misa es el alimento espiritual que me sustenta. Sin ella no lograría mantenerme en pie un día, ni siquiera una hora de mi vida. En la Misa, Jesús se nos presenta bajo las apariencias de pan; en los suburbios vemos a Cristo y lo tocamos en los cuerpos desgarrados, en los niños abandonados.
Señor, enséñame a no hablar como un bronce que retumba o una campanilla aguda, sino con amor. Enséñame aquel amor que es siempre paciente y siempre gentil: nunca celoso, presumido, egoísta y quisquilloso. El amor que encuentra alegría en la verdad, siempre dispuesto a perdonar, a creer, a esperar, a soportar. En fin, cuando todas las cosas finitas se disuelvan y todo sea claro, haz que yo haya sido el débil pero constante reflejo de tu amor perfecto. Madre Teresa de Calcuta |