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Cuando Belén ya tiene un portal en Internet y el servidor puede buscar en la Red la Vía Dolorosa para seguir el camino hacia el Calvario; cuando las catorce escenas del Vía Crucis, procedentes sabe Dios de qué iglesia expoliada, se convierten en objeto de decoración y culto en Alquimia, discoteca y bar de copas más chic de Madrid, algunos penitentes preferirán recorrer a pie las estaciones de la Pasión por los senderos de siempre.Viejos y hermosos viacrucis en parajes tan envolventes como el que asciende el monte de Santa Tecla en La Guardia, en Pontevedra. O el del Valle de los Caídos, bajo la Cruz de la reconciliación; o en Bilbao, el que discurre por las calzadas de Mallona hasta el santuario de Begoña O tantos otros identificados con el paisaje o con la tradición en miles de lugares. Procesiones, cuando no representaciones, que salen a la calle y muestran la varia y rica gama del arte y del sentimiento españoles; imagenería y orfebrería, bordados y tapices, músicas solemnes o estallidos populares en forma de saetas. Ésta es la Semana Santa que sobrecoge a los turistas, pero hay otra más íntima, fruto del llanto sin lágrimas, de dolores sin quejidos, de tristeza sin lamentos, de pesares sin suspiros Es la lírica de la Pasión, la poesía de la Cruz, la elegía por autonomasia, la endecha resumen de toda aflicción. Canto visceral como el de Gabriel y Galán o el de Joan Manuel Serrat, o poesía medular o humoral escrita con la sangre, la bilis y la atrábilis. ¿O con los flujos del alma? |
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Humoral en absoluto y quintaesencial, de acuerdo con las leyes de al alquimia (la medieval, no la que rotula el bar de copas de moda en Madrid antes mentado), son las poéticas invocaciones de san Ignacio de Loyola conocidas por Alma de Cristo:
Alma de Cristo, santifícame. Cuerpo de Cristo, sálvame. Sangre de Cristo, embriágame. Agua del costado de Cristo, lávame. Pasión de Cristo, confórtame Componen una letanía que supera en misticismo, por su esencialidad, incluso a la espléndida simbología imaginada por santa Teresa o san Juan de la Cruz. La oración ignaciana es casi científica por hipocrática y, a la vez, teológica, cuando formula la entrega más sublime: Dentro de tus llagas, escóndeme. La compasión por el Crucificado provocó siempre en los poetas españoles más dolor desgarrado que emoción y ternura a los italianos la Piedad, la escena de la Madre con el cadáver del Hijo en sus brazos, tal y como la imaginó Miguel Ángel en La Piedad por excelencia. Por cierto, no dejen de ver en la Capilla del Obispo, en la madrileña plaza de la Paja, las foto/radiografías de esta inmortal obra de arte. AMOR A BORBOTONES En la tierra de María Santísima, el pueblo más mariano de la Cristiandad, paladín de la Concepción Inmaculada, dedica a Nuestra Señora los más dulces requiebros. Pero es al Dios hecho hombre, cuando se envilece hasta convertirse en guiñapo y despojo, pasto de las aves carroñeras si los suyos no le descienden pronto de la Cruz, es a este Dios al que España reserva su lamento más enamorado. Poco importa lo escribiera fray Miguel de Guevara o Antonio de Rojas, que aún se discute. Lo cierto es que esta excelsa declaración de amor lleva cuatro siglos conmoviendo a todos los bien nacidos que la han escuchado alguna vez: No me mueve mi Dios, para quererte, el cielo que me tiene prometido; ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofrenderte. Tú me mueves, Señor; muéveme el verte clavado en esa Cruz y escarnecido; muéveme el ver tu cuerpo tan herido, muévenme tus afrentas y tu muerte. Muéveme, al fin, Tu amor, y en tal manera, que aunque no hubiera cielo yo te amara y aunque no hubiera infierno te temiera. No me tienes que dar porque Te quiera; pues, aunque lo que espero no esperara; lo mismo que Te quiero Te quisiera. Esta composición apasionada, que tiene vibraciones de amor provenzal y resonancias de misticismo judaico, esta querencia no se interrumpirá ya más, jamás, en España. Y nuestros poetas siguen desviviéndose, viviendo sin vivir. Y, quizás, embriagándose, pero bebiendo sin beber. En Como la hiedra, de Leopoldo Panero, hay tal hondura de fervoroso amor que estremece: Por el dolor creyente que brota del pecado. Por haberte querido de todo corazón. Por haberte, Dios mío, tantas veces negado; tantas veces pedido, de rodillas, perdón. Por haberte perdido, por haberte encontrado. Porque es como un desierto nevado mi oración. ¡Porque es como la hiedra sobre el árbol cortado el recuerdo que brota cargado de ilusión! Porque es como la hiedra, déjame que te abrace, primero amargamente; lleno de flor después, y que a mi viejo tronco poco a poco me enlace, y que mi vieja sombra se derrame a tus pies; porque es como la rama donde la savia nace, ¡mi corazón, Dios mío, sueña que Tú lo ves! El amor a Dios, a un Dios no triunfante sino escarnecido, afrentado y muerto, el del Viernes Santo, no el de la Resurrección, ha despertado los más delicados sentimientos de nuestros poetas. Así, José María Pemán, juglar de la alegría de vivir, cantor de la buena vida, se extasió ante el Cristo de la Buena Muerte: ¡Cristo de la Buena Muerte el de la paz amorosa, tronchada como una rosa, sobre el blanco cuerpo inerte que en el madero reposa! ¿Quién pudo de esa manera darte esta noble y severa majestad llena de clama? ¡No fue una mano, fue un alma la que talló tu madera! Fue, Señor, que el que tallaba tu figura con tal celo y con tal ansia te amaba que, a fuerza de amor, llevaba dentro del alma el modelo. Fue que al tallarte sentía un ansia tan verdadera que en arrobos le sumía y cuajaba en la madera lo que en arrobos venía: Fue en ese rostro, Señor, y esa ternura al tallarte, y esa expresión de dolor, más que milagros del arte fueron milagros de amor. Fue, en fín, que ya no pudieron sus manos llegar a tanto y desmayadas cayeron ¡Y los ángeles te hicieron con sus manos mientras tanto! Las preguntas que plantea el poeta gaditano y la ingenuidad que destilan sus versos son una constante en la poesía que ha inspirado la contemplación del Crucificado. Al pie de la Cruz no caben sino esas preguntas dictadas por el pasmo y el desconcierto que hacen los niños ante lo incomprensible. Sólo la Madre y san Juan, siempre presentes en los calvarios de nuestros retablos, se nos muestran serenos, sabedores del Misterio, como coautora y testigo excepcional de la Redención. El resto de espectadores enmudecemos o desvariamos haciéndonos preguntas como ésta con la que empiezan estos versos anónimos, pero que bien pudo escribir Lope de Vega: ¿Qué tengo yo que mi amistad procuras? ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío, que a mi puerta, cubierta de rocío, pasas las noches del invierno oscuras? ¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras, pues no te abrí!; ¡qué extraño desvarío, si de mi ingratitud el hielo frío secó las llagas de tus plantas puras! ¡Cuántas veces el ángel me decía: "Alma, asómate ahora a la ventana, verás con cuánto amor llamar porfía"! Y cuántas, hermosura soberana, "Mañana le abriremos", respondía, para lo mismo responder mañana. Ahora es Unamuno el que, con los endecasílabos blancos de El Cristo de Velázquez, se atreve a hacer esa pregunta definitiva que reservan los enamorados para romper los silencios más profundos: ¿En qué piensas Tú, muerto, Cristo mío? ¿Por qué ese velo de cerrada noche de tu abundosa cabellera negra de Nazareno cae sobre tu frente? Miras dentro de Ti, donde está el reino de Dios; dentro de Ti, donde alborea el sol eterno de las almas vivas La cabellera del Cristo que vela la mitad del rostro del Cristo que pintó Velázquez también preocupa a Eugenio DOrs, que hace una descripción memorable del Protagonista del lienzo que, al tiempo, produce más sosiego y más inquietud de todos los que guarda el Museo del Prado y, quizás, de toda la pintura universal: El Cristo en la Cruz significa una dignidad suprema. Precisamente por lo sobrio, por lo humano, por la admirable ausencia doble de la belleza y de la fealdad física. Es noble: he aquí todo. No tiene cara, que los cabellos ocultan. No tiene sangre con que abrevar románticamente la compasión. No tiene compañía humana para hacer visajes en que se retraten las pasiones. Ni paisaje ni cielo, ni aparatosos meteoros y prodigios. Era un justo; ha muerto. Y, ¡suprema dignidad!, está solo. La Sciencia Crucis, esa ciencia que, según ha explicado José Francisco Serrano en Alfa y Omega hace poco, llegó a dominar Edith Stein, sólo se llega a poseer cuando se experimenta la Cruz hasta el final. Para Edith, la judía/cristiana mártir en Auschwitz, Cristo en la Cruz no está muerto. Ya ha resucitado. Y, como ella escribió, los ojos del crucificado te están observando, interrogándote y poniéndote a prueba. Como Unamuno, también Rafael Sánchez Mazas fue puesto a prueba por la mirada del Cristo de Velázquez. Rafael dedicó a don Miguel el soneto cuya última estrofa habría de ser el epitafio del autor de La vida nueva de Pedrito de Andía: Y así, con la mirada en Vos prendida, y así, con la palabra prisionera, como la carne a vuestra Cruz asida, quédeseme, Señor, el alma entera, y así, clavado en vuestra Cruz, mi vida, Señor, así, cuando queráis me muera. Es la entrega del alma. Como en la Cruz: En tus manos encomiendo mi espíritu. Y tras el pavor de la soledad: Padre, ¿por qué me has abandonado, la pregunta más crucial, siempre la cruz, que se hace Dios hecho Hombre . Es el grito que retumbó en el Golgota y que sigue resonando en el alma de todos los poetas. Blas de Otero, por ejemplo, clama engustiado: ¡Oh, Dios! Si he de morir, quiero tenerte despierto! Frente a la preocupación de muchos seres humanos por el silencio de Dios, Blas de Otero, que es un poeta, parece recordarnos que lo realmente grave sería que Dios no nos oyera. Nunca ocurrirá tal cosa. La Cruz en lo alto del Gólgota será, para recibir o emitir todos los mensajes, la mejor antena. Alfredo Amestoy |