RetrocesoA&ONº 203/9-III-2000SumarioEn portadaContinuar
La Última Cena
Había celebrado con sus discípulos otras cenas y otras Pascuas, pero aquella fue la última. Él lo presentía.

Estando en Betania, Jesús mandó a dos de los discípulos que se adelantaran para prepararla. Le acompañaron algunas de las mujeres del grupo. Había que hacer muchas cosas: aderezar la sala, comprar los panes ácimos, las verduras, el vino, el aceite para las lámparas y el cordero. Luego, sacrificar éste en el templo, después de la oración del mediodía, y asarlo. Realmente no tenían mucho tiempo. Todo tenía que estar a punto antes de que apareciesen en el cielo las primeras estrellas.

Salieron, pues, temprano cuando la luz de la amanecida asomaba, entre la neblina del desierto, por los montes de Moab. Tras subir el repecho de Betfagé, al contemplar Jerusalén sintieron la alegría de todos los peregrinos y les pareció escuchar sus cantos, cantos de eterna esperanza, que venían desde la ciudad, que subían desde el fondo en sombras del valle del Cedrón.

En este momento el sol acariciaba ya los mármoles del templo y los palacios de la ciudad Alta, e iba penetrando lentamente en las estrechas callejas de la ciudad Baja. Había despertado la ciudad que se llenaba de puestos, de ruidos, de voces. Aquella tarde comenzaba la Pascua.

Mientras las mujeres preparaban la sala, los dos discípulos recorrieron los numerosos puestos de las calles para comprar lo que necesitaban. Tal vez se detuvieron ante algunos, por las cosas curiosas que vendían o por el reclamo de los vendedores. Su última parada fue en el mercado de los animales. Quedaron sorprendidos por los precios, muy superiores a los de Galilea, pero lo comprendieron: la fiesta, los peregrinos venidos de lugares lejanos, los prosélitos griegos o romanos… Seguro que ellos regatearon el precio del cordero que deseaban comprar. Los ricos, en cambio, no regateaban y compraban además otros corderos para ofrecerlos.

Era ya mediodía pasado y se dirigieron al templo, donde empezaría el primer turno de los sacrificios. El rito se alargaba entre el balido de los corderos, las voces de quienes los llevaban y las estrofas del Hallel que cantaban los levitas. Eran los sonidos de la fiesta. Terminada la ceremonia, los discípulos envolvieron su cordero en la piel y cruzaron la ciudad hasta la sala donde esperaban las mujeres y donde celebrarían la cena.

Cuando la primera estrella apareció en el cielo terso de la tarde, todo estaba preparado: la sala y los divanes, la mesa, las lámparas, los panes ácimos, las verduras, las jarras de vino, el lebrillo con agua para las abluciones y el cordero recién asado. Unos momentos antes habían llegado desde Betania Jesús y algunos de los discípulos que le acompañaron en su subida a Jerusalén. Los demás se habían dirigido al lugar donde solían acampar los galileos.

Había alegría en todos los rostros y una luz especial en sus ojos. Les parecía que en aquel atardecer ellos, como sus antepasados, emprendían también una marcha azarosa hacia la libertad. Sólo por los ojos de Jesús cruzaban de vez en cuando nubes de presentimientos. Comenzó la cena con la bendición sobre la luz que, sin duda, haría María, su madre. La luz temblorosa de las lámparas iluminaba la sala, los rostros y el corazón. Una vez más, se contó la historia maravillosa de que Dios los había librado con mano poderosa de la esclavitud y conducido, a través del duro desierto, a una tierra que mana leche y miel. La contó Jesús.

Al terminar el relato, todos cantaron los salmos del Hallel: Aleluyah! Alabad servidores del Señor, alabad el nombre del Señor… Desde el levante del sol hasta el ocaso sea alabado el nombre del Señor…

Hubo un momento de sobresalto cuando Jesús, en lugar de las palabras rituales mostrando la mazá: Éste es el pan de la pobreza que nuestros padres comieron en Egipto, pronunció otras: Tomad y comed, esto es mi cuerpo. Tal vez todos se miraron extrañados ante estas palabras desconocidas, y tal vez alguno recordaría la promesa que hizo en Cafarnaum.

Lo mismo ocurrió al tomar Jesús el lebrillo de las abluciones y comenzar a lavar los pies de los discípulos. Después les dijo: El más importante de vosotros sea como el más pequeño… Si yo, el Señor y Maestro, os he levado los pies, lo mismo debéis hacer vosotros unos con otros. Con este gesto quería alejar de sus mentes y de su corazón las ideas de grandeza, de ser personajes importantes, que a veces les rondaban y se habían hecho presentes también en aquella noche.

Otro tercer momento de extrañeza se produjo al pasar Jesús, después de la cena festiva, la copa de la bendición: Bebed todos; ésta es mi sangre, la sangre de la alianza que será derramada por muchos. Pero lo más extraño, si cabe, es que Jesús dijo a todos los que con él celebraban la Pascua en aquella sala: Haced esto en memoria mía.

Cantada la segunda parte del Hallel en la acción de gracias, la celebración ritual de la Pascua había terminado. Escribe Marcos que, cantados los himnos, salieron hacia el monte de los Olivos. Pero no salieron inmediatamente. Era costumbre prolongar la celebración con la velada en que solían comentarse los hechos pasados o aspectos de la celebración, o los acontecimientos de aquellos
días. A esta velada pertenecen las maravillosas palabras que se encuentran en el cuarto evangelio y destilan la tristeza de una despedida, la despedida de unos amigos a los que se ama.

Es posible que no todas fueran pronunciadas en la sala donde estuvieron reunidos y donde, ajenas a cuanto iba a ocurrir, quedaron las mujeres recogiendo y ordenando todo. Quizá algunas las pronunció Jesús mientras se dirigían a Getsemaní. El leve movimiento de las hojas de una parra rozadas por el suave viento de la noche le sugirió la alegoría de la vid: Yo soy la vid, vosotros los sarmientos.

También por el camino les fue diciendo: Igual que yo os he amado, amaos también entre vosotros... Os he llamado amigos… Era como el eco de las palabras con las que comenzó la despedida: Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros… En esto conocerán que sois discípulos míos…

Antes de cruzar el torrente Cedrón se paró y levantó sus ojos al cielo de la noche: Padre, ha llegado la hora… Yo te ruego por ellos…, son tuyos…, guárdalos…

Cuando cruzaron el torrente era ya la media noche. La luna envolvía con su pálida luz la ciudad y las laderas del monte donde crecían los retorcidos olivos.

Todo era silencio: la ciudad, el valle, la noche. Sólo lo rompía de vez en cuando la voz de un centinela y, en aquel momento, el rumor de un grupo que bajaba hacia el torrente.

Vicente Serrano