RetrocesoA&ONº 203/9-III-2000SumarioMundoContinuar
Contando con todas las fragilidades humanas
Cristo actúa a través de sus
sacerdotes
Ofrecemos los párrafos esenciales de la Carta que, firmada en el mismo Cenáculo, Juan Pablo II
escribe este año a los sacerdotes con motivo del Jueves Santo
Queridos hermanos en el sacerdocio:

* Jesús, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Fue aquí, en el Cenáculo, donde Él nos dio el don inconmensurable de la Eucaristía. Aquí nació también nuestro sacerdocio.

* Precisamente desde este lugar quiero dirigiros la Carta, con la que desde hace más de veinte años me uno a vosotros el Jueves Santo, día de la Eucaristía y nuestro día por excelencia. Sí, os escribo recordando lo que ocurrió aquella noche cargada de misterio. A los ojos del espíritu se me presenta Jesús, se me presentan los apóstoles sentados a la mesa con Él. Contemplo en especial a Pedro: me parece verlo mientras observa admirado, junto con los otros discípulos, los gestos del Señor, escucha conmovido sus palabras, se abre, aun con el peso de su fragilidad, al misterio que ahí se anuncia y que poco después se cumplirá. Son los instantes en los que se fragua la gran batalla entre el amor que se da sin reservas y el mysterium iniquitatis que se cierra en su hostilidad. La traición de Judas aparece casi como emblema del pecado de la Humanidad. Era de noche, señala el evangelista: la hora de las tinieblas. Pero en las palabras dramáticas de Cristo, destellan ya las luces de la aurora: Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar.

* Hemos de seguir meditando, de un modo siempre nuevo, en el misterio de aquella noche. Tenemos que volver frecuentemente con el espíritu a este Cenáculo, donde especialmente nosotros, sacerdotes, podemos sentirnos, en un cierto sentido, de casa. Desde este lugar santo me surge espontáneamente pensar en vosotros en las diversas partes del mundo, con vuestro rostro concreto, más jóvenes o más avanzados en años, en vuestros diferentes estados de ánimo: para tantos, gracias a Dios, de alegría y entusiasmo; y para otros, de dolor, cansancio y quizá de desconcierto. En todos quiero venerar la imagen de Cristo que habéis recibido con la consagración, el carácter que marca indeleblemente a cada uno de vosotros. Éste es signo del amor de predilección, dirigido a todo sacerdote y con el cual puede siempre contar, para continuar adelante con alegría o volver a empezar con renovado entusiasmo, con la perspectiva de una fidelidad cada vez mayor.

* Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Han pasado casi 2000 años desde aquel momento. ¡Cuántos sacerdotes han repetido aquel gesto! Muchos han sido discípulos ejemplares, santos, mártires. ¿Cómo olvidar, en este Año Jubilar, a tantos sacerdotes que han dado testimonio de Cristo con su vida hasta el derramamiento de su sangre? Su martirio acompaña toda la historia de la Iglesia y marca también el siglo que acabamos de dejar atrás, caracterizado por diversos regímenes dictatoriales y hostiles a la Iglesia. Quiero, desde el Cenáculo, dar gracias al Señor por su valentía.

UN TESORO EN VASIJAS DE BARRO


* En la historia del sacerdocio, no menos que en la de todo el pueblo de Dios, se advierte también la oscura presencia del pecado. ¡Tantas veces la fragilidad humana de los ministros ha ofuscado en ellos el rostro de Cristo! Y, ¿cómo sorprenderse, precisamente aquí, en el Cenáculo? Aquí, no sólo se consumó la traición de Judas, sino que el mismo Pedro tuvo que vérselas con su debilidad, recibiendo la amarga profecía de la negación. Al elegir a hombres como los Doce, Cristo no se hacía ilusiones: en esta debilidad humana fue donde puso el sello sacramental de su presencia. La razón nos la señala Pablo: Llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros.

Por eso, a pesar de todas las fragilidades de sus sacerdotes, el pueblo de Dios ha seguido creyendo en la fuerza de Cristo, que actúa a través de su ministerio. ¿Cómo no recordar, a este respecto, el testimonio admirable del pobre de Asís? Él que, por humildad, no quiso ser sacerdote, dejó en su testamento la expresión de su fe en el misterio de Cristo presente en los sacerdotes, declarándose dispuesto a recurrir a ellos sin tener en cuenta su pecado, incluso aunque lo hubiesen perseguido. Y hago esto —explicaba— porque del Altísimo Hijo de Dios no veo otra cosa corporalmente, en este mundo, que su Santísimo Cuerpo y su Santísima Sangre, que sólo ellos consagran y sólo ellos administran a los otros.

* Desde este lugar en que Cristo pronunció las palabras sagradas de la institución eucarística os invito, queridos sacerdotes, a redescubrir el don y el misterio recibido. Para entenderlo desde su raíz, hemos de reflexionar sobre el sacerdocio de Cristo, al que nos acercamos desde una óptica particular en el contexto del Jubileo de la Encarnación, que nos invita a contemplar en Cristo la íntima conexión que existe entre su sacerdocio y el misterio de su persona.

Hacedlo en memoria mía

* Volvamos a leer, desde esta perspectiva, las palabras que pronunciamos cada día, y que resonaron por primera vez precisamente aquí, en el Cenáculo: Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros... Tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la Alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados.

* El misterio eucarístico, en el que se anuncia y celebra la muerte y resurrección de Cristo en espera de su venida, es el corazón de la vida eclesial. Para nosotros tiene, además, un significado verdaderamente especial: es el centro de nuestro ministerio. Éste, ciertamente, no se limita a la celebración eucarística, sino que también implica un servicio que va desde el anuncio de la Palabra, a la santificación de los hombres a través de los sacramentos y a la guía del pueblo de Dios en la comunión y en el servicio. Sin embargo, la Eucaristía es la fuente desde la que todo mana y la meta a la que todo conduce. Junto con ésta, ha nacido nuestro sacerdocio en el Cenáculo.

Haced esto en memoria mía: Las palabras de Cristo, aunque dirigidas a toda la Iglesia, son confiadas, como tarea específica, a los que continuarán el ministerio de los primeros apóstoles. Diciendo Haced esto no sólo señala el acto, sino también el sujeto llamado a actuar, es decir, instituye el sacerdocio ministerial, que pasa a ser, de este modo, uno de los elementos constitutivos de la Iglesia misma.

* Esta acción tendrá que ser realizada en su memoria. La indicación es importante. La acción eucarística celebrada por los sacerdotes hará presente en toda generación cristiana, en cada rincón de la tierra, la obra realizada por Cristo. En todo lugar en el que sea celebrada la Eucaristía, allí, de modo incruento, se hará presente el sacrificio cruento del Calvario, allí estará presente Cristo mismo, Redentor del mundo.

Haced esto en memoria mía. Volviendo a escuchar estas palabras, aquí, entre las paredes del Cenáculo, viene espontáneo imaginarse los sentimientos de Cristo. Eran las horas dramáticas que precedían a la Pasión. El evangelista Juan evoca los momentos de aflicción del Maestro que prepara a los apóstoles para su propia partida. Cuánta tristeza en sus ojos: Por haberos dicho esto vuestros corazones se han llenado de tristeza. Pero Jesús los tranquiliza: No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros, todos los
días, hasta el fin del mundo
.

MEMORIAL QUE SE ACTUALIZA


* Su presencia tendrá muchas expresiones; pero, ciertamente, la más sublime será precisamente la de la Eucaristía: no un simple recuerdo, sino memorial que se actualiza; no vuelta simbólica al pasado, sino presencia viva del Señor en medio de los suyos. De ello será siempre garante el Espíritu Santo, cuya efusión en la celebración eucarística hace que el pan y el vino se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Es el mismo Espíritu que en la noche de Pascua, en este Cenáculo, fue exhalado sobre los apóstoles, y que los encontró todavía aquí, reunidos con María, el día de Pentecostés. Entonces los envolvió como viento impetuoso y fuego y los impulsó a ir por todas las direcciones del mundo, para anunciar la Palabra y reunir al pueblo de Dios en la fracción del pan.

Aquí comenzó para el mundo una nueva presencia de Cristo, una presencia que se da ininterrumpidamente donde se celebra la Eucaristía y un sacerdote presta a Cristo su voz, repitiendo las palabras santas de la institución. Esta presencia eucarística ha recorrido los dos milenios de la historia de la Iglesia y la acompañará hasta el fin de la Historia. Para nosotros es una alegría y, al mismo tiempo, fuente de responsabilidad, el estar tan estrechamente vinculados a este misterio. Queremos hoy tomar conciencia de él, con el corazón lleno de admiración y gratitud, y con esos sentimientos entrar en el Triduo Pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo.

* Mis queridos hermanos sacerdotes, que el Jueves Santo os reunís en las catedrales en torno a vuestros Pastores, como los presbíteros de la Iglesia que está en Roma se reúnen en torno al Sucesor de Pedro, ¡acoged estas reflexiones, meditadas en la sugestiva atmósfera del Cenáculo! Sería difícil encontrar un lugar que pueda recordar mejor el misterio eucarístico y, a la vez, el misterio de nuestro sacerdocio.

Permanezcamos fieles a esta entrega del Cenáculo, al gran don del Jueves Santo. Celebremos siempre con fervor la Santa Eucaristía. Postrémonos con frecuencia y prolongadamente en adoración delante de Cristo Eucaristía.

Entremos, de algún modo, en la escuela de la Eucaristía. Muchos sacerdotes, a través de los siglos, han encontrado en ella el consuelo prometido por Jesús la noche de la Última Cena, el secreto para vencer su soledad, el apoyo para soportar sus sufrimientos, el alimento para retomar el camino después de cada desaliento, la energía interior para confirmar la propia elección de fidelidad. El testimonio que daremos al pueblo de Dios en la celebración eucarística depende mucho de nuestra relación personal con la Eucaristía.

* ¡Volvamos a descubrir nuestro sacerdocio a la luz de la Eucaristía! Hagamos redescubrir este tesoro a nuestras comunidades en la celebración diaria de la Santa Misa y, en especial, en la más solemne de la asamblea dominical. Que crezca, gracias a vuestro trabajo apostólico, el amor a Cristo presente en la Eucaristía. Es un compromiso que asume una relevancia especial en este Año Jubilar. Mi pensamiento se dirige al Congreso Eucarístico Internacional, que se desarrollará en Roma del 18 al 25 de junio próximo, y tendrá como tema Jesucristo, único salvador del mundo, pan para nuestra vida. Será un acontecimiento central del Gran Jubileo, que ha de ser un año intensamente eucarístico.

Os envío desde el Cenáculo el abrazo eucarístico. Que la imagen de Cristo, rodeado por los suyos en la Última Cena, nos lleve, a cada uno de nosotros, a un dinamismo de fraternidad y comunión.

Desde el Cenáculo, queridos hermanos en el sacerdocio, os abrazo espiritualmente a todos y os bendigo con todo mi corazón.