La Carta que el Santo Padre, ya desde hace veinte años, dirige a cada sacerdote, en este Gran Jubileo se hace más preciosa con un gesto profundamente significativo y exquisitamente delicado: ha sido firmada en el lugar santísimo donde, según la más acreditada tradición, Jesús se reunió con los Doce e instituyó la Eucaristía. El Cenáculo es la cuna del sacerdocio ministerial. Es el lugar donde fue instituida la Eucaristía.
Estamos en el ámbito del misterio de Dios. El Santo Padre nos ha vuelto a llevar al Cenáculo y, por tanto, al tiempo y a los hechos de la realidad de la Cena Pascual en la que nació la Eucaristía y el sacerdocio: dos sacramentos unidos de forma absolutamente indisoluble, por lo que la existencia de uno está condicionada por la existencia del otro. El Santo Padre, desde aquel Aula santa, pensaba en cada sacerdote, imaginaba a cada uno, con sus diversas características, en los distintos lugares, en las más diversas situaciones: En todos quiero honrar esa imagen de Cristo que habéis recibido con la consagración, ese "carácter" que connota de modo indeleble a cada uno de vosotros. ¡En virtud de ese "carácter", cada sacerdote es siempre, en cualquier condición, un "otro Cristo"!
Es importantísimo que Pedro lo haya repetido ahora, a 2.000 años del acontecimiento del Cenáculo. No faltan hoy lenguajes y praxis que tienden, al menos de hecho, a converger en un olvido de la doctrina sobre el carácter sacerdotal. Nosotros, sacerdotes, debemos creer en el carácter sacerdotal para poder ser nosotros mismos, para conservar nuestra especificidad, para no perder nuestro carnet de identidad y para poder verdaderamente servir en este mundo.
Quiero subrayar algunas. entre las llamadas más significativas del Santo Padre: al recuerdo de tantos y tantos mártires que han ilustrado 2.000 años de cristianismo; a los actuales sacerdotes que, en ciertas partes del mundo, sufren condiciones de martirio; y a todos aquellos que, en situaciones de frontera o de ministerio cotidiano, viven la dificultad de tener que remar contra corriente para ser fieles a Dios en el auténtico servicio del hombre. Llamada a la consciencia de tener, con el sacerdocio, un tesoro en vasos de barro.
Con conmovedora cercanía y comprensión, el Santo Padre abraza y anima a cada sacerdote e intenta movilizarlo para la empresa de la nueva evangelización del tercer milenio, con la enseña de la Eucaristía.