A&ONº 203/9-III-2000RetrocesoSumarioMundoContinuar

Congreso internacional en Roma sobre Cristo en la reflexión contemporánea
¿Qué celebramos en el año
2000?, o 2.000 años, ¿de qué?
RetrocesoEl mundo entero tiró la casa por la ventana en la Nochevieja pasada para celebrar como nunca el inicio de un nuevo año, el año 2000. Pero, ¿qué estamos celebrando? ¿Un número como cualquier otro? Esta euforia vacía de contenidos no sólo ha embestido de manera evidente a la sociedad en general, sino que incluso podría hacerse presente entre los mismos cristianos, que celebran dos mil años, ¿de qué?

El Ateneo Regina Apostolorum de Roma, institución universitaria dirigida por los Legionarios de Cristo, reunió, entre el 12 y el 13 de abril, a teólogos de máxima envergadura mundial para afrontar precisamente este interrogante fundamental. El arzobispo de Bolonia, el cardenal Giacomo Biffi, con algo de provocación, constata: Con tanta fiesta corremos el peligro de olvidar quién es el festejado. Parecería como si después de dos mil años la teología ya ha dicho todo lo que se podría decir sobre Jesucristo. En medio de discusiones de escuelas, corrientes e interpretaciones, los teólogos podrían correr el riesgo de olvidar aquella pregunta fundamental que planteó un día Jesús a sus apóstoles: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Se trata, en definitiva, de la gran pregunta que plantea este Jubileo en el que se celebran los 2.000 años de la encarnación de Cristo y que Juan Pablo II ha querido que sea eminentemente cristocéntrico.

EL PELIGRO DE UNA RELIGIOSIDAD ETEREA

El cardenal Biffi abrió las sesiones del Congreso constatando el intento de diluir el cristianismo para transformarlo en un religiosidad multiforme universal y, por así decir, intercambiable. En estos momentos —denunció—, algunos tratan de poner una especie de by pass teológico que quiere ofrecer una salvación eterna, evitando presentar el mensaje de Iglesia y la persona de Cristo, crucificado y resucitado.

Cristo vuelve a ser en este sentido piedra de escándalo. El arzobispo de Bolonia citó una de las frases más importantes del Evangelio, según él, y una de las menos citadas en la cristiandad de nuestros días. Se refería a las palabras del evangelio de Lucas en las que dice: La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido. Todo el que caiga sobre esta piedra, se destrozará, y a aquel sobre quien ella caiga, le aplastará.

El Cristo del que hablamos —subrayó— no es un Cristo abstracto, principio de un mundo inocente que nunca se ha realizado, sino el Cristo en el momento en que rescata la Humanidad del mal y la sublima con su sacrificio y con su victoria.

El cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, clausuró el Congreso afirmando que este olvido de la persona de Cristo ha producido un fenómeno preocupante: Hoy tenemos muchos cristianismos que se convierten a una especie de gnosis, pues se contentan con conocimientos académicos. La gnosis es una doctrina religiosa y filosófica que afirma que es posible obtener la salvación por la sola vía del conocimiento.

Sin embargo, Cristo no es una teoría, ni un sistema filosófico o teológico. Cristo es una persona, divina y humana, con la que cada cristiano entabla una relación única e irrepetible. Por eso, un conocimiento meramente académico e intelectual no es un auténtico conocimiento de la Palabra, de Jesús. Es necesario vivir la Palabra, observar la Palabra; y no sólo conocerla. Esto es lo que diferencia al cristianismo de todas las demás religiones o sistemas.

NI IGLESIA SIN CRISTO, NI CRISTO SIN IGLESIA


Una de las intervenciones más aplaudidas en el Congreso de Roma fue la de monseñor Antonio Cañizares, arzobispo de Granada. Este brillante teólogo ilustró con toda su fuerza la perenne actualidad de la persona de Jesús, quien irrumpió en la historia de la Humanidad, en Palestina, hace dos mil años, pero quien sigue estando presente ahora en nuestra historia. El cristianismo no es el recuerdo de lo que Cristo hizo hace dos mil años. Cristo sigue actuando y salvando, haciéndose presente igual que entonces. El espacio humano, histórico, en que esa posibilidad se realiza es la Iglesia, añadió. Por ello, no se puede comprender en plenitud a Cristo si no se acepta la auténtica misión de la Iglesia. En ella, los hombres de todas las épocas pueden encontrar la misma e insuperable novedad que ha introducido Cristo en la historia humana.

Esto no quiere decir que Dios no actúe también fuera de la Iglesia —aclaró el arzobispo de Granada—, ni que las personas que no forman parte de la Iglesia estén excluidas de la salvación final. Quiere decir sólo que la fe en Jesucristo es inseparable de la fe en la Iglesia.

Jesús Colina. Roma