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La vida sella la palabra, la muerte abre la elocuencia definitiva. La última palabra nunca ha sido última. Quizá sea para nosotros los hombres, cargados de palabras de media distancia, de sobrecarga de palabras, de ausencia de silencios fecundos. Pero, para el Padre, la última palabra es la primera. Como en la creación, como en el Génesis, como en el amor divino y en el amor humano. Todos los elegidos mueren en el amor, en el hálito del amor. Y, por eso, siempre, en los momentos límites recurrimos al amor primero, a la palabra primera. Te acuerdas de la primera vez que me dijiste te quiero.Esta última palabra no es un acoso amenazador; es el sí de la promesa reconciliadora, es la primera nota de la sinfonía del anuncio pascual. Pero no nos adelantemos, no queramos ir más allá de nuestra limitada aprensión de lo finito. Dejemos a Dios ser Dios, incluso cuando nosotros pensemos que hayamos pronunciado la última palabra humana, que concluye, que sentencia, que absuelve o que condena. |
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La muerte es la suprema posibilidad de Dios. Se han conjugado, a partir de esta última palabra de Cristo en la cruz, los contrarios: Dios y muerte. El temblor, terror, diríamos, que nos produce la palabra muerte pensemos en la muerte de un ser querido se torna en esperanza. La esperanza de estar situados en las manos del Padre; en la esperanza de confiar que nuestro espíritu aleteará por las aguas de la gracia perenne de un Padre, que no abandona a sus hijos. La muerte del Hijo, nuestro hermano, en la cruz es el Acontecimiento. Su última palabra es la frontera entre un antes y un después. La Historia se ha cumplido definitivamente, se ha inaugurado definitivamente la salvación de los hombres, la nueva creación en Cristo. No existe una sola voz en el Calvario. La tonalidad del salmo hebreo, recitado por el Señor en estas últimas horas, últimos minutos, últimos segundos, nos ayuda a recordar el clamor de la Humanidad que sufre. En tus manos encomiendo mi espíritu; tú, Señor, el Dios fiel, me rescatarás. Tú odias a los que adoran ídolos vanos. Pero yo confío en el Señor (Salmo 31).
Con esta última palabra, Dios ha sido capaz de romper el falso cristal protector de cientos de palabras engañosas, seductoras, opresoras, falaces... Palabras de ayer y de hoy. Y, sin embargo, esta última palabra tiene en sí recogido el misterio absoluto de nuestra redención. No nuestra voluntad, no nuestro deseo, no nuestra razón. La voluntad, el deseo, la razón de Dios, de nuestro Padre. Es la hora de la confianza. Debemos confiar frente a toda desconfianza. Pasó la hora, la victoria, del poder de las Tinieblas. Llega la hora definitiva, llega nuestra hora. Ya no preguntaremos a Dios por qué; la lección de la cruz nos hace preguntar a Dios para qué, porque Cristo confió en Él. Y le confió lo suyo propio, su espíritu. Contemplamos un viaje de ida y vuelta. El Espíritu de Dios que se manifestó en la creación no era suficiente; el Espíritu de Dios que descendió en la encarnación parecía no ser suficiente. Faltaba el dolor, faltaba la muerte, y una muerte en cruz para que fuera suficiente. ¡Cuántas veces desconfiamos en nuestra vida de la creación! ¡Cuántas desconfiamos de la encarnación de Dios en nuestra historia! ¡Cuántas desconfiamos de la presencia del Padre en los momentos dramáticos de nuestra existencia! Volvamos los ojos, la mirada, a Quien pende del madero. ¿Quieres confiar en Él? ¿Quieres permanecer fiel al Crucificado? Pues su espíritu habita en el Padre y el Padre nos lo ha devuelto al tercer día, en el día definitivo. De la cruz a la resurrección no hay tiempo. Es un solo día, el día del sí de Dios, en Cristo, al hombre... Las sombras de la cruz en la vida no perduran más allá de las palabras de Amor de los hombres. ¿Cuál será la palabra del hombre a Dios? Sí... No... José Francisco Serrano |