|
|
Érase una vez un frágil bebé, abandonado al nacer, aquejado de síndrome de Down y otras deformaciones, al que sus padres no habían aceptado, dejándole al cuidado ajeno... llamado Diana. Su vida, casi condenada a ser más que breve en un principio, se desarrolló en una burbuja..., hasta que ingresó en uno de los Centros de acogida familiar de Mensajeros de la Paz. Frecuentemente tenía que volver al Hospital, pues sufría un problema de corazón y pulmones y necesitaba constantes atenciones.En el grupo de jóvenes que se dedicaba a visitar niños enfermos, maltratados, etc..., se encontraba Olguita, que un día llegó a conocer a Diana. Pronto se encariñó con la niña, atraída por su estado de abandono y la precariedad de su salud. Aunque no lloraba ni se quejaba, su estado general era malo y su aspecto físico atrasado en su desarrollo normal. ¿Quién iba a ser capaz de hacer germinar una sonrisa o una risa simplemente en aquella carita aún casi inexpresiva? Olga multiplicaba sus visitas y, rápidamente, quiso hacer partícipe a su familia de sus sentimientos hacia la pequeña, y contagió a sus propios padres y hermanos... Empezaron por llevarla a su casa algunos fines de semana, y poco a poco Diana les conquistó a todos sin excepción. La quisieron tener para ellos... Entonces comenzó la lucha para conseguir la adopción. |
| Habían archivado la solicitud, por ser un caso muy especial, pues repetidas veces la pobrecita volvía al Hospital por más problemas (gastroenteritis, neumonía...), y los médicos no auguraban nada bueno. Sabían bien sus futuros hermanos que la vida en casa iba a dar un giro total, que la tendrían que enfocar acomodándose a la nueva situación... Lo cotidiano se iba a colmar de cargas físicas y morales a las que estarían todos supeditados. La Madre Teresa decía que allí donde hay amor, siempre hay sacrificio. Estábamos todos los amigos suyos pendientes de la decisión legal, que no tardaría...
Por fin, se realizó el sueño deseado.. Llegó el día D... Nació la sonrisa y saltaron sus lágrimas, las primeras que fueron de felicidad al contemplar las luces del árbol de Navidad... Había salido de su mundo para empezar a exteriorizarse, delante del mar, con los animales, etc... Su peso aumentó en paralelo con sus ganas de ponerse de pie, de caminar, ayudada, y sobre todo de vivir. Conoció su propio nombre y empezó a reírse... ¡Qué cambiazo! Jean Vanier, fundador (1964) de Comunidades para personas deficientes en los cinco continentes (26 países), llamadas El Arca, dijo cosas preciosas en su última conferencia pronunciada en Madrid. Me llamó la atención, entre otras, ésta: Qué importante es una simple mirada, una atención, un ademán, una sonrisa! Negarse a ello sería como racismo... No nos sintamos molestos con ellos... No les rechacemos, ellos lo notan y harán lo mismo. Todos tenemos dentro una fuente de amor y de fuerza que hay que explotar... Sobre todo no tengamos miedo a amar, confió a los periodistas de Alfa y Omega: Él sabe por experiencia cuán difícil es la tarea y lo que cuesta conseguir que estos seres se abran y comuniquen..., pero Dios ayuda. Es cierto. Chantal Rouselle |
|