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Encontré al profesor amigo con un semblante poco usual en él. Siempre alegre y sonriente, esta vez se le veía ensimismado y con un dolor en el alma. Le pregunté qué le ocurría y, tras unos segundos de mirar al infinito, recuperó su sonrisa habitual y me contestó que estaba pensando en los contrastes de la vida. Que había tenido una gran alegría en el corazón hacía muy poco y, después, casi sin solución de continuidad, había sufrido una decepción profunda en el mismo tema que le había dado aquel gozo... Ni qué decir tiene que una explicación tal excitó mi curiosidad y le animé a que me lo contara.Verás comenzó, hoy ha venido a verme aquel profesor extranjero del cual te hablé el otro día, a mi regreso del Congreso Académico que celebramos en la capital de su país. Ahora él ha venido a Madrid y ha querido saludarme y hablar conmigo. Tras enseñarle nuestra Facultad que le ha gustado muchísimo lo he invitado a comer y hemos hablado largo y tendido... ¿Te acuerdas que te comenté que hubo un ponente que alabó mi discurso y que dijo que le había sorprendido una cosa extraordinariamente, pero que no dijo cuál era?... Pues ese... ¿Sabes?, no pude aguantar demasiado tiempo y cuando íbamos para el restaurante le pregunté qué era eso que le había sorprendido. Me contestó que mi valentía para hablar de que el magisterio de Juan Pablo II había sido una fuente de motivación e inspiración para desarrollar mi planteamiento científico, y por el testimonio de fe que hice al acabar mi intervención. De eso quería hablarme, dijo, pues le había servido muchísimo. No es extraño que a mi buen amigo le pasen esas cosas, pues lleva toda su vida de profesor e investigador haciendo y viviendo una síntesis cabal de fe y razón en todo su quehacer, transmitiéndola con total franqueza y naturalidad. Pero, además de hacer eso, mi buen amigo, cuando comienza a hablar, ya no para... |
| Bueno, no sabes qué conversación tan estupenda tuvimos. Y las coincidencias tan tremendas que teníamos en todo. Desde luego, fue providencial. Hablamos de santo Tomás de Aquino y de santo Tomás Moro (¿sabes que éste es otro que opina lo mismo que tú y yo hablamos el otro día respecto al martirio de la verdad?); de Hanna Arendt y su perspicacia respecto a la crisis de razón de la civilización contemporánea; de Jean Guitton, Husserl, Edith Stein...
Aproveché que una tos le interrumpió su discurso, ya entusiasta y alegre como es habitual, para interesarme por temas más pedestres. Pero comeríais algo, le dije, y le habrás enseñado algo respecto a la comida española... Hombre, claro. Le encantó la paella y los boquerones fritos. Y le estuve hablando de la fabada asturiana, del cordero al chilindrón... Quería pagar él, pero le dije que un caballero español no podía consentir eso. ¡Ah! Hablamos también de Cervantes y de otros clásicos que han hecho cultura y arte el humanismo cristiano, y de la necesidad perentoria de volverlo a hacer en nuestros días. ¿Sabes que los dos somos forofos de los mismos autores? También salieron a la palestra Manzoni y Chesterton. Pero al final nos detuvimos en el magisterio de Juan Pablo II, en la correlación de la "Veritatis splendor" y la "Fides et ratio" y en las consecuencias que esos documentos tienen en nuestro quehacer cotidiano... Hemos quedado en enviarnos escritos y experiencias por E-mail y en hacer varias investigaciones juntos. O sea, dije yo, que fue una comida provechosa que te dejó muy contento... Sí, le dí muchas gracias a Dios por haberme encontrado un nuevo colega que está dispuesto en su país a poner su granito de arena para recristianizar la sociedad, desde la docencia, la investigación y los medios de comunicación, sin tener ningún miedo a nada... Es que no te he comentado que nos detuvimos a glosar el "Non habiate paura!"... No hacía falta, pues ya me lo había imaginado. Como podía imaginarme también la gran alegría de mi buen amigo, pues lleva bastantes años llevando una batalla en solitario (en su ámbito, el positivismo y el laicismo han hecho un daño tremendo) y ahora, gracias a Dios, está comenzando a encontrar eco y apoyo, incluso en varios países extranjeros. Pero me seguía picando la curiosidad por la segunda parte, por el contraste. Así que , antes de que me explicara a mí de nuevo la necesidad de no tener miedo de meter a Cristo en lo hondo y en la cima de todas las actividades humanas (cuestión en la que estamos plenamente de acuerdo, pero a veces él no se acuerda de ese acuerdo), le inquirí acerca del suceso que había echado momentáneamente por tierra esa gran alegría. Bueno, la alegría continuó y aumentó poco más tarde. Tuve de nuevo la dicha de que un grupo de antiguos alumnos majísimos, de la Universidad donde sabes que estuve antes de venir aquí, me vino a ver para saber cómo estaba, consultarme algunas cosillas, comentarme los libros que les había aconsejado leer. ¡Son fantásticos!... Pero, al grano: me indigné sobremanera cuando me contaron que una profesora, en vez de enseñarles lo que marca el programa de la asignatura, que es instrumental, se dedica a que debatan en clase sobre determinados textos, en los que se hace apología del hedonismo más brutal y ramplón. "No sé cómo se las apaña me decía una chica inocente y encantadora para que siempre terminemos hablando de sexo y peleándonos entre nosotros. Con lo bien que nos llevábamos, ahora estamos desunidos y enfrentados"... Y mi buen amigo bajó de nuevo la cabeza, y se le mudó otra vez el semblante. ¡Qué bien comprendí su dolor! Siempre ha procurado querer de verdad a todos y hacer que la gente se ayude y se quiera. Y con ese curso me consta que, con la ayuda de Dios y encomendando diariamente a cada uno de los alumnos, había logrado un nivel extraordinario de afán por estudiar a fondo las cosas, por leer buenos libros, por ayudarse unos a otros, porque fueran amigos de verdad... Pero eso no era todo... Les animé a que no riñesen entre ellos. A querer y a rezar por los que ellos vieran más necesitados. A que, con educación y respeto, pero con claridad, pidiesen a la profesora que cumpliese con su deber y no se aprovechara de su posición para corromperlos... Y pensé que, gracias a Dios, había también profesores estupendos que eran católicos. Así se lo dije. Y entonces se enteraron de que don Fulano era católico. ¡Pues no lo habían descubierto, a pesar de que su asignatura es de contenidos! ¡Hay que hacer un esfuerzo tremendo para explicar esa asignatura sin que se note cómo piensa uno! ¡No me explico...! Y mi buen amigo continuó exponiendo su perplejidad y su dolor... Pero no tengo tiempo para transcribirles a ustedes la cantidad de frases de los profetas, de Cristo, de san Pablo, de Newman, de Juan Pablo II..., que sacó a relucir para acabar afirmando que no se le metía en la cabeza por qué muchos cristianos ponen entre paréntesis su fe a la hora de ejercer su profesión. Yo, queridos lectores, tampoco lo entiendo. Máxime cuando sí comprendo que esa incoherencia de muchos cristianos es una de las causas principales de los males que nos afligen y el freno mayor a la implantación de sus soluciones. El dilema hamletiano podría traducirse para todos en coherencia o incoherencia. De cómo lo solucionemos depende en gran parte el drama de la Redención que estos días hemos contemplado con especial fuerza, vivacidad y relieve. Gabriel Galdón |