RetrocesoA&ONº 210/27-III-2000SumarioAqui y ahoraContinuar
...y la pasión
Pecados al canto
Alguien, famoso intelectual, dijo desde las alturas de la televisión esta sentencia, supongo que muy intelectual:

La Iglesia podrá llamar "pecado" al aborto porque esta palabra pertenece al vocabulario moral; pero no puede llamarlo "asesinato" porque la palabra asesinato pertenece al vocabulario político.

Es una lástima que el intelectual no aprovechara a fondo un argumento tan poderoso. Por ese inteligente camino, podría haber asegurado que la Iglesia tiene derecho a llamar pecados a la violación de una doncella, al robo, a la ofensa al honor ajeno o al asalto a mano armada; pero nunca a condenarlos como estupro, injuria o atraco porque estas palabras no son eclesiásticas sino propias del código penal, o sea, del vocabulario político.

Lo de menos es que ese famoso intelectual olvidara que la palabra pecado procede del lenguaje político-jurídico, de pecco, faltar a la ley, delinquir; y que delinquir tiene muchísimo que ver con la moral, aunque este descubrimiento no le haya pasado por su progresista intelecto. Tampoco importa demasiado que tampoco recordara él que la palabra asesinato viene de una secta fanática, los bebedores de haxix, etimología muy distinta a la explicada por aquel señor. Más que todo eso, importa que él se agarrara al zapatero, a tus zapatos, o, quizá, lo sabe de sobra y lo que quiere es cerrarle la tienda..., y la boca.

Imaginemos que esa manera de argumentar pudiese convencer a quienes gobiernan la Iglesia. Tendrían que abolir, en el recuerdo, a Juan XXIII y su Pacem in terris, donde insiste (151 y 152) en que la obligada unidad interior de pensamiento y conducta abarca la actividad temporal del católico y su conciencia como ciudadano. Derogarían las constituciones, decretos, declaraciones y documentos pontificios del II Concilio Vaticano que hablan del patrono, el obrero, el salario, la huelga, la guerra, la paz, la democracia, la dictadura, el arte, el lenguaje, la opinión y... los intelectuales, entre otros muchísimos temas, sin excluir uno solo de los que componen el mundo civil y político. Lo que de-
cíamos: ese intelectual no sabe de qué zapatero habla, o le quiere clausurar la zapatería. Porque, naturalmente, la Iglesia orienta a los fieles sobre la moral de los actos civiles y políticos, ligados sin remedio a la conciencia del católico. Hombre, yo creo que un famoso intelectual sabrá la grande y profunda diferencia que en nuestro idioma separa a los dos verbos que son uno, en otras lenguas: se puede estar católico los domingos y fiestas de guardar. Ser católico es cosa de todos los días, todos los minutos y todos los segundos, sin perdonar ni uno de los políticos.

Imaginemos algo más:Imaginemos que aquella manera de argumentar convenciese a unos miles de católicos. Entonces, los diálogos en el confesionario serían más absurdos que los del método Ollendorf:

—Padre, me acuso de haber pecado.

—¿Cómo, hijo mío?

—Pecando.

—Pero, ¿qué pecados has cometido, hijo?

—Pecados.

—¿En qué?

—En materia moral.

—Vamos a ver, hijo: ¿has cumplido tus deberes como padre de familia?

—El padre de familia es un concepto jurídico. No es tema para esta conversación.

—Hijo mío, esto no es una conversación. ¿Has cumplido tus obligaciones como ciudadano? Si tienes empleados, ¿les das salarios justos? ¿Pagas tus impuestos al Estado?Esto es una confesión, no una conversación, ¿tengo que recordártelo?

—Pero, padre: ciudadano, empleado, salario, son palabras políticas; no digamos, impuestos y Estado.

—No te entiendo, hijo mío. ¿Es que lo que te preocupa es que has herido, perjudicado, robado o matado al prójimo?

—He pecado.

—Ya. Pero, ¿cuáles son tus pecados?

—Pecados.

—¿En materia grave? ¿En materia leve?

—En materia política y jurídica. En materia que no pertenece al vocabulario moral y que a usted no le importa ni le concierne en su detalle.

—Hijo:Antes dijiste que has pecado en terreno moral. Por supuesto, todos pecamos en terreno moral. Pero ahora añades que en materia política y jurídica. No será sólo en esas materias, supongo; pero es claro que nuestros pecados en materia política y jurídica son transgresiones morales. Si no, no serían pecados. Aclárate de una vez, hijo: ¿De qué has venido a acusarte?

—De lo único que le importa a la Iglesia: de mis pecados.

Esta caricatura es una exageración descriptiva, ya lo sé. Pero es consecuencia de aquella argumentación intelectual exhibida, nada menos, desde el formidable foro televisual. Y aún seguiría, porque, con el tiempo, la Iglesia se daría cuenta de que estos diálogos sólo servirían para entrenar a las almas en la trampa de la moratoria. Entonces —sigue la caricatura— reglamentaría la confesión de boca reduciéndola a una frase solitaria que el penitente pronunciaría en el momento de arrodillarse:

—Pecados al canto, padre.

—"Ego te absolvo". El siguiente.

¡Cómo le gustaría al intelectual! Porque, claro, adiós zapatos y zapatería.

Pero los proyectos de la Iglesia universal son. No están. Y el aborto provocado será siempre para ella un asesinato. Asesinato es la palabra que usa en todos los idiomas, empezando por el suyo, el latín: occisione.

Juan Luis Calleja