|
|
Nunca falta en los encuentros de comunicadores el ponente que, al abordar la imprescindible cuestión de la verdad, no se atreve a defender abiertamente la mentira, pero en realidad así lo hace, al tratar de explicar las contradicciones y falsedades que a cada paso aparecen en los medios, cuando dice que existen cuatro clases de verdades
Para él, por supuesto, es intolerable la intolerancia de afirmar la verdad, así, en singular.Quien mucho habla, mucho yerra, como dice nuestro refranero; la mucha palabrería, ciertamente, hastía, y no cabe duda de que el silencio es a menudo signo de sabiduría. Hay silencios más elocuentes que mil discursos juntos. Ahí está el testimonio evangélico de que, ante la palabrería de Herodes, Jesús callaba, cosa que no hizo, sin embargo, ante el juicio de Pilatos, donde precisamente se reconoce testigo de la verdad. El Procurador romano, lleno de escepticismo, dijo entonces: ¿Y qué es la verdad? Sólo existe palabrería, efectivamente, cuando falta la verdad, pero ante ésta, por poco que se tenga abierto el corazón y la mente, la palabra adquiere todo su valor y toda su grandeza. La verdad no puede callarse. |
| La mentira, tan amiga de la palabrería, se vuelve muda ante la verdad. Y si la mentira se caracteriza por callar la verdad, ésta se caracteriza por todo lo contrario. En esto se distingue la buena comunicación de la mala (que es, en realidad, incomunicación); y aquí está la clave de por qué en la era de las comunicaciones, como suele definirse al tiempo actual, el tipo humano más representativo es un hombre incomunicado, aunque diga y crea lo contrario, y que en el colmo del sarcasmo amenaza de esta guisa: ¡Que no venga la realidad es decir, la verdad a estropearme una buena noticia! ¿Qué clase de noticia puede darse sin la verdad? La mentira incomunica a las personas hasta tal punto que quien habitualmente miente se incapacita para que le crean es decir, se queda solo, incomunicado incluso cuando trata de decir la verdad.
La Jornada de las Comunicaciones es una buena ocasión para poner en el primer plano la cuestión de la verdad. Así lo ha hecho el Papa Juan Pablo II en la primera estación del Via Crucis de este Viernes Santo del año 2000 en el Coliseo, como puede ver el lector en la página anterior. En la era de las comunicaciones sólo habrá un futuro realmente humano si se da testimonio de la verdad. Pero, para ello, es indispensable conocerla, amarla y seguirla. Este testimonio y en él la posibilidad misma de la comunicación resulta imposible en la cultura de la mentira que hoy domina por doquier, por mucho que se pretenda disfrazar con verdades que no pueden ser tales negando, como hoy se hace incluso más cínicamente que lo hiciera Pilatos, la existencia misma de la Verdad. Habrá comunicación de cosas, pero las personas estarán incomunicadas; habrá individuos informados (por cierto, ¿de qué?), pero no personas que se comunican de veras. Ningún modo mejor de estropearse uno a sí mismo que no permitir que la realidad me estropee la noticia. La realidad, a veces, puede resultar dura, pero es verdadera. Alguien la ha definido certeramente diciendo que es testaruda; pero no podemos olvidar que también es buena, radicalmente buena; y bella, radicalmente bella. La invención en cambio hoy se llama realidad virtual, por muy de colores que se quiera pintar, como las alucinaciones provocadas por las diversas drogas comunes, termina por mostrar su fealdad y por destruir a las personas, porque no es verdadera ni buena. Únicamente desde la entraña misma de la verdad la comunicación, no sólo es posible, sino ¡gozosamente inevitable! |