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Si Cristo predicó que los hombres conseguirían la inmortalidad en la resurrección después de la muerte, ¿de qué otra manera podía el mundo estar más cierto de ello que mediante el hecho de que Él murió voluntariamente y resucitó y se apareció vivo? El mundo fue confirmado con una confirmación última cuando escuchó del testimonio de muchos, que le vieron vivo y que ya han muerto para ser fieles testigos de su resurrección, que el hombre Cristo muerto en la cruz resucitó abierta y públicamente de entre los muertos y vive. Ésta fue la evangelización más perfecta que Cristo manifestó en sí mismo y no pudo haber otra más perfecta; mientras que, si no hubiera habido muerte ni resurrección, siempre podría haber habido una más perfecta. Por consiguiente, quien cree que Cristo cumplió de modo perfectísimo la voluntad de Dios Padre, debe confesar todo esto, sin lo cual la evangelización no hubiera sido perfectísima.
Éste es el Evangelio de Cristo: anunciar a todos el Reino de los cielos, oculto a todos hasta entonces. No hubo fe ni esperanza de alcanzarlo, ni pudo ser amado por nadie, cuando era absolutamente desconocido. Ni fue posible que hombre alguno obtuviese ese Reino, pues la naturaleza no había sido aún elevada hasta llegar a la altura de ser partícipe de la naturaleza divina. Por tanto, Cristo abrió el Reino de los cielos de todos los modos en que podía abrirlo. Pero nadie puede entrar en él si no abandona el reino de este mundo por la muerte, pues es necesario que lo que es mortal abandone la mortalidad, es decir, la capacidad de morir, y esto no se logra más que por la muerte. Sólo entonces puede revestirse de inmortalidad. Cristo, como hombre mortal, hasta que no murió no abandonó la mortalidad, y hasta entonces no entró en el Reino de los cielos, en el que ningún mortal puede estar. La fe de todos los que confiesan que los santos están en la gloria eterna presupone que Cristo murió y ascendió a los cielos. Nicolás de Cusa |