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A estas alturas no se necesitan muchos argumentos para percatarse de la importancia de las comunicaciones sociales, basta con aceptar la evidente omnipresencia de éstas en una sociedad definida precisamente por ser de la información. Ella constituye el nuevo escenario en el que viven los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, destinatarios de la acción evangelizadora de la Iglesia. Por este motivo la nueva evangelización ha de ser también mediática. Los medios de comunicación ya no han de ser vistos sólo como instrumentos de evangelización, sino que ellos mismos tienen que ser evangelizados. Esto supone una novedad en la toma de conciencia de la Iglesia sobre la importancia de las comunicaciones sociales. Si la comunidad católica supo usar los medios de comunicación a lo largo del siglo XX y ponerlos de manera original al servicio de la Iglesia, la actual revolución de la tecnología de la comunicación exige a los católicos evangelizar a la comunicación misma. Es muy imperativo para nuestra Iglesia comunicar más y mejor con la comunicación, superando con ello la pasividad, cuando no la desconfianza, dicen los obispos de la Comisión de Medios en su mensaje para la Jornada de las Comunicaciones de este año. No existen para este empeño fórmulas mágicas. Al igual que hicieron los primeros cristianos y salvando la distancia de los siglos, antes que nada hay que evangelizar a las personas, entrar en contacto con los protagonistas de la comunicación: los profesionales, los empresarios y el público. En esta nueva concepción de la pastoral de las comunicaciones es preciso una amistosa cercanía pastoral de la Iglesia a los profesionales de la comunicación y a sus problemas. Ahí tienen una gran misión que cumplir las asociaciones católicas de periodistas, como la UCIPE, para las que es fundamental una urgente revitalización. En este sentido evangelizador, también es importante la labor que puedan desarrollar las facultades de Ciencias de la Información de la Iglesia en la formación de los futuros comunicadores, realizada desde una óptica cristiana. A estos centros académicos hay que pedirles, junto a la buena capacitación profesional de sus alumnos, una mayor rentabilidad pastoral y eclesial. Debido al cada vez mayor protagonismo del público, es necesario que la comunidad cristiana padres, parroquias y colegios asuma como tarea propia la formación de los usuarios de los medios, a fin de que lo hagan con un responsable sentido cristiano. Éste sería un buen tema para la catequesis, la clase de Religión y las escuelas de padres. Como se ve, no es cuestión sólo de medios, lo es, antes que nada, de personas. Eso sí, de modo imperativo y urgente: Ya es hora de pasar de las palabras a los hechos. Lo dicen también nuestros obispos. José María Gil Tamayo |
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Que sólo el 30% de los 184 países hayan solucionado el problema del desequilibrio entre población y recursos explica que los movimientos migratorios sean constantes; pero otras muy distintas son las causas de la situación de marginalidad social de los emigrantes: el egoísmo social de las sociedades opulentas es factor determinante tanto del descenso de natalidad como de una demanda laboral privada de derechos sociales. Ésta es una de las conclusiones de la recientemente celebrada Jornada de reflexión sobre la emigración, que se realizó en homenaje a mi hermano Carlos, fallecido en las pasadas Navidades, y que en 1999 convocó a estos movimientos y asociaciones para tratar de aunar reflexiones, posiciones públicas y propuestas de actuación conjuntas sobre la situación de la emigración en España. Moderada por Jesús Romero, de la comunidad de San Egidio, y presentada por Alfonso Coronel de Palma, Presidente de la ACdP, intervinieron Javier Morillas (profesor de Economía en la Universidad San Pablo-CEU), que enseñó a ver las causas demográficas del fenómeno de la emigración, José Magañas (director del Secretariado de la Subcomisión de Pastoral de Emigración, de la Conferencia Episcopal), que enseñó a juzgar esta situación desde la rica doctrina bíblica de la atención al emigrante y desde la doctrina social de la Iglesia, y Antonio Martínez (Delegado diocesano de Pastoral de la emigración), que enseñó a actuar desde su experiencia en la archidiócesis de Madrid. Quedó bastante claro que es necesario ver este fenómeno desde el norte, como fenómeno de enriquecimiento, pues los emigrantes ocupan los nichos laborales donde no trabajan los españoles por sus condiciones de precariedad, y no sólo desde el sur, como fenómeno de empobrecimiento. Y que es necesario reconocer que el drama viene porque, mientras lo que se demanda es mano de obra, nos vienen personas que se quedan en la diferencia y en el paréntesis, entre el mito del retorno y la exigencia de una integración difícil. Manuel María Bru
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