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Recordarán los lectores de Alfa y Omega que hace unas semanas les hablaba del peligro que suponía la nueva concentración de medios de comunicación, unidos a las grandes redes de telecomunicaciones. Pronosticábamos entonces que el asunto no había hecho nada más que comenzar. En efecto, poco tiempo después, se ha producido una nueva fusión: el de las Divisiones Audiovisuales de los poderosos grupos Bertelsmann (de origen alemán), Audiofina (belga) y Pearson (británico). Se ha creado así el mayor productor de radio, televisión y cine de Europa.
Tras esa fusión, el nuevo grupo controla 32 canales de televisión y 46 emisoras de radio; produce cerca de 200 programas de televisión... Con tanta cantidad y tantos medios, emitiendo para tantos países, cabría suponer una cierta variedad de programas y que todas las tendencias sociales y culturales estuvieran representadas. Vana ilusión: todos están cortados por el mismo patrón: banalización, venalización, cutrez, superficialidad, erotismo, consumismo e, incluso, en abierto y todos los días, en seis de sus cadenas más importantes, pornografía. La espiral del silencio, mediante la que se ocultan todos aquellos valores que no se adaptan o no se avienen con la dictadura del mercado del máximo beneficio sólo económico, y la espiral de la degradación, que consiste en buscar ese máximo beneficio a costa de lo que sea (ha comenzado el Gran Hermano en Tele 5; en Alemania y Holanda lo emiten canales del nuevo grupo que se ha creado), han dado un nuevo giro hacia la barbarie. Están en peligro, entre otras cosas importantes, la libertad de los buenos profesionales de la información, a los que cada vez les cuesta más encontrar un trabajo digno, y a los que en estos grandes grupos se les puede despedir sin anestesia, y la libertad de elección de los ciudadanos, prácticamente obligados a elegir lo mismo sin que, debido a la aparente gran variedad, se aperciban de ello. Urge, por tanto, revitalizar el sentido crítico de la ciudadanía y ofrecer alternativas. Es una tarea apasionante que merece la pena continuar. Gabriel Galdón |