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No tardó mucho Jesús en reanudar, una vez resucitado, la relación con los suyos, en ponerse en medio de la Iglesia. Al anochecer del mismo día de la Resurrección, cuando todavía dominaba el miedo y la incertidumbre sobre la verdad de lo sucedido, entró Jesús, se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. No le interesa al evangelista detallar cómo fue esa entrada, la de su cuerpo resucitado, ni cuál era su apariencia. Narra la escena como si Jesús restableciera la vida de siempre: estar con los suyos. Es la mejor imagen de la Iglesia: Jesús en medio y la alegría de verlo.Esta prisa de Jesús por convivir con los suyos se justifica por los dones que trae. Jesús no viene solo. Su victoria sobre la muerte, de cuyas misteriosas profundidades regresa, le acredita como el Jefe de la Vida (Hch 3,15), que trae la Paz, El Espíritu y el Perdón de los Pecados. Es el botín de su victoria, que ofrece a los suyos como regalo del reencuentro. La Paz es el conjunto de los bienes mesiánicos. Jesús saluda con la paz, y la entrega. El Espíritu, que en forma de agua ya había salido de su costado abierto en la cruz, es ahora exhalado sobre los suyos, como un soplo cálido, que asegura su vivir y que envuelve a la Iglesia con la certeza de su presencia resucitada. Jesús exhala su Espíritu, lo insufla en los suyos, y la Iglesia queda constituida como la Esposa del Resucitado, que vive de su aliento vital. Para más seguridad, Jesús aclara que el Espíritu garantiza el perdón de Dios, la misericordia, el don de la reconciliación. Tenía prisa Jesús para dar todo esto. Faltaba Tomás, el incrédulo. Era apóstol y debía ser testigo de tanto don. No convenía que un apóstol no fuera testigo. A los ocho días (indicando así que había que celebrar el domingo) Jesús vuelve a ponerse en medio, para confirmar en la comunión apostólica al que exigía pruebas. Y el Señor condesciende y le da la gran prueba. No se contenta ya con enseñar las manos y el costado, sino que permite a Tomás meter el dedo y la mano en su carne viva. La carne de donde brotó la sangre, el agua, el Espíritu, el perdón. La carne que nos insufló el Espíritu de Dios. ¿Cómo sería ese entrada del dedo y la mano de Tomás en las llagas vivas de la carne resucitada de Cristo? ¿Cómo resistiría su carne mortal tocar la Vida? Nada dice san Juan. Ni de cómo entró Jesús en el Cenáculo, ni de cómo entró el dedo y la mano de Tomás en la carne de Cristo. Queda el misterio, acompañado del único modo de acceder a él, confesando y creyendo: Señor mío y Dios mío. Para esto se escribió el evangelio: para que creyendo, tengamos Vida. + César Franco |