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Largo camino ha recorrido la Iglesia en su relación con los medios de comunicación, desde una actitud inicial de reserva vigilante en los inicios, a la acogida ya en los años anteriores al Concilio Vaticano II, y a la promoción entusiasta, aunque sin dejar por ello de denunciar los excesos de la nueva cultura mediática, que caracteriza la época de Juan Pablo II. En esta relación hay que partir de una afirmación básica, afirma monseñor John Patrick Foley, en línea con los últimos documentos del Magisterio: La Iglesia no debe quedarse al margen de los medios de comunicación. El ánimo que ha de presidir la presencia de la Iglesia en el mundo de la comunicación social ha de ser positivo y estimulante. Como cristianos, tenemos el deber y la misión de dar sentido sirviéndonos también y especialmente de los medios de comunicación social al acontecer actual; lo contrario sería ignorar o, peor aún, traicionar la acción del Espíritu Santo.Asimismo, la Iglesia se siente llamada a llenar de contenido espiritual y por tanto, humano al proceso de la comunicación. El mero avance tecnológico afirma monseñor Foley, de por sí, no sabe a dónde lleva a la Humanidad. Sin la reflexión constante, iluminada por el Evangelio, no se puede evitar riesgos ni aportar soluciones. La reflexión desde el punto de vista teológico está ya muy avanzada, con la llamada teología de la comunicación. |
| La urgencia, según el prelado, se produce en la práctica, ya que el mundo de la comunicación está todavía, en gran parte, por evangelizar. Incluso el diálogo con los comunicadores católicos resulta muchas veces lleno de dificultades. Pero subirse al carro de la comunicación actual es imprescindible para la nueva evangelización, para lo que es necesario, respecto a los comunicadores católicos, un buen entendimiento de los obispos, en la mutua libertad y el respeto de las funciones propias. A la vez, es necesario que la Iglesia no intente transmitir una especie de imagen ideal, como si fuera una marca publicitaria. Esto no es Iglesia ni tampoco comunicación cristiana. Lo que nosotros buscamos es que el comunicador, unido al pastor en una plataforma de caridad teologal y en base a la exigencia fundamental, de la verdad, sepa ofrecer al hombre de hoy una imagen que sea verdadera mediación de trascendencia, lo cual, repito, no quiere decir que haya que ofrecer una visión al "agua de rosas" o mostrar sólo las luces ocultando las sombras: nada más lejano al Evangelio mismo, que es nuestro modelo de comunicación.
A tal efecto, monseñor Foley propone una serie de pautas a ambos interlocutores; a los informadores recomienda: * cierto temblor para acercarse con humildad a los hechos religiosos que encierran una especial dificultad; * respetar aquellos simbolismos por los que la Iglesia se comunica; * rehuir el culto a la personalidad, poniendo de relieve el papel de la comunidad cristiana; * prestar mayor atención a la vida cotidiana de la Iglesia, y no sólo a los acontecimientos de relevancia internacional. A los pastores y fieles recomienda: * no rehuir las aclaraciones o comentarios sobre acontecimientos de la Iglesia, cuando los informadores las solicitan; * no tomar como una afrenta las informaciones que no nos gustan, cuando éstas son veraces. Por último, se refirió a la necesidad de afrontar los retos actuales, concretamente los impuestos por las nuevas tecnologías: encontrar un modelo de televisión católica es el sueño y la preocupación de gran parte de los obispos. El prelado advierte: La prudencia y la cautela son condiciones que no han de faltar, ya que utilizar estas nuevas posibilidades, tal como hoy en día se nos ofrecen, especialmente en el medio televisivo, conlleva unas exigencias de preparación técnica y planificación económica que, de no ser debidamente tenidas en cuenta, pueden suponer un riesgo muy grave de quebranto económico e incluso de pérdida de solvencia moral. Pero los riesgos no deben paralizarnos, sino al contrario, realizar el esfuerzo de todo orden necesario para conseguir los fines prefijados. Inma Álvarez |