RetrocesoA&ONº 210/27-III-2000SumarioMundoContinuar
Juan Pablo II preside la extraordinaria Pascua del Jubileo
Semana Santa en Roma, semana
de records
La Semana Santa del Jubileo pasará a la Historia como la semana de los records. En total, quinientas
mil personas han venido a la Ciudad Eterna únicamente por motivos religiosos —el número total de
turistas ha sido muy superior todavía—. La imagen gráfica más impactante fue ese río humano del
Domingo de Pascua que inundó la plaza de San Pedro del Vaticano, la Vía de la Conciliación y las
calles adyacentes. 150.000 personas —algunos dijeron 200.000— se congregaron para recibir la
bendición Urbi et Orbi de Juan Pablo II
El Papa felicitó al mundo en sesenta idiomas —otro récord de esta Pascua—. Con su mensaje pascual, el Pontífice quiso romper el hielo de los conflictos y de la xenofobia que congelan el corazón del mundo en este momento de transición hacia el tercer milenio con la fuerza de la resurrección de Jesús, con quien la Vida ha vencido para siempre a la muerte.

El mensaje del Pontífice se convirtió, a continuación, en una plegaria:

Cristo resucitado, muestra senderos de esperanza en los que se debe avanzar juntos hacia un mundo más justo y solidario donde el ciego egoísmo de pocos no prevalezca sobre el grito de dolor de muchos, reduciendo a pueblos enteros a condiciones de miseria degradante. Que el mensaje de vida, transmitido por el ángel junto a la piedra removida del sepulcro, venza la dureza de los corazones, lleve a la superación de barreras injustificadas y favorezca un encuentro fecundo de pueblos y culturas.

Concede a la Humanidad del tercer milenio una paz justa y duradera —añadió—; guía por buen camino los diálogos emprendidos por hombres de buena voluntad que, aun entre tantas perplejidades y dificultades, tratan de poner fin a preocupantes conflictos en África, a las luchas armadas en algunos países de Iberoamérica, a las continuas tensiones que afligen el Oriente Medio, vastas zonas de Asia y algunas regiones de Europa. Ayuda a las naciones a superar antiguas y nuevas rivalidades, rechazando sentimientos de racismo y de xenofobia.

Al final, el Papa quiso saludar a los peregrinos subiéndose en un jeep que le llevó por la plaza de San Pedro. A sus espaldas llevaba casi veinte horas de celebraciones litúrgicas en cuatro días, pues en esta ocasión no ha querido perderse ninguna de las funciones de la Semana Santa. El Santo Padre, que el próximo 18 de mayo cumple 80 años, bajo el fuerte sol romano de la una de la tarde, mantenía una espontánea sonrisa que se imponía al cansancio.

En la noche del día anterior había presidido la Vigilia Pascual, que, ante la imponente afluencia de peregrinos, se celebró por primera vez en la historia de Roma al aire libre, en la plaza de San Pedro. La Resurrección fue anunciada por el diácono ante el icono del Santísimo Salvador, conocido con el nombre de Acheropita, es decir, que no ha sido hecho por mano de hombre, conservado en la capilla Sancta Sanctorum de la Escala Santa de Roma. Se trata de una tradición medieval que desapareció cuando la sede del obispo de Roma fue trasladada a Aviñón (1309) y que el Papa Juan Pablo II ha querido hacer revivir en esta ocasión.

En una noche húmeda de niebla, bautizó a siete adultos de Japón, China, Camerún, Albania e Italia —la variedad de vuestras naciones de origen, les dijo, pone de relieve la universalidad de la salvación traída por Cristo— y a una japonesita de cinco años, que durante la larga concelebración se encargó en varias ocasiones de arrancarle la sonrisa al Papa. Al final de la Eucaristía, el Papa casi se la come a besos.

El Viernes Santo, además de presidir el Via Crucis que él mismo había escrito de su puño y letra para esta ocasión, participó en la emotiva ceremonia de Adoración de la Cruz, en la basílica de San Pedro. El Santo Padre se presentó aquella mañana, en torno al mediodía, y allí confesó durante una hora a diez personas (siete hombres y tres mujeres) de varias nacionalidades. Entre ellos se encontraba un policía y un soldado. Se trata de una costumbre que el Papa Wojtyla ha repetido durante todos los años de su pontificado en el Viernes Santo.

El Jueves Santo lavó y besó los pies de doce sacerdotes confesores en la misa en la que conmemoró la Última Cena. Por la mañana había celebrado la Misa Crismal con todos los cardenales, obispos y sacerdotes de su diócesis, en una ceremonia también solemne, pero más íntima.

La Semana Santa ha sido un auténtico maratón para este Papa, pero una vez más ha demostrado —como en Tierra Santa— que el cansancio no es capaz de empañar el brillo de sus ojos, ni la fuerza de su testimonio. Este próximo domingo canonizará a la religiosa polaca sor Faustina Kowalska, apóstol de la Divina Misericordia en este siglo; el 1 de mayo celebrará con sindicatos de todas las orientaciones el Jubileo de los Trabajadores —será otro encuentro que batirá records— y el 13 de mayo beatificará en Fátima a los dos pastorcillos, Francisco y Jacinta, que junto a Lucía dos Santos, que todavía vive en un convento de clausura, vieron a la Virgen y recibieron un mensaje de la aparición celestial en 1917.

Jesús Colina. Roma