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Jesús vuelve a convertirse en la sorpresa que no puede perderse quien visite París desde este mes de abril hasta el próximo 16 de julio. Nueve años después, un kolossal de Robert Hossein vuelve a ganarse el favor del público y la crítica con el espectáculo Jésus, la Résurrection (Jesús, la Resurrección), que se presenta en el Palacio de los Deportes (capacidad para cinco mil espectadores).
Se trata de la nueva producción de Hossein, productor y director de la obra, convertido al cristianismo después de haber alcanzado ya el éxito en su carrera profesional, y de Alain Decaux, riguroso historiador y académico de Francia. Los dos han querido repetir el éxito de las producciones teatrales dedicadas a Cristo. En 1991, Hossein presentó Jésus était son nom (Jesús era su nombre), gigantesco remake del grandioso Un homme nommé Jésus (Un hombre llamado Jesús), llevado a escena en 1984 y que, con sus 700 mil espectadores, se convirtió en la obra de teatro más taquillera en la historia del teatro francés. En estas dos décadas, Hossein y Decaux, que se han convertido en grandes amigos, han regalado al público una serie de representaciones inspiradas en personajes históricos y/o en las obras maestras de la literatura: Rasputin, Los Miserables, Notre-Dame de Paris, Danton et Robespierre... El año pasado se mantuvo durante seis meses el espectáculo dedicado al general Charles De Gaulle, De Gaulle, el hombre que dijo no. |
| EL JUBILEO ES JESUCRISTO
Con Jesús, la Resurrección, Hossein y Decaux han querido dar su propia contribución al Jubileo. Todos hablaban del milenio, pero muy pocos hacían referencia a Jesucristo, ha explicado el famoso director. De este modo, Alain y yo hemos pensado en llenar este vacío. Con Robert, tengo en común la fe en Dios y en el hombre, y además Cristo es más actual que nunca, añade el historiador Decaux. HOSSEIN CONCUERDA:
Su actualidad no necesita ser subrayada. Jesús es el hombre que se identifica con las víctimas de todas las tragedias de nuestro tiempo. A diferencia de los dos espectáculos anteriores sobre Cristo, la escenografía de Hossein es mucho más sobria. Supera el recurso fácil a los grandes efectos especiales. En esta ocasión, ya no hay proyecciones sobre pantallas gigantes. Las proezas técnicas se hacen discretas. Pero Hossein conserva su estética muy particular. Intenta reconstruir las representaciones medievales sagradas con los retazos del imaginario hippie años setenta que han marcado su creatividad. Si el espectador acepta entrar en ese mundo, le conquistarán momentos de gran emoción, como el instante en el que una mujer joven desciende lentamente de la montaña posando con ternura la mano en su vientre: es María que sigue a José en silencio. Detrás de ellos ya se ven las tres cruces. Mientras tanto, la luz ha transformado las grutas en las callejuelas de Belén. La pareja desaparece detrás de una puerta. Cae la oscuridad. Y así se siguen las escenas, una especie de cuadros coreográficos que se inspiran en la pintura de los maestros italianos del Renacimiento, en los primeros flamencos y sobre todo en Salvador Dalí. Dos críticas ha tenido el espectáculo de Hossein. Ante todo, una cierta frialdad de su Jesús, representado por Georges Ichenko, de un 1,91 metros, aire sueco impasible, barba rubia, pelo largo. Mantiene casi en todo momento un aire etéreo. El único momento de ternura tiene lugar al dirigirse al paralítico. Parecería que el director responde de este modo a las representaciones hoy en boga de un Cristo muy humano, como la última producción televisiva Jesús. Otro de los reproches que se le hacen a Jesús, la Resurrección es el recurso a efectos sorpresa ya utilizados en las dos producciones anteriores de Hossein y que fueron en parte el secreto de su éxito; por ejemplo, el truco de mezclar a los actores entre el público para que distribuyan durante la escena de la multiplicación de los peces y los panes media barra de pan. O el intermedio ficticio en el que Jesús expulsa a los mercaderes de helados y Coca-Cola del templo parisino del patinaje artístico. Da la impresión de que a Hossein no le interesa innovar. Se limita a quitar todo aquello que es superfluo y a mantener aquellos elementos que necesita para testimoniar su fe. El resultado es una especie de catecismo personal que testimonia que la Resurrección es Jesús entre nosotros. Cuando el espectáculo termine en julio, sus productores quieren llevarlo a Roma con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud, a mediados de agosto. J. C. Roma |