RetrocesoA&ONº 210/27-III-2000SumarioTestimonioContinuar
Abortos tardíos
Por su evidente interés reproducimos este artículo publicado en ABC el pasado 10 de abril

El debate sobre el aborto ha regresado a Estados Unidos, dividiendo a la opinión pública y a los partidos políticos. La Cámara de Representantes ha aprobado por 287 votos frente a 141 una ley que prohíbe los llamados abortos tardíos, terrible eufemismo que encubre una nueva forma de terror. Se trata de abortos que se practicarían en el segundo y en el tercer trimestre del embarazo y que consisten en la destrucción del cerebro del embrión antes de extraerlo del seno materno (es un decir, lo de materno). Lo que no se acaba de comprender es cómo 141 congresistas pudieron votar en contra. El penúltimo (porque quizá en este momento ya se haya producirdo otro) embate contra la civilización y la dignidad humana ha sido, al menos de momento, detenido.

Lo primero que habría que aclarar es que la oposición al aborto no es un asunto religioso, algo en lo que se encuentren empeñados grupos religiosos más o menos ortodoxos. La oposición al aborto no es un asunto de fe sino de Moral y de Derecho, que afecta al derecho a la vida. La actitud cristiana insiste más en el plano moral que en el jurídico y también más en el perdón que en el castigo. Así lo atestigua el pasaje evangélico de la adúltera perdonada. Quizás algunos cristianos insistan demasiado en el Cógido Penal y se olviden algo del perdón. Otra cosa es que la única forma de proteger jurídicamente la vida del feto, bien digno de protección jurídica, sea la penalización del aborto voluntario.

Lo que se discute es si la destrucción voluntaria de la vida del embrión puede o no ser un derecho de la madre o algo lícito en algunos casos. Considerar que quitar la vida al embrión pueda ser un derecho sólo es sostenible desde el más radical envilecimiento de la idea del Derecho. No puede existir un derecho a hacer algo que sea radicalmente inmoral. Derecho y moral no coinciden, pero tampoco pueden ser incompatibles. Sólo desde el relativismo moral o desde una perversa preferencia del interés o bienestar de la madre sobre la vida del embrión, se puede sostener su licitud moral. Julián Marías ha afirmado, con toda razón, que la aceptación social del aborto ha sido el más grave error moral de nuestro siglo.

Otra cosa muy distinta es que haya que encarcelar a todas las mujeres que se sometan a su práctica o los practiquen. Nuestra legislación ya exceptúa la aplicación de la pena en tres casos. Y también cabe aplicar con cierta generosidad la eximente de estado de necesidad y las atenuantes que prevé el Código Penal. Si además se considera que no es inverosímil que se estén produciendo casos de fraude de ley, habría que concluir que cualquier ampliación de los supuestos sería un grave error jurídico y moral.

El debate sobre el aborto no es una cuestión que enfrente a progresistas y retrógados. No hay nada progresista en matar embriones, ni nada retrógado, sino todo lo contrario, en defenderlos. Los casos que se esgrimen en favor del aborto o ya están suficientemente atendidos en nuestra legislación o pueden resolverse con medidas de ayuda y asistencia social.

Que los abortos tardíos prohibidos por la Cámara de Representarntes de Estados Unidos sean calificados de partos parciales revela, bajo el atroz eufemismo, la sangrienta brutalidad que encubren. No hay aquí nada de fundamentalismo, dogmatismo ni intolerancia, sino legítima defensa del valor de la vida y del derecho a ella. Quizá ninguna mujer deba ir a la cárcel por abortar, pero es seguro que todo aborto voluntario es ilegítimo.

Ignacio Sánchez Cámara