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Si queremos comprender en qué consiste el carácter propio y la peculiar dignidad de María, no lo podemos hacer de forma mejor que
exponiendo la escueta verdad de su maternidad divina. No podemos decir nada más excelso de María. Su vida está unida con la vida del Redentor, no como lo está la vida de todo hombre que ama al Señor, sino como la vida de la madre está unida con la del hijo. María ha vivido la misma vida del Señor. Quien sabe ver en las representaciones marianas de la poesía y del arte algo más que meras creaciones artísticas, encontrará muy a menudo en ellas la expresión de la seriedad cristiana más pura.
El corazón cristiano ha aceptado también que la maternidad de María estaba rodeada por el resplandor de la virginidad. Por eso la Iglesia ha visto realizada en María la unidad de la virginidad y maternidad femeninas. En la veneración de María se une la confianza en la inagotabilidad del amor maternal con el reverencial respeto ante la alteza de la virginidad. María es algo próximo y distante a la vez, algo íntimo y remoto. Todo lo que María es, lo es en el orden de la Redención y por la gracia de Cristo. Esto asegura al cristiano el amor de María. Es inexpresable lo que significa para el hombre poder cobijarse con todas sus preocupaciones incluso las más calladas y ocultas en el ámbito de este amor, en el ambiente de su misterio. La palabra misterio no significa aquí un enigma, esto es algo aún no comprendido. Misterio significa aquí un carácter esencial, una esfera de ser: la presencia de Dios en el hombre, el hálito de la vida eterna. Romano Guardiani |
Su Santidad Juan Pablo II envía un afectuoso saludo a los organizadores y participantes en la Gran Vigilia de la Inmaculada, que este año lleva por lema Con María, ante el tercer milenio. En este Año Jubilar en el que, de una manera del todo especial, se han hecho patentes las maravillas que Dios ha hecho con su pueblo, el Santo Padre les invita a contemplar a María, la obra maestra de su gracia, y a confiar a sus cuidados maternos los sufrimientos y esperanzas de cada uno, de la Iglesia y del mundo, que se adentran en un nuevo milenio.
Asimismo, el Sumo Pontífice invoca sobre los que acuden a los diversos templos madrileños para tomar parte en esa Vigilia mariana, la protección cotidiana de la Virgen María, aurora de la salvación, a la vez que les imparte de corazón la implorada Bendición Apostólica, que extiende a todos sus familiares y seres queridos. Vaticano, 14 de noviembre de 2000-11-30 |