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En Holanda los mayores de 60 años no quieren ni oír hablar de hospitales; saben que, si van, los liquidan; eso sí, con música de fondo de Beethoven; o sea, una muerte "digna". Me lo acaba de contar un amigo recién llegado de los Países Bajos, tan pioneros en eso tan progresista de la eutanasia. Por lo visto, ya están preparando el siguiente paso: eliminar al ser humano cuando se considere que ya ha cumplido su tarea. ¿Y qué poder medidor será el que haga tal medición? De momento, lo obligado es considerar el grado de incivilización a que está llegando esta supercivilizada sociedad de comienzos del tercer milenio. El desprecio de la vida humana, intolerable siempre, está siendo ya, realmente, provocador. Urge señalar y destruir su raíz: el desprecio de uno mismo.
Si se llega a despreciar la vida humana hasta el punto de admitir, e incluso considerar un derecho, el aborto y la eutanasia, es porque previamente se ha llegado al desprecio de uno mismo. Sólo la conciencia del valor de la propia vida ilumina el valor de toda otra vida humana, desde el instante de su concepción hasta su fin natural. Porque, ¿qué clase de bien propio le proporciona a una mujer la eliminación de su hijo, por grande que pudiera ser su enfermedad o malformación?; ¿o a la familia deshacerse del abuelo, por achacoso o enfermo que estuviera? Eliminado el amor, que constituye la exigencia más honda de todo ser humano, ¿qué puede quedar sino podredumbre e indignidad, por mucho que se las quiera disfrazar de calidad de vida? |
| Cuando no se alcanza a mirar el hondo misterio de la propia vida, porque la atención está volcada del todo al exterior, o porque el interior yace enterrado por mil capas de prejuicios de todo tipo, inducidos por una cultura cerrada a la trascendencia, nada tiene de extraño que reinen el impudor y la desvergüenza; eso sí, disfrazados de libertad y de normalidad. Como si lo natural, lo normal no fuese sobrecogerse de estupor ante el misterio de la vida, y de la libertad, que significa tener tal tesoro en las manos. Si no se tiene conciencia de poseer un tesoro infinito, se explica que nada importe perder toda intimidad.
Difícilmente, para expresar lo que es el pudor tan hipócritamente olvidado y hasta ridiculizado entre nosotros, puede hallarse algo mejor que la mirada de la Virgen que enriquece nuestra portada. Quien es la Llena de Gracia, sabiéndose la Sierva del Señor, respeta y custodia la riqueza de su ser más que ninguna otra criatura; y esa riqueza, justamente porque está preservada por esa modestia y ese recato con que nuestra Real Academia de la Lengua define el pudor, lejos de encerrarse en sí misma, tiene la capacidad de enriquecer a la Humanidad entera. Quien vive en la mentira de creerse dueño de sí mismo nada puede dar, porque nada tiene. Todo lo da, porque todo lo tiene, en cambio, quien como María vive la verdad de ser toda de Dios. Yo, Señor, soy Tú que me haces: he aquí la dignidad del yo, de donde brota la maravilla del pudor que resplandece en la sublime naturalidad de la Virgen, raíz de todos los otros pudores, que hacen la vida, en todas sus facetas y circunstancias, verdaderamente humana. Es un terrible sarcasmo hablar de dignidad negando al único Dueño y Señor su señorío sobre la vida; sencillamente, es impúdico, es la negación de toda dignidad. Su consecuencia es una vida vacía y, en definitiva, desgraciada. El pudor, que nace del asombro ante la vida en toda su verdad, no es ñoñería, y menos aún huida de la realidad: es el esplendoroso y humanísimo reconocimiento de lo auténticamente natural, de la naturaleza que es obra del Creador, y que, asumiéndola el Redentor, ha llegado a ser lugar de la Gracia y fuente de la dignidad. |