RetrocesoA&ONº 237/7-XII-2000SumarioDesde la feContinuar
Televisión
¿El pudor? Asesinado por la tele
Internet propone un mundo en el que no existe umbral entre lo público y lo privado. Internet es el reino donde cada uno puede decir y hacer lo que quiera, sin límites. Como consecuencia, el problema esencial de la Red es la identidad, la credibilidad, el enraizamiento verdadero de las fuentes. Ninguna afirmación, ninguna noticia es realmente publicada, hecha pública; ninguna posee el grado de responsabilidad y de autoridad inseparables de lo público (que no tiene nada que ver, obviamente, con lo estatal) y que va acompañado de los instrumentos jurídicos, económicos y sociales de garantía y de control.

El temor que todos experimentamos en Internet es que alguien nos engañe con información falsificada, nos espíe y nos robe penetrando en nuestro ámbito personal, en nuestras transacciones económicas, en nuestros mensajes. Lo tememos porque es claramente posible. Y es posible porque —a diferencia de lo que sucede en una casa de ladrillos— nuestra casa electrónica no tiene puertas verdaderas.

El Gran Hermano cambia radicalmente nuestra idea de lo privado y juega con este ensimismarse característico de todo lo interactivo. Un programa así, que se puede seguir por un canal en abierto, por uno de pago, por Internet, por teléfono, está a la vanguardia, y es un ejemplo de lo que está por venir. Pone de manifiesto algunas notas significativas de esta prevaricación de lo privado. Más allá de las ocasionales exhibiciones corpóreas, lo que queda expuesto es justamente el sentido de lo íntimo que normalmente defendemos de miradas y oídos extraños. El público que, a primera vista, es el destinatario de la transmisión, no tiene que ver, y ya no existe. Hay una multitud de privados sin mediación alguna ni certificación. Los concursantes en este tipo de programas son manipulados y explotados más allá de cualquier barrera y máscara convencional.

El riesgo no es la vulgaridad o la amenidad, sino el debilitamiento de nuestra libertad individual. Todo esto anuncia un futuro en el que la suprema libertad de comportamiento coincide con la suprema posibilidad de controlar a los otros; tan suprema, que no importa quién sea el controlador. Ya no hay un público, sino marionetas de un dios retrasado mental que se entretiene en la oscuridad.

Giuseppe Romano,
en Avvenire