RetrocesoA&ONº 237/7-XII-2000SumarioDesde la feContinuar
No es verdad
Igual que cada ser humano, cada sociedad da lo que tiene y, por mucho que crea tener, no puede dar lo que no tiene: eso es lo que le está pasando a la sociedad holandesa, llena de cosas, pero infeliz y vacía de auténtico contenido. La legalización de la eutanasia, es decir, el arrogarse, no se sabe en nombre de qué, el derecho a disponer —pero ¿con qué derecho?— de la vida de otro ser humano, o inducirle a que se la quite a sí mismo, disfrazándolo todo hipócritamente de dignidad, no es sino una prueba más del espantoso vacío de esa sociedad desquiciada. No hace falta siquiera aducir argumentos de fe ni de moral. Acaba de escribir Antonio Gala: Prolongar la vida por dudosas deontologías, es un capricho religioso. Pero, religioso ¿por qué? ¿No se da cuenta de lo que se le ve el plumero de los prejuicios? Aparte de que, esas deontologías, ¿son dudosas porque lo diga él? Añade: Si la vida es un derecho del vivo, también lo es la muerte de quien está muriendo. Pero resulta que, mientras Gala no nos demuestre lo contrario, quien está muriendo sigue todavía vivo, y por lo tanto tiene derecho a vivir. ¿O no? En este tristísimo negocio —¡a ver si quieren enterarse de una vez los retroprogres de arte y ensayo, que nos quieren devolver a la prehistoria de la ley de la selva, la del más fuerte!— quienes más llevan las de perder, una vez más, son los más débiles. ¿Eso es progreso? ¿O es barbarie e incivilidad? Un tabú quebrado en Holanda, se atreven algunos a titular... Holanda, pionera en autorizar la eutanasia, titulan otros desvergonzados. Sí: pionera en volver a las cavernas; y, de autorizar, nada. Ni Holanda ni nadie puede autorizar la barbarie. Podrá legalizarla, hacer que no sea delito punible, según una ley inaceptable natural y moralmente; pero autorizar, que ni lo sueñen. Para arrogarse el poder de quitar la vida al paciente, tienen la desfachatez de poner condiciones: que el dolor sea insufrible —y eso ¿con qué se mide?—; y que el paciente lo pida varias veces. Pero, ¿como cuántas?: ¿tres?, ¿diecisiete?, ¿veintinueve?, ¿las que ellos le digan? Hay derechos irrenunciables.

La señora ministra de Educación, Cultura y Deportes, doña Pilar del Castillo, ha pedido un debate sobre la asignatura de Religión, pero sin urgencias. Ahora mismo, ha dicho, no estamos en este debate porque no podemos estar en todos al mismo tiempo... Pues, ¡qué bien! Lo que ocurre es que así llevamos ya un montón de años; tantos, que a algunos se les ha olvidado ya hasta qué era eso de la religión, y, a este paso, se les va a olvidar también qué es eso de la urgencia.

Lo de que nadie da lo que no tiene, verdad incontrovertible a la que acabo de referirme unas líneas más arriba, se puede aplicar también al libro que Gerald Brenan acaba de publicar sobre san Juan de la Cruz. Brenan fue un señor que sabía muchísimo de Historia, y de ello dio abundantes y bien reconocidas pruebas. En estas mismas páginas que comento, hay también alguna muestra del buen historiador que fue. Lo que pasa es que san Juan de la Cruz es bastante más que un personaje histórico, y hay cimas a las que algunos no llegan, ni de lejos, por muy historiadores que sean. Mi abuela solía decir que, para bailar la rumbita, hay que nacer en Cubita. Y, a buen entendedor...

Gonzalo de Berceo